La mansión Galios se alzaba como una sombra imponente contra el cielo teñido de rojo y violeta. Sus muros de basalto negro estaban atravesados por vetas brillantes de lava que parecían palpitar con vida propia, como si la fortaleza respirara. Torres altas y elegantes se recortaban contra el anochecer, y una sensación de poder antiguo y contenido flotaba en el aire.
Cyprian Galios desmontó con Layra aún en brazos. La niña estaba despierta, pero su cuerpo se sentía pesado y su mente nublada por el agotamiento. No protestó cuando él la sostuvo contra su pecho y comenzó a caminar hacia las grandes puertas dobles de la mansión. La capa roja de Cyprian la envolvía como un manto protector, y el calor de su cuerpo contrastaba con el frío que empezaba a descender.
Las puertas se abrieron antes de que llegaran. Dos guardias inclinaron la cabeza con respeto al ver a su señor.
—Bienvenida —murmuró Cyprian cerca del oído de Layra, con esa voz densa y controlada—.
Layra no respondió. Solo mantuvo la mirada baja.
El interior de la mansión era igual de imponente que el exterior. Pasillos amplios iluminados por lámparas de obsidiana, tapices oscuros con bordados dorados y un silencio casi reverente. El aire olía a especias caras, tierra húmeda y un leve rastro de azufre.
Cyprian caminó con paso seguro hasta una escalera ancha y subió con ella en brazos sin esfuerzo. En el segundo piso, se detuvo frente a una puerta tallada con rosas negras.
—Esta será tu habitación —dijo, abriéndola con una mano.
La habitación era lujosa, casi demasiado. Una cama grande con sábanas de seda rojas y blancas, muebles de madera pulida, una chimenea encendida que mantenía el lugar cálido y una ventana con gruesas cortinas blanquecinas que no bloqueaban por completo la luz exterior.
Dos mucamas jóvenes esperaban dentro, con la cabeza baja.
—Estas son Elara y Mira —presentó Cyprian con elegancia—. Ellas se encargarán de atenderte. Cualquier cosa que necesites, solo tienes que pedirlo.
Layra miró a las dos mujeres un segundo. Ambas inclinaron la cabeza con respeto, pero no dijeron nada.
Cyprian la depositó con suavidad sobre la cama, acomodando las almohadas detrás de su espalda para que pudiera sentarse. Luego se arrodilló frente a ella, a su altura, y le tomó una mano con delicadeza.
—Descansa esta noche —le dijo con voz suave—. Mañana hablaremos.
Layra lo miró a los ojos por primera vez desde que habían llegado. No había confianza en su mirada. Solo cansancio y una cautela profunda.
Cyprian sonrió levemente, como si entendiera su silencio.
—Buenas noches, pequeña flor —murmuró, y le besó los nudillos con una delicadeza casi reverente antes de levantarse.
Se dirigió a las mucamas.
—Cuídenla bien. Si algo le molesta, avísenme de inmediato.
—Sí, mi señor —respondieron al unísono.
Cyprian miró una última vez a Layra antes de salir de la habitación, cerrando la puerta con suavidad.
Layra esperó unos minutos después de que Cyprian cerrara la puerta. Cuando el silencio se volvió absoluto, se bajó de la enorme cama con sigilo, apoyando los pies descalzos sobre la alfombra gruesa y cálida. La habitación era inmensa. Más grande que toda la casa donde había crecido. El techo parecía perderse en la penumbra, sostenido por vigas de madera oscura talladas con motivos de llamas y rosas. Había un vestidor, un tocador con espejo, una chimenea encendida y una ventana que daba a un balcón tan grande que podría haber cabido toda su antigua habitación dentro.
—Esta habitación es tan grande como toda mi casa… —murmuró para sí misma, casi sin voz.
Caminó despacio, tocando con los dedos la madera pulida de los muebles, sintiendo lo extraño de todo. El lujo la oprimía.
De las sombras cercanas a la chimenea, dos figuras se movieron con suavidad.
Layra dio un respingo, retrocediendo hasta chocar contra la cama. Las dos mucamas —Elara y Mira— salieron adelante con la cabeza baja, las manos juntas frente al cuerpo.
—Perdón, señorita —dijo Elara con voz baja y educada—. No quisimos asustarla.
Layra las miró con desconfianza. Su cuerpo se tensó.
—Déjenme sola —dijo, la voz ronca pero firme—. No necesito que me ayuden.
Las mucamas se miraron entre sí un segundo. Mira dio un paso adelante, las manos temblando ligeramente.
—Señorita, por favor… debe bañarse antes de dormir. Sus heridas necesitan ser vendadas y… debe cambiarse de ropa. Está sucia y…
—No —cortó Layra, dando un paso atrás—. No me toquen. Déjenme tranquila.
El tono fue hostil. No confiaba en ellas. No confiaba en nadie en ese lugar.
Elara bajó aún más la cabeza. Con un movimiento lento, levantó las mangas de su uniforme. Sus antebrazos estaban vendados prolijamente, pero se veían manchas oscuras de sangre seca en la tela. Las manos de ambas mucamas temblaban visiblemente mientras esperaban la respuesta de Layra.
—Por favor… —suplicó Mira, casi sin voz—. No queremos hacerle daño. Solo… solo cumpla con lo que nos ordenaron. Por favor.
Layra se quedó quieta. Sus ojos se fijaron en las vendas. Algo en la forma en que temblaban, en cómo evitaban mirarla directamente, le hizo cambiar de expresión. La hostilidad se suavizó.
Se acercó lentamente. Las mucamas retrocedieron un paso, pero Layra extendió la mano con cuidado y tocó con suavidad el borde de una venda en el brazo de Elara. La muchacha se tensó, pero no se apartó.
Layra levantó la vista y las miró a los ojos.
—¿Fue él? —preguntó en voz baja, casi un susurro.
Las dos mucamas se quedaron en silencio absoluto. No dijeron una palabra. Solo, muy lentamente, asintieron con la cabeza al mismo tiempo.
Layra sintió que algo se le apretaba en el pecho. Bajó la mano.
—Lo siento —murmuró, la voz más suave ahora—. Fui descortés. No debí hablarles así.
Elara y Mira parecieron relajarse un poco, aunque seguían tensas.
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Editado: 11.07.2026