Sangre del Eclipse

Capitulo 24

Layra dormía, pero su mente no lo hacía. Su corazón tampoco.

Soñaba con Harold. En el sueño era verano y su padre le leía sobre astrología mientras ella estaba a punto de quedarse dormida. La noche era cálida; aún vivían en las Tierras Oscuras de Solestecia y el aire olía a té de rosas con miel, la bebida caliente favorita de él. La paz y la felicidad eran tan plenas que, justo cuando el sueño alcanzaba su clímax, el escenario cambiaba de golpe: ahora sostenía entre los dedos los restos de Harold, convertidos en polvo de estrellas. Su propia mente la torturaba, obligándola a rememorar momentos felices solo para forzarla a verlo partir una y otra vez.

Layra despertó de la pesadilla con el corazón exaltado y los ojos ardiendo, hinchados.

Otra vez, el llanto.

Otra vez, Sara tuvo que entrar a la habitación para abrazarla y contener la tormenta dentro de ella.

El sol comenzaba a mostrar sus primeros hilos de luz y, con ellos, llegaba la hora de preparar todo para la ceremonia de despedida. Layra decidió ponerse un vestido blanco, sus botas de siempre y, por último, su gargantilla. Aunque dudó un segundo en llevarla, sentía que su piel estaba incompleta sin ella.

Sara apareció en el umbral de la puerta. —¿Estás lista, Layra?

Se acercó para mirarla con detenimiento. Notó en el apagado color de sus ojos el vacío inmenso que le provocaba la ausencia de Harold, y cómo ese dolor la arrastraba a los rincones más oscuros de su mente. Aun así, la niña hacía un esfuerzo sobrehumano para salir de la cama; no lo hacía por ella misma, sino por su amado padre.

Layra miró a Sara e hizo un intento de sonrisa. —Es hora. Debemos buscar lo que necesitamos —dijo, girándose hacia la salida mientras se acomodaba la falda—. Sé por dónde empezar. Hay un lugar en el bosque que tiene unos arbustos cubiertos de rosas de sangre.

—¿De sangre? —preguntó Sara, extrañada.

—Las llamo así porque su color rojo es idéntico al de la sangre. Una vez intenté tomar una, me corté la piel con las espinas y mi propia sangre no se comparaba con el rojo vivo de esa flor.

—Oh... deben ser magníficas. ¿Tienes lo otro?

—Sí. Tengo la prenda… la que… —Un torrente nuevo de lágrimas amenazó con desbordarse. Layra se mordió el labio inferior tan fuerte que se hizo sangrar, pero ni el dolor evitó que las lágrimas brotaran—. La que más usaba mi papá.

Se limpió los ojos con brusquedad. Sara le dio la espalda por un momento, fingiendo buscar algo para que la niña no sintiera vergüenza de su vulnerabilidad, y le habló con una voz cargada de un amor incondicional:

Sara tomó el rostro de Layra entre sus manos con una ternura infinita, como si estuviera grabando cada detalle en su memoria.

—Layra, mi niña… —su voz se quebró ligeramente—. No lo olvides nunca: si alguna vez te cansas del mundo, ven conmigo. Cuando quieras. Estoy aquí. Siempre estaré aquí, esperándote. Crece fuerte, pero no mires atrás con arrepentimiento. Sigue adelante, aunque el camino dé miedo y no sepas qué hacer. Recuerda que eres increíble… y que siempre estás dando lo mejor de ti.

Layra tragó saliva, con los ojos brillando. Sara le dio un beso en la frente y se apartó con una sonrisa cargada de melancolía. Fue hasta su habitación y regresó cargando una jaula cubierta con un paño oscuro.

Al descubrirla, Layra contuvo el aliento.

Dentro había un búho joven de un blanco casi irreal. Sus plumas parecían haber sido tocadas por la propia luz de la luna; las puntas de sus alas tenían un delicado brillo plateado, como si hubieran sido sumergidas en el manto de Arianrhod. Su pico era de un dorado cálido y sus ojos, de un azul profundo y sereno, miraban directamente a Layra con una inteligencia tranquila.

Sara abrió la jaula con cuidado. El búho no mostró miedo. Saltó suavemente a la mano extendida de Layra, como si ya supiera que ese era su lugar.

—Es un regalo —dijo Sara, con la voz baja y emocionada—. Este será tu amigo. Debes ponerle un nombre, Layra.

La niña sostuvo al ave con genuina admiración, sintiendo el latido rápido pero calmado de su pequeño corazón bajo las plumas suaves.

—¿Mi amigo? —preguntó en un susurro.

—Sí. Cuando lo necesites… llámalo. En ese momento, sabrás su nombre.

Layra acarició con delicadeza el plumaje blanco del búho. El ave cerró los ojos un instante, como si aceptara el contacto.

Salieron al bosque en busca de las flores. Mientras caminaban, arropadas por una sensación de seguridad, unas sombras oscuras y ajenas acechaban entre la densidad de los árboles, observando cada uno de sus movimientos. Sin embargo, ajenas al peligro inminente, se concentraron en su tarea. Recogieron las rosas que necesitaban hasta que un rincón del bosque, especialmente llamativo, atrapó los ojos de Layra.

Era un claro donde la copa de los árboles se abría por completo, permitiendo que la luz del mediodía cayera de lleno sobre el suelo. El lugar estaba cubierto por un manto infinito de campanillas blancas que resplandecían bajo el sol. Al ser iluminado de esa forma, el paisaje apacible transmitió una calma que logró aquietar el corazón herido de Layra, devolviéndole la misma paz que sentía cuando su padre aún estaba vivo. Por ese sentimiento, por esa calidez, la niña supo que no había mejor lugar en el mundo para despedirlo.

—Es aquí —susurró Layra.

Sara la miró con respeto y no objetó nada. Con un gesto suave, tomó de la mano a Layra y la atrajo hacia el centro.

En ese instante, la naturaleza pareció reaccionar: los pájaros enmudecieron, dejando de cantar, y las mariposas permanecieron completamente quietas sobre las hojas. El silencio se volvió sagrado cuando Sara comenzó a entonar una melodía antiquísima en la lengua divina, modulando la voz en un susurro bajo y reverente.

Tras unos compases, Sara miró a la niña y le indicó con la mirada que era el momento. Layra, con el corazón en la boca, buscó su apoyo;




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.