Sangre del Eclipse

Capitulo 25

El silbido del acero dio la orden, pero Sara fue más rápida. Con un movimiento violento de sus brazos abiertos, barrió el aire del claro. El viento no sopló; golpeó como un ariete horizontal, una onda expansiva y sorda que arrolló la hierba alta y azotó con saña las patas de los caballos. Los animales relincharon, perdiendo el equilibrio en el barro, obligando a los mercenarios a sostenerse de las riendas.

—¡Muévete, Layra! —rugió Sara, con una voz que su sobrina jamás le había escuchado.

Sara extendió sus manos hacia el frente, concentrando sus corrientes para forzar un pasadizo entre la maleza y los troncos, abriendo el follaje a la fuerza tal y como un día había rasgado las aguas de la cascada. Pero el bosque ya no era suyo.

Antes de que Layra pudiera dar el primer paso, las sombras del claro se cerraron. Estaban rodeadas. Desde los flancos, tres jinetes bloquearon la brecha con una sincronía militar aterradora. El jefe de los mercenarios, observando el despliegue con una tranquilidad sádica, descolgó de su montura una red pesada, tejida con hilos gruesos y rematada con pesados contrapesos de hierro fundido.

—Lindos trucos para una vieja ermitaña —masculló el jefe, haciendo una seña.

Los sabuesos se lanzaron al frente, enseñando colmillos babeantes. Sara, con los dientes apretados y el sudor perlándole la frente, alzó ambas manos hacia el cielo. El aire se condensó a su alrededor, erigiendo un domo translúcido y esférico que crujió al recibir el impacto de los perros. Las bestias chocaron con la barrera invisible, arañando el vacío a escasos centímetros del rostro de Layra. Sin embargo, el contraataque de los hombres fue inmediato. Siguiendo las órdenes de su líder, los mercenarios arrojaron las redes pesadas directamente sobre la cúpula.

El efecto fue espeluznante. El peso físico del hierro y las sogas no rompió el viento, sino que lo asfixió. Las corrientes estructuradas que sostenían el domo empezaron a distorsionarse, atrapadas y aplastadas por el metal. El flujo translúcido comenzó a agitarse, vibrando con un gemido grave, como un cristal a punto de estallar.

El jefe de los mercenarios se acercó sin prisa. Caminó alrededor de la barrera moribunda, deleitándose con el silbido errático del viento comprimido. Su mirada se clavó en la postura de Sara, reconociendo la geometría exacta de la invocación. Una sonrisa gélida y maliciosa le partió el rostro.

—Miren lo que trajo el viento… —susurró, y su voz filtrada por el aire sonó extrañamente distorsionada—. Una técnica de contención esférica perfecta. Un domo estructural digno de una pura sangre. Que elegante. Lady Sara. La traidora de la Casa Zeryoz. La hermana cobarde que le clavó un puñal por la espalda a Lady Seraphine.

Layra levantó la cabeza de golpe, abrazada a su tía.

—¿De qué está hablando…? —balbuceó Layra—. ¿Tía Sara?

Sara no respondió. Su rostro estaba pálido, las venas de sus sienes se marcaban por el esfuerzo de sostener la barrera y sus labios. A un lado, la joven de dieciocho años, sumida en la locura de su dolor y la podredumbre, comenzó a soltar una carcajada histérica, un sonido agudo y lúgubre que se mezclaba con las lágrimas que le corrían por las mejillas sucias.

El jefe de los mercenarios soltó una risotada áspera, disfrutando del desconcierto de la menor.

—¿Qué? Oh… —exclamó con fingida lástima, clavando sus ojos oscuros en Layra—. Tu familia no ha sido tan sincera contigo, ¿verdad? Pobre hadita. Mira, yo te ayudaré. Tu querida “tía” es una noble de mierda. Tercera hermana de Lady Seraphine Zeryoz.

—Cállate la boca —gruñó Sara, con los ojos inyectados en sangre.

—O qué, ¿eh? —El jefe se pegó aún más a la barrera—. ¿Me vas a matar con tu viento de mierda mientras te sangran las manos, zorra?

Layra sintió que el suelo se desvanecía bajo sus rodillas. Miró a Sara, esperando una negación, un grito, cualquier cosa. Pero el silencio culpable de su tía por la concentración y la vergüenza fue la peor de las respuestas. Una profunda y helada decepción le llenó el pecho. Involuntariamente, Layra se arrastró hacia atrás, alejándose parcialmente de la única persona en la que confiaba, rompiendo el círculo de protección mental que las unía.

Los mercenarios estallaron en risotadas y silbidos groseros.

El jefe se inclinó hacia adelante, casi rozando el domo con su rostro.

—Vamos, Lady Sara —provocó el villano, con una voz densa y asfixiante—. ¿Tanto esfuerzo por una mocosa insignificante que ahora te mira como a una extraña? Patético.

—Cállate —rugió Sara, con la voz quebrada por la furia—. ¡No te atrevas a hablar de mi hija, hijo de puta!

—Mírate… —se rio él—. Ya te tiemblan las manos. Estás sangrando como una cerda. Déjala caer de una vez.

—¡Te ordeno que te calles, maldito bastardo!

El jefe sonrió con pura maldad.

—Tu hermana te desprecia, ¿lo sabías? Dicen que intentó lanzarse de la torre más alta de la mansión después de que la abandonaras. Lloraba todas las noches frente a tu habitación vacía, llamándote. Y tú aquí, jugando a la mamá de una niña que no te pertenece.

—¡Basta! —gritó Sara. Su voz se rompió.

—Eres una traidora asquerosa. Una cobarde que eligió a unos dioses basura antes que a su propia sangre. Mereces pudrirte en el suelo.

La concentración de Sara se quebró.

Dentro del domo, el aire empezó a enrarecerse a una velocidad alarmante. La presión atmosférica se disparó, volviéndose tan densa que a Layra le empezaron a doler los oídos, un zumbido agudo que la obligó cubrirse los laterales de la cabeza con un gemido de dolor. Afuera, los caballos relinchaban con furia salvaje, alzando los cascos y pisoteándolo todo, golpeando directamente sobre la superficie del escudo invisible, que comenzó a agrietarse con líneas blanquecinas, idénticas al cristal roto.

El suspenso se volvió insostenible. El aire faltaba. El cielo parecía aplastarlas.




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