El jefe de los mercenarios se agachó lentamente frente a Layra, tan cerca que ella pudo oler el aliento a cerveza rancia y metal. Sara yacía aturdida a unos metros, intentando incorporarse. La mujer maldita reía histéricamente, con el cuerpo lleno de espinas clavadas en la piel.
Los ojos negros del hombre recorrieron a Layra con hambre. Pétalos de luz, negros y pesados, comenzaron a elevarse del suelo, girando lentamente alrededor de la escena como un presagio.
El hombre la tomó del mentón con tanta fuerza que Layra sintió que le iba a romper la mandíbula. La atrajo hasta que sus narices se tocaron.
—Vaya… —murmuró él, con una sonrisa torcida—. Qué ojos más raros tienes, hadita. Muchos hombres matarían por tener algo así en su cama.
Layra comenzó a llorar en silencio, el cuerpo temblando sin control. El mercenario soltó una risa baja y húmeda.
—Si fueras un par de años más grande… —susurró contra su boca—, ya te habría hecho mía.
Los demás mercenarios se acercaron como hienas, riendo y soltando comentarios asquerosos. Uno de ellos, un tipo enorme y lleno de cicatrices, agarró a Sara por el pelo y la levantó de un tirón, apretándola contra su cuerpo sucio.
—Para ser una vieja, tienes unas tetas bien grandes —gruñó, metiendo la mano con violencia bajo su ropa—. Esta zorra noble va a ser mía antes de matarla.
Sara, con la cara llena de sangre, giró la cabeza y le escupió directamente en los ojos. El mercenario rugió de furia y le clavó un puñetazo salvaje en el estómago. Sara se dobló, vomitando sangre y bilis sobre la tierra.
Layra quiso gritar, pero el terror le había cerrado la garganta. Solo pudo emitir un sonido ahogado, animal.
Mientras tanto, otros dos mercenarios levantaron a la mujer maldita del suelo. Ella los miró con una sonrisa rota, casi agradecida.
—Jefe —dijo uno—, esta ya fue usada por el Regente. Está marcada.
El jefe no apartó la mirada de Layra.
—Mátenla. No nos sirve ni para burdel.
Los hombres desenvainaron sus espadas con un sonido metálico que cortó el aire. La mujer cerró los ojos, todavía sonriendo. Un tajo limpio y brutal. Su cabeza quedó colgando de la mano del mercenario, los ojos en blanco, la boca aún curvada en esa sonrisa rota mientras la sangre caía como una cascada espesa sobre las campanillas blancas, tiñéndolas de rojo.
El jefe tomó a Layra por los hombros con fuerza y la obligó a mirar la escena completa. Acercó sus labios a su oreja y susurró con una dulzura enfermiza:
—Si no me obedeces, hadita bonita… te va a pasar algo mucho peor que eso. Créeme.
Sara explotó.
Con un grito gutural, liberó una ráfaga de viento tan violenta que derribó a tres mercenarios de un solo golpe. El aire se convirtió en cuchillas invisibles que cortaron la piel y la ropa de los hombres. Layra, aún sujeta por el jefe, vio cómo su tía se movía como una tormenta: esquivaba, golpeaba con ráfagas precisas y creaba barreras de viento que desviaban las espadas.
Por un momento, pareció que podía ganar.
Los mercenarios cuerpo a cuerpo empezaron a jadear, exhaustos, con cortes sangrando en brazos y rostro. Sara respiraba con dificultad, pero sus ojos brillaban con una furia protectora.
— ¡No la toquen! —rugió, lanzando otra onda que hizo volar a dos hombres contra los árboles.
Entonces, un silbido suave y casi infantil cortó el caos.
Los mercenarios se apartaron de inmediato, abriendo paso. De entre las sombras salió un hombre delgado, de piel pálida casi enfermiza, encapuchado y con un largo abrigo negro que parecía absorber la luz. Sus labios estaban curvados en una sonrisa dulce, casi amable.
El jefe sonrió ampliamente mientras mantenía a Layra inmovilizada.
—Ahí estás… —murmuró satisfecho.
Layra comenzó a forcejear con desesperación.
—¡Déjenla! ¡Llévenme a mí! ¡No le hagan daño! ¡Por favor!
El hombre delgado se detuvo frente a Sara. Ella ya no tenía fuerzas. Sus manos temblaban, el viento a su alrededor era apenas un susurro débil.
El mago silbó suave, casi como si fuera una canción de cuna.
El aire alrededor de Sara se congeló instantáneamente. Un hielo magico y brillante subió desde sus pies, cubriéndole las piernas, el torso, los brazos… hasta dejarla completamente petrificada en una estatua de hielo translúcido, con los ojos abiertos en una expresión de furia y terror.
Layra se quedó muda.
Dejó de gritar. Dejó de pelear. Dejó de llorar.
Solo quedó mirando con una mirada vacía, rota, como si algo dentro de ella se hubiera apagado para siempre.
Los mercenarios estallaron en risas burdas y crueles.
El jefe levantó una mano.
—No se rían tanto, idiotas. Es solo una pobre niña que acaba de perder todo.
Uno de los mercenarios que había atacado antes a Sara se acercó a la estatua de hielo con una sonrisa sádica.
—Ahora ya no me sirves, zorra de la nobleza—dijo, escupiendo al suelo.
Desenvainó su hacha pesada y, con un solo golpe brutal, partió la estatua por la mitad. El hielo se quebró con un sonido cristalino horrible. El cuerpo congelado de Sara se rompió en pedazos sangrientos que cayeron sobre la tierra y las campanillas blancas.
Layra solo miró los fragmentos con ojos muertos.
El jefe la levantó en brazos sin esfuerzo, como si fuera una muñeca rota.
—Trabajo terminado —dijo con calma—. Volvemos al pueblo. Entregamos el paquete a Ryz y después nos tomamos unas cervezas.
El jefe de los mercenarios acababa de subir a su caballo con Layra a cuestas cuando una flecha envuelta en llamas atravesó el aire como un cometa y se clavó en su pecho con un impacto sordo.
El hombre soltó un gruñido ahogado y se tambaleó.
Una segunda flecha le atravesó el hombro. La tercera se hundió directamente en su frente.
Cayó hacia atrás, arrastrando a Layra con él. Los caballos se alteraron en medio del caos. Los mercenarios restantes gritaron, desenfundando sus armas y mirando frenéticamente hacia todas partes.
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Editado: 11.07.2026