—No me quedaré lo suficiente aquí para que te lo aprendas —respondió con frialdad, aunque su voz temblaba ligeramente—. Dime dónde está la salida más rápida y segura de esta maldita mansión.
Presionó con más fuerza. La punta del abrecartas perforó la piel delgada del cuello de Valerius. Un hilo fino de sangre comenzó a correrle por la garganta.
Layra se asustó al verlo. Su mano perdió firmeza por un segundo.
Valerius lo notó. En vez de retroceder, dio un paso hacia adelante, clavándose él mismo un poco más el abrecartas. La herida se hizo más profunda.
—Cariño, si vas a amenazar a alguien con un abrecartas —dijo con calma, aunque ahora su voz tenía un filo más serio—, asegúrate de no ceder ni un centímetro.
Layra se sonrojó violentamente al tenerlo tan cerca. Estaban a apenas unos centímetros. Bajó levemente el abrecartas, sintiendo una punzada de culpa al ver la sangre.
—Primero… no te permito que me llames así —gruñó, con tono amenazante.
Valerius sonrió con sarcasmo.
—¿Así cómo? Ah… ¿“Cariño”? Es un…
Layra no lo dejó terminar. Le soltó un puñetazo directo en la nariz. Valerius soltó un quejido ahogado y la sangre comenzó a brotarle.
Ella limpió los nudillos en la camisa del chico con rabia y lo miró aún más gélida.
—No me digas así. Dime ahora mismo por dónde irme —se acercó amenazante mientras él se limpiaba la nariz con la manga—, así no vuelvo a ver tu estúpida cara. Por cierto, deberías tomar algo de sol. Tu piel es demasiado pálida.
Valerius soltó una risa corta, a pesar de la sangre.
—Claro, discúlpame. Me habla la niña de color carbón del momento. —dijo con sarcasmo.
Layra se alejó abruptamente, visiblemente molesta. Suspiró con fastidio y se llevó una mano al rostro, arrastrándola en señal de exasperación.
—Me voy. Gracias por absolutamente nada. Idiota.
Le dio la espalda y empezó a alejarse.
Valerius sonrió y, con una reverencia exagerada, dijo:
—Adiós, cariño.
Layra se detuvo en seco. Se giró lentamente, con los ojos entrecerrados.
Valerius se llevó una mano a la boca con fingida pena.
—Ay, perdón. Pero si no me dices tu nombre, me das derecho a llamarte como se me pegue la gana. C-A-R-I-Ñ-O.
Layra no lo pensó dos veces.
Se giró con torpeza, el cuerpo aún dolorido por las heridas y el cansancio. No era rápida ni ágil como antes, pero recordaba las lecciones de Sara: golpear donde duele más y donde el oponente no espera.
Se lanzó contra Valerius. El primer golpe fue un puñetazo directo al plexo solar, justo debajo de las costillas. Valerius soltó un jadeo ahogado y se dobló un poco. Layra aprovechó el momento y le dio un segundo golpe en la nariz con la palma de la mano, tal como le habían enseñado. La sangre brotó de inmediato.
Valerius no se defendió. Solo retrocedió un paso, sorprendido, mientras se limpiaba la nariz con la manga.
Layra respiraba con dificultad, el costado le dolía por el esfuerzo. Aun así, se mantuvo firme, con los puños y la mirada encendida.
Las puertas de la biblioteca se abrieron de golpe.
El fuego de las lámparas se avivó de pronto, las llamas crecieron con un crepitar fuerte, iluminando la sala con un resplandor anaranjado y violento. Layra estaba demasiado concentrada en Valerius como para notarlo.
Cyprian Galios entró con paso firme. Su presencia llenó la habitación al instante. Sin decir una palabra, se acercó por detrás, la tomó de la cintura con un brazo fuerte pero controlado y la levantó del suelo sin esfuerzo, separándola de Valerius.
Layra soltó un grito ahogado de sorpresa y forcejeó débilmente, pero sus heridas y el cansancio la traicionaron. Cyprian la puso de pie a su lado, manteniendo una mano firme en su hombro para que no volviera a lanzarse.
Valerius se limpió la sangre de la nariz con la manga, sin decir nada. Solo miró a su padre con una expresión neutra.
Cyprian miró a Layra con calma, aunque sus ojos brillaban con algo más oscuro.
—Parece que ya conociste a mi hijo menor —dijo con voz suave, como si estuviera presentando a dos niños en una fiesta—. Valerius, ella es Layra.
Valerius inclinó ligeramente la cabeza, todavía con un hilo de sangre en la nariz.
—Un placer —murmuró con sarcasmo.
Layra lo fulminó con la mirada, pero Cyprian apretó suavemente su hombro, recordándole que estaba allí.
—Suficiente por hoy —dijo Cyprian con elegancia, dirigiéndose a ambos—. Valerius, ve a limpiarte. Layra… tú y yo tenemos que hablar.
Cyprian mantuvo la mano firme sobre el hombro de Layra, guiándola con suavidad, pero sin dejarle espacio para resistirse. La niña caminaba rígida, con la cabeza baja y los puños apretados a los costados.
Valerius se quedó de pie en medio de la biblioteca, con un hilo de sangre aun corriendo por su nariz. No se limpió. Solo observó en silencio cómo su padre se llevaba a la chica.
Sus ojos rojos oscuros siguieron cada movimiento. La forma en que Cyprian la sostenía, casi protectora. La rigidez de Layra. La manera en que ella intentaba apartarse, aunque débilmente.
Valerius no dijo nada.
Se limitó a ajustar su ropa, un gesto lento y preciso, mientras una sonrisa pequeña y fría se dibujaba en sus labios.
Interesante, pensó.
Desde uno de los diez ventanales altos que rodeaban la sala, una sombra permaneció inmóvil.
Ojos azules, como el océano infinito bajo el sol de medio día, observaron toda la escena sin parpadear. No se movieron ni cuando Valerius se fue. Solo cuando el pasillo quedó en completo silencio, la sombra se retiró con lentitud, desapareciendo entre las cortinas pesadas sin hacer el menor ruido.
Cyprian no soltó el hombro de Layra ni un segundo.
La guio por los pasillos de la mansión con paso calmado pero firme, sin dejarle espacio para resistirse. Layra caminaba a su lado, rígida, con la capucha aún puesta y los puños apretados. Cada paso le recordaba que estaba en territorio enemigo.
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Editado: 28.07.2026