Sangre del Eclipse

Capitulo 22

Layra continuaba en el suelo, pero a unos metros de allí, la realidad seguía un curso ajeno a la tormenta.

Sara permanecía en la casa. Recorría los estantes quitando el polvo de los libros antiguos, dejando que sus dedos rememoraran los días junto a su maestra; aquella que le había enseñado los misterios de Arianrhod cuando solo era una niña que ignoraba el peso de su propio futuro. Entre el desfile de tomos gastados, uno en particular llamó su atención: estaba extrañamente limpio, libre de polvo, como si alguien lo hubiera estado usando hasta hace muy poco.

La curiosidad la impulsó a sacarlo. Estaba recubierto de un cuero rústico cortado a mano, con bordes de metal y delicadas flores blancas pegadas en la cubierta; las mismas flores que habían brotado del arbusto seco el día que Layra lo sanó con su magia de luz. Al abrirlo, la primera página la golpeó con una caligrafía firme y conocida:

“La hija del sol y la luna. Por Harold Luar”.

Sara contuvo el aliento. Un murmullo de sorpresa escapó de sus labios en la quietud de la sala;

—Así que esto fue lo que elegiste… tu propia investigación.

Con dedos temblorosos, comenzó a pasar las páginas, leyendo por encima. El esmero y el nivel de detalle plasmado en cada renglón eran admirables. Harold había narrado cada evento mágico, intelectual y psicológico de Layra desde el instante en que la adoptó. Según la fecha de inicio, el anciano había comenzado a escribir el mismo día en que la encontró. Sara dejó escapar una risa suave, teñida de una melancólica ternura.

—Entonces, ya habías decidido adoptarla antes de hablar conmigo… Eres un tonto.

Había páginas enteras dedicadas a explicar cómo la piel de Layra comenzaba a brillar sutilmente en presencia de lo divino o cuando empleaba su magia. Otras describían el temprano desarrollo de su inteligencia y su inquebrantable sentido de la justicia. Harold había registrado que Layra aprendió a hablar a los cuatro años, pero que desde los quince meses vivía hipnotizada por la belleza de la luna; solía balbucear mirando al cielo y a las estrellas, aunque se llamaba al silencio en cuanto notaba que la observaban. Solo cuando cumplió veinte meses se atrevió a dirigirle la palabra al anciano. Sara leyó en voz alta una nota manuscrita que Harold había añadido en el extremo inferior:

«Su primera palabra no fue “Papá”, como la de los demás niños. La primera vez que habló fue cuando terminé de decorar su habitación y se la mostré. Me agarró las mejillas con sus manitas y me dijo, riendo: “Te quiero”».

Sara sonrió, sintiendo un calorcito en el pecho. Cerró el libro con cuidado y lo guardó exactamente en el mismo lugar. Sin embargo, cuando se dispuso a preparar la cena y miró por la ventana, la calidez se evaporó. El sol ya casi se había ocultado y el horizonte se teñía de sombras. Layra y Harold aún no regresaban.

—¿Dónde estarán estos dos? —masculló, con una creciente preocupación—. Espero que ese viejo tonto no se haya perdido en el camino con la niña.

Intentó obligarse a continuar con sus tareas. Mezcló los ingredientes para un delicioso estofado de verduras con especias, pero una incomodidad punzante, un malestar invisible, comenzó a treparle por cada centímetro de la piel. Cuando terminó de cortar los vegetales y los volcó en la olla que ya empezaba a hervir, volvió a girar hacia la ventana. El sol se había marchado por completo. La luna llena reclamaba el firmamento.

El presentimiento fue tan voraz que no lo dudó. Se quitó el delantal de golpe, dejando todo atrás, y salió de la casa. Cruzó el laberinto subterráneo a toda prisa y subió a la superficie. Afuera, el bosque estaba en un silencio extraño. No había rastros de Layra ni de Harold.

Un nudo opresivo comenzó a formarse en su garganta, volviendo su respiración irregular y torpe. Corrió hacia las inmediaciones del gran árbol donde la niña solía jugar, pero solo encontró hojas secas movidas por el viento. Desesperada, Sara comenzó a correr a ciegas entre la maleza. Los minutos se estiraron como horas crueles hasta que llegó al límite del bosque, justo donde colindaba con las ruinas del antiguo templo.

Sin llegar a cruzar la muralla de árboles que aún la mantenía oculta, Sara se detuvo en seco. La luz de la luna llena iluminaba el claro con una claridad espectral. Allí estaba su hija. Su Layra, desplomada en el suelo, profundamente dormida y con el rastro de lágrimas secas marcado en las mejillas.

Harold no estaba en ninguna parte.

Sara ahogó un grito de horror. Salió de la protección de los árboles y se arrojó de rodillas junto a Layra, tomándola por los hombros. —¡Layra! ¡Layra, mi amor, despierta por favor! —suplicó, buscando con la mirada desesperada alrededor de las ruinas—. ¿Dónde está Harold? ¡Layra!

La niña apenas se removió, emitiendo un quejido ahogado. Su cuerpo pesaba y su mente seguía atrapada en el colapso y el dolor de ver a su padre desintegrarse. Pero no hubo tiempo para que Layra reaccionara, ni para que Sara comprendiera la ausencia del anciano.

Un crujido lejano de ramas partiéndose y el eco de voces brutales cortaron el aire de la noche.

Sara se tensó, reconociendo el peligro de inmediato. Los mercenarios de Ryz estaban cerca. Tenía que sacar a Layra de allí, pero solo serían un blanco fácil.

Mientras se adentraban de prisa en la penumbra del bosque, arrastrando los pies de Layra que aún intentaba espabilarse, Sara siseó en voz alta, con el pánico tiñendo su voz: —Tenemos que correr hacia el otro lado, Layra. Debemos desviarnos para despistarlos, si nos siguen en línea recta van a encontrar la casa del árbol.

Layra, aferrándose al brazo de Sara con las pocas fuerzas que le quedaban, negó con la cabeza de forma frenética. Sus ojos violetas estaban desorbitados por el miedo. —No podemos… Tienen perros, tía. No van a demorar nada en encontrar nuestro rastro.

La tensión se volvió asfixiante. A lo lejos, el suelo comenzó a vibrar sutilmente. El galope de varios caballos y los ladridos roncos de los sabuesos se escuchaban cada vez más cerca, quebrando la paz del bosque. Se estaban acorralando mutuamente.




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