Cyprian sostenía a la niña contra su pecho como si fuera lo único que aún no se hubiera roto esa noche.
El bosque aún olía a sangre y humo cuando montó en su caballo, acomodando a Layra sobre su regazo con un cuidado que contrastaba violentamente con la carnicería que dejaban atrás. La envolvió con su capa, cubriéndola casi por completo, y ajustó el tejido para que no le rozara las heridas; verlas le resultaba insoportable, aunque lo ocultaba bien tras sus ojos.
Treinta soldados armados formaron una columna protectora a su alrededor. Los cinco espías que habían seguido a la niña desde el pueblo se integraron en silencio, como sombras bien entrenadas.
Cyprian miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a caer.
—Dos días —dijo con voz baja y firme, sin dirigirse a nadie en particular—. Cabalgaremos con cuidado. No quiero sacudidas.
La comitiva se puso en marcha.
Durante el primer día, Layra apenas recuperó la conciencia en breves momentos febriles. Gemía, temblaba, murmuraba nombres que Cyprian no reconocía. Cada vez que lo hacía, él la apretaba un poco más contra sí, susurrándole palabras suaves al oído:
—Estás a salvo ahora, pequeña. Nadie volverá a hacerte daño. Yo me encargo.
Al segundo día de viaje, el bosque había dado paso a colinas abiertas y caminos antiguos. Layra ya no estaba inconsciente, pero su cuerpo se sentía como plomo. Cada movimiento del caballo le provocaba una punzada de dolor en las costillas y en la cabeza.
Cyprian la sostenía con firmeza contra su pecho, una mano enguantada apoyada en su espalda para mantenerla estable. La capa roja los cubría a ambos, protegiéndola del viento frío de la mañana.
Durante un largo rato, solo se escuchaba el sonido de los cascos y el viento. Layra mantenía la mirada baja, los dedos apretando con fuerza la tela, como si quisiera arrancarla.
Cyprian rompió el silencio con voz baja y suave, casi amable.
—¿Tienes hambre?
Layra tardó en responder. Finalmente, negó con la cabeza, sin mirarlo.
—No —murmuró, la voz ronca y débil.
Cyprian no insistió. Siguió cabalgando en silencio unos minutos más antes de hablar de nuevo.
—Sé que todo esto debe parecerte un caos. Pero estás a salvo ahora. Nadie volverá a tocarte.
Layra apretó la mandíbula. Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre la tela. Giró ligeramente la cabeza, mirando hacia el bosque en vez de a él.
—¿A salvo? —repitió con voz baja, casi inaudible, sarcástica—. Mi familia…
Su voz se quebró. No terminó la frase. En cambio, se encorvó un poco más, como queriendo desaparecer entre los pliegues de la capa.
Cyprian bajó la cabeza, acercando sus labios cerca de su cabello.
—Lamento tu pérdida —dijo con una sinceridad medida—. El mundo es cruel con las cosas hermosas. Pero yo sé cómo protegerlas.
Layra no respondió. Solo cerró los ojos y se quedó rígida contra él, respirando con dificultad. No confiaba en sus palabras. Cada caricia, cada frase suave, le provocaba un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Aun así, no tenía fuerzas para apartarse.
—¿Dónde estamos? —preguntó ella de pronto, sin mirarlo.
Cyprian bajó la vista hacia la niña acurrucada contra su pecho.
—Ya casi dejamos atrás las Tierras Oscuras —respondió con calma—. Falta un día más para llegar.
Layra se tensó ligeramente.
—¿A dónde?
Cyprian soltó una risa corta, elegante, como si intentara aligerar el peso del aire entre ellos.
—A un lugar donde estarás a salvo —dijo suavemente—.
Layra abrió la boca para contestar, pero en ese momento el general se acercó a caballo.
—Mi señor, los animales necesitan descansar. Sugiero detenernos un momento.
Cyprian miró a su alrededor y asintió.
—Deténganse. Armen el campamento.
Luego bajó la mirada hacia Layra y, con una sonrisa casi paternal, le preguntó:
—¿Cuál es tu comida favorita?
Ella lo ignoró por completo, girando el rostro hacia el otro lado.
Cyprian rio de nuevo, divertido.
—Preparad carne asada y… galletas de miel —ordenó a sus hombres.
Layra se giró de golpe, sorprendida. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Cómo sabe que me gustan las galletas de miel?
Cyprian desmontó. El general se acercó para sostener a la niña mientras él bajaba. En ese breve segundo, Layra sintió pánico puro. El general emanaba pétalos negros y rojos densos, girando a su alrededor como demonios. Forcejeó con debilidad, intentando bajarse.
—Suéltame… —murmuró, con voz temblorosa.
Cyprian la tomó de nuevo en brazos con facilidad, ignorando su protesta.
—Tranquila —dijo con suavidad—. Aún te cuesta caminar.
Layra se molestó visiblemente.
—Bájame —exigió, aunque su voz era débil—. Puedo caminar sola.
Cyprian solo sonrió, sin hacerle caso, y comenzó a caminar hacia un lago cercano que uno de los espías había señalado.
El lago era pequeño y tranquilo, rodeado de juncos y piedras lisas. Cyprian se acercó a la orilla y sentó a Layra con cuidado sobre una piedra redondeada y plana, casi como un trono natural. La niña se quejó débilmente al sentir el frío de la piedra contra sus piernas.
Sin decir una palabra, Cyprian se arrodilló frente a ella. Sacó un pañuelo blanco impecable de su saco, lo mojó en el agua clara del lago y comenzó a limpiarle el rostro con delicadeza. Primero las mejillas manchadas de tierra y lágrimas secas, luego la frente, y por último las pequeñas heridas en los brazos y manos.
Layra se tensó y soltó un quejido de dolor cuando el pañuelo rozó un corte profundo.
—Duele… —murmuró, apartando la cara.
Cyprian no se detuvo. Continuó limpiando con la misma paciencia meticulosa, como si estuviera restaurando una pieza de arte dañada.
—¿Quién eres? —preguntó ella de pronto, con voz ronca.
Cyprian levantó la mirada y sonrió. Una sonrisa lenta, elegante, que no llegaba del todo a sus ojos.
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Editado: 11.07.2026