Sangre del Eclipse

Capitulo 29

Layra abrió los ojos de golpe.

El cielo aún estaba oscuro, apenas teñido por un leve tono grisáceo que anunciaba que faltaban unos treinta minutos para que el sol comenzara a asomarse. No había logrado dormir más de dos horas seguidas. Las pesadillas volvían una y otra vez: la cabeza de la mujer colgando, el sonido del hielo rompiéndose, la sangre de Sara sobre las campanillas blancas. Aunque el duelo seguía pesándole en el pecho como una piedra, su instinto de supervivencia la mantenía alerta. Ya no dormía profundamente. Ya no podía permitírselo.

Se levantó en silencio y caminó descalza hasta el balcón de su habitación. Abrió las pesadas cortinas y salió al frío de la madrugada.

El terreno de la mansión Galios era inmenso. Desde su balcón podía ver una fuente de agua en la entrada principal. En el centro de la fuente había una escultura de una flor extraña, con pétalos puntiagudos y una forma que le resultaba familiar. Frunció el ceño, intentando recordar. Estaba casi segura de haberla visto en uno de los libros de botánica que leía cuando vivía en la casa bajo el árbol.

Más allá de la fuente, el terreno se extendía hacia una enorme reja de bronce forjada con relieves elegantes. Varios soldados patrullaban el perímetro con paso firme.

Layra se apartó del balcón y regresó al interior. Decidió husmear el armario.

Al abrir las puertas dobles, se encontró con una cantidad abrumadora de ropa. Vestidos largos, pomposos, de telas finas y colores oscuros. Algunos con bordados dorados, otros con encajes negros. Se quedó mirando el mar de telas con el ceño fruncido.

—¿Esto habrá sido de otra chica…? —murmuró.

Quejándose en voz baja, empezó a revolver entre los vestidos, buscando algo que le permitiera moverse con libertad. Todo era demasiado elegante, demasiado femenino, simplemente, demasiado.

Al fondo del armario, casi escondido detrás de varios vestidos pesados, encontró una caja de madera cubierta de polvo. La abrió. Dentro había un traje de montar de los que usaban los chicos: pantalones oscuros, camisa blanca de manga larga y un chaleco ajustado. Era práctico. Era lo que necesitaba.

Se lo puso sin dudar. Los pantalones le quedaban un poco grandes en la cintura, pero servían. Buscó botas y encontró un par de cuero oscuro que le venían razonablemente bien, y tomó un abrigo largo que colgaba de una percha. Era de un rojo intenso y profundo.

Se miró en el espejo y frunció la nariz.

—Ya me cansé del maldito rojo… —murmuró con fastidio.

Se puso la capucha del abrigo y regresó al balcón. Se asomó y miró hacia abajo. Tres pisos de altura.

Se mordió el labio inferior, pensativa.

—Tendré que escabullirme por los pasillos. ¿Por qué tiene que ser tan grande este lugar? —pensó.

Regresó al interior, abrió la puerta de su habitación con mucho cuidado y salió al pasillo de puntillas. El corredor era largo, amplio y silencioso. Había cinco puertas a cada lado, todas cerradas. La luz era tenue, apenas iluminada por algunas lámparas de pared que seguían encendidas.

Layra respiró hondo y empezó a caminar con sigilo, pegada a la pared.

Avanzó sin detenerse. No quería perder tiempo. Cada segundo que pasaba fuera de su habitación aumentaba el riesgo de ser descubierta.

El suelo de baldosas blancas reflejaba la luz de las lámparas. De pronto, captó el destello de una luz que se movía. Se escondió rápidamente detrás de un grueso pilar de piedra oscura, pegando la espalda contra él.

Era el mayordomo.

El hombre bajaba hacia el segundo piso sosteniendo una lámpara extraña, de forma alargada y con una luz azulada que no parecía provenir del fuego común. Sus pasos eran silenciosos, casi flotantes.

Layra contuvo la respiración. Intentó incluso detener los latidos de su propio corazón. Se transformó en una escultura inmóvil. Una gota de sudor frío le resbaló por la frente y le cayó por la sien. El pánico le apretaba la espalda como si alguien la estuviera abrazando desde atrás.

Un segundo. Dos. Tres.

El mayordomo siguió su camino sin detenerse. La luz se alejó lentamente por el pasillo.

Layra esperó unos segundos más antes de atreverse a moverse. Siguió avanzando, pero ahora mucho más alerta. De vez en cuando se acercaba a las ventanas para vigilar a los soldados que patrullaban fuera. Cada pocos pasos se giraba para comprobar que seguía sola. No había nadie.

Al final del pasillo dejó atrás las cinco puertas. Frente a ella había una escalera ancha que subía al segundo piso. Pero lo que realmente llamó su atención fue lo que había a un costado.

Dos enormes puertas de dos metros y medio de altura, hechas de piedra volcánica negra. En el centro, labrado en oro, estaba el símbolo de los Galios: una rosa envuelta en llamas. Las puertas eran imponentes, elegantes y frías. Le recordaron, por un instante, a las puertas de la gran biblioteca de Aerténum.

Su curiosidad le ganó a la urgencia de escapar.

Miró la escalera, luego las puertas. Dudó.

Solo un vistazo, pensó. Miro por el ojo de la llave, me maravillo un segundo… y me voy.

Se acercó despacio, girándose varias veces para asegurarse de que seguía sola. Cuando llegó frente a las puertas, se inclinó con cuidado y pegó el ojo al orificio de la cerradura.

Lo que vio le quitó el aire.

El corazón, que hasta hace un momento latía con fuerza por el miedo, empezó a latir más lento… más dulce… más brillante.

Dentro había un salón inmenso. Pasillos interminables de libros que se elevaban en una espiral perfecta hacia arriba, como si la biblioteca misma fuera un caracol gigante. Había sillones cómodos, mesas con lámparas, y estanterías que parecían perderse en la altura. El lugar estaba iluminado por una luz suave y dorada.

Y en medio de todo eso… había un muchacho.

Layra observó al niño a través del ojo de la llave.

Tenía más o menos su edad. El cabello negro le caía largo hasta los hombros, liso y brillante. Vestía un traje elegante, como si fuera un adulto en miniatura: chaqueta oscura, camisa blanca y pantalones impecables. Ella arrugó la nariz y murmuró para sí misma:




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