Sangre del Eclipse

Capitulo 23

Sara deslizó con torpeza el cuerpo inconsciente de Layra hacia el interior del laberinto subterráneo. Entró de inmediato, empujando la pesada trampilla con el hombro y camuflando la entrada con sus últimas fuerzas físicas. Con el corazón golpeándole las costillas, arrastró a la niña centímetro a centímetro a través de la penumbra de los túneles hasta traspasar el umbral de la casa. Allí, las energías la abandonaron por completo. Sara cayó rendida sobre las tablas del suelo, hiperventilando, con los músculos ardiendo por el esfuerzo y el pánico.

El impacto sutil contra el piso hizo que Layra recobrara el conocimiento. Al abrir los párpados, sus ojos se inundaron instantáneamente de lágrimas al reconocer las paredes familiares de su hogar. El dolor de la pérdida regresó como una ola violenta.

Sara, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se arrastró hasta sentarse a su lado. La tomó de las manos, con la voz entrecortada por la angustia;

—Layra… Layra, mírame. ¿Dónde está Harold? ¿Qué pasó en las ruinas?

La niña intentó hablar, pero las palabras se ahogaron en un llanto sordo y desgarrador que le sacudió todo el pecho. El silencio de Layra alimentó los peores fantasmas de Sara; sintió un frío helado recorrerle la espalda, convencida de que los mercenarios de Ryz habían atrapado al anciano de la peor manera posible.

Hasta que Layra, tragándose el aire, comenzó a balbucear entre espasmos.

—Se fue… Me dejó, tía… Se sacrificó… Se sacrificó para que yo pudiera hablar con Belenos…

Al escuchar ese nombre, Sara abrió los ojos como platos y el aire se congeló en sus pulmones. Se llevó ambas manos a la boca en un gesto instintivo de negación, mientras gruesas lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos, resbalando por sus mejillas.

Ella, como sacerdotisa, conocía la antigua y terrible ley de los dioses. Cuando una de las Luminarias decidía descender al plano terrenal y utilizaba a un sacerdote como vasija para transmitir un mensaje crucial o ejecutar un acto que cambiaría el destino del mundo, el cuerpo mortal quedaba sobrecargado de una energía divina inconmensurable. La carne humana no estaba hecha para sostener el peso de un dios por mucho tiempo. Por eso, en cuanto la fuerza celestial abandonaba el recipiente, se llevaba consigo, de forma inevitable, el alma del sacerdote. Harold lo había sabido desde el principio. Había entregado su vida por ese mensaje.

Rompieron a llorar juntas. Sara se lanzó sobre Layra, envolviéndola en un abrazo desesperado, apretándola con todas las fuerzas que le quedaban en el cuerpo, como si intentara unir los pedazos rotos de su corazón. Permanecieron unidas en el suelo durante un largo rato, compartiendo un duelo sordo en la inmensidad de la casa.

Finalmente, Layra se apartó apenas un poco, buscando los ojos de su tía. Su voz sonaba chiquita, rota por la incomprensión de su edad.

—¿A dónde se fue, tía Sara? ¿Por qué tuvo que dejarme así? —Layra bajó la mirada hacia sus propias manos, que aún conservaban vestigios casi invisibles de polvo celeste—. El mismo día que conocí al hombre que me dio su sangre, perdí al hombre que me dio un hogar.

A Sara se le partió el corazón. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y, tragándose su propio dolor para ser el pilar que la niña necesitaba, le acarició el rostro con infinita ternura.

—Escúchame bien, mi niña —explicó Sara, forzando a su voz a sonar lo más firme posible—. A los habitantes de Solestecia les aguarda un destino sagrado. Cuando nuestras vidas se apagan en la Tierra, dejamos este plano terrenal para convertirnos en polvo estelar. Es una transmutación hermosa. Viajamos de la mano de las estrellas hasta los brazos de Arianrhod, y ella nos guía a través del canal de las almas: las auroras boreales que encienden el cielo del norte. Al cruzar ese canal de luces, nos transformamos en estrellas eternas… para cuidar y guiar a los seres amados que dejamos atrás.

Sara volvió a estrecharla contra su pecho. Con suavidad, guió la cabeza de Layra hacia la pequeña ventana de la cabaña, señalando la inmensidad del firmamento que brillaba con una claridad mágica.

—Harold no te abandonó, mi niña. Su amor por ti era tan grande que prefirió volverse una estrella y darte la oportunidad de que Belenos hable contigo. A partir de hoy, cuando necesites a tu papá, cuando extrañes su voz o te pese el camino, solo mira hacia el cielo. La primera estrella que se robe tu atención, aquella que comience a brillar de una manera diferente a las demás… esa será él, guiándote en la oscuridad.

Sara dejó que el llanto de la niña se apaciguara un poco antes de volver a hablar. Su voz, aunque cargada de una fatiga inmensa, cobró una solemnidad distinta.

—Él te dejó algo más, Layra —susurró, apartándole con suavidad un mechón de cabello enredado—. Antes de salir a buscarte, encontré un libro escondido en la estantería. El diario de Harold.

Layra la miró a través de sus pestañas húmedas, parpadeando con confusión. Sara continuó, intentando explicarle lo que la niña aún no lograba procesar.

—En la biblioteca de Aerténum, cada sacerdote y sacerdotisa dedica su vida entera a investigar un misterio particular, una búsqueda inspirada directamente por su deidad. Harold… Harold pasó décadas sin encontrar su propósito. A pesar de su avanzada edad, Belenos no lo había tocado con esa chispa. Pensaba que moriría siendo un guardián común. Pero el día que te encontró bajo ese arbol… todo cambió para él. Su investigación fuiste tú, mi niña. Su devoción fue registrar cada uno de tus pasos, cuidarte y entender el milagro de tu existencia.

Sara se puso de pie con movimientos lentos, sintiendo el peso de las horas en los huesos. Fue hasta el mueble de la sala, tomó el libro recubierto de cuero rústico y flores blancas, y lo metió con cuidado dentro de una bolsa de papel para protegerlo. Regresó junto a Layra y se lo entregó, sosteniéndolo entre las manos de ambas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.