El fuego desapareció.
No se apagó como una llama vencida por el viento, ni murió con el gemido débil de la madera consumida. Simplemente dejó de existir en cuanto tocó aquella oscuridad plateada que se extendía alrededor de Layra.
El despacho de Cyprian Galios quedó suspendido en un silencio imposible.
Las llamas que segundos antes habían trepado por el suelo, ansiosas por lamer sus botas, se deshicieron al rozar el borde del velo. No quedaron brasas. No quedó humo. Ni siquiera calor.
Solo ausencia.
Layra permanecía de pie en medio de aquella penumbra viva, con la espada ornamental todavía aferrada entre las manos. Sus dedos temblaban alrededor de la empuñadura, pero no la soltaba. La luz de la luna llena entraba por los ventanales altos del despacho y caía sobre su piel como un baño de plata líquida. Cada línea de su rostro, cada mechón oscuro que escapaba de su capucha, cada lágrima suspendida en sus pestañas brillaba con una belleza extraña. Sus ojos ardían.
Cyprian no retrocedió.
El hombre observó el velo con una quietud absoluta. La clase de quietud que no nace del miedo, sino del cálculo. Sus ojos marrones claros siguieron el borde irregular de aquella oscuridad, donde el mundo parecía doblarse hacia adentro, incapaz de sostener la presencia de Layra dentro de sus propias leyes.
Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.
—Interesante… —murmuró.
Layra apretó más la espada.
—Aléjate de mí. —Su voz salió baja, pero firme.
Cyprian ladeó apenas la cabeza. La luz lunar marcó la línea elegante de su rostro, el rojo oscuro de su cabello, la calma insoportable de sus ojos.
—Parece ser… —dijo despacio, como si ordenara sus pensamientos en voz alta—. Pero no eres un varón.
Dio un paso hacia ella y el velo respondió.
No lo atacó. No lo cortó. No lo empujó hacia atrás.
Simplemente lo negó.
La punta de su bota rozó el borde plateado y, durante un instante, el aire alrededor de su pie desapareció. No hubo resistencia, ni golpe, ni chispa. Solo un vacío tan limpio que incluso Cyprian detuvo el movimiento, no por miedo, sino por prudencia.
La temperatura del despacho cayó de golpe y la chimenea dejó de crepitar. Las lámparas titilaron una vez, como si algo invisible les hubiera arrebatado el aliento.
Cyprian bajó la mirada hacia el límite del velo, fascinado.
—Es imposible —susurró.
Layra sintió que las palabras se le clavaban en el pecho.
Imposible.
Esa palabra la había perseguido desde antes de saber quién era. Imposible su nacimiento. Imposibles sus ojos. Imposible que los dioses amaran. Imposible que una niña nacida del Sol y la Luna siguiera viva.
Imposible.
Y, aun así, allí estaba. Temblando y sola. Con la oscuridad de su madre extendida alrededor de ella como un manto vivo.
—Qué eres, Layra… —preguntó Cyprian, y por primera vez su voz perdió una mínima parte de aquella suavidad ensayada.
Layra tragó saliva. El velo latía alrededor de ella, acompasado con los golpes desordenados de su corazón. Cada latido lo hacía expandirse apenas, como una respiración nocturna. Pero sostenerlo dolía.
No en la piel, sino más adentro. En un lugar donde no había huesos ni sangre. Un lugar donde los recuerdos se abrían como heridas.
Vio a Harold deshaciéndose entre sus dedos.
Vio el rostro congelado de Sara partiéndose en pedazos.
El velo tembló y Cyprian lo notó.
Sus ojos se entrecerraron apenas, atentos a esa mínima fractura. Luego alzó una mano con lentitud. Una pequeña llama nació entre sus dedos enguantados, perfecta, controlada, dorada en el centro y roja en los bordes.
Layra dio un paso atrás.
—No.
—Tranquila —dijo él, con una calma casi amable—. Solo quiero entenderte.
—No soy algo que puedas estudiar.
Cyprian sonrió.
—Todo puede estudiarse, pequeña flor. Solo hace falta paciencia y tiempo.
Arrojó la llama hacia el velo y Layra levantó la espada por instinto, pero no hizo falta. La llama tocó la oscuridad plateada y desapareció.
Cyprian permaneció inmóvil unos segundos. Luego su sonrisa se volvió más profunda.
—No la extingues —dijo, más para sí mismo que para ella—. La borras.
Layra respiró con dificultad. La habitación empezó a inclinarse apenas a su alrededor, como si el suelo respirara bajo sus pies. El brillo de su piel parpadeó.
Cyprian se acercó al escritorio sin quitarle los ojos de encima. Tomó una daga pequeña, fina, decorativa, con mango de obsidiana y filo plateado. La sostuvo entre dos dedos, observando primero el arma y luego a Layra.
—Veamos si solo responde al fuego.
—No te atrevas.
Él la miró.
—¿O qué?
Layra no respondió. No porque no quisiera, sino porque las palabras comenzaron a perder forma dentro de su cabeza.
Cyprian lanzó la daga. El metal giró en el aire, capturando un destello de luna antes de tocar el borde del velo.
No cayó al suelo. No rebotó. No atravesó la barrera. Simplemente desapareció.
Cyprian dejó escapar una exhalación lenta, casi complacida.
—Extraordinario.
Layra bajó la espada apenas. Su brazo le pesaba demasiado. Sentía la garganta seca, los oídos llenos de un zumbido bajo, como si cientos de voces hablaran desde el fondo de un pozo.
La oscuridad a su alrededor se movió, como tela bajo el agua.
El manto de Arianrhod la cubría, pero cada segundo dentro de él parecía alejarla un poco más del despacho, de la mansión, de su propio cuerpo. Por un instante, Layra no estuvo segura de si seguía allí o si se encontraba de nuevo en aquel lugar imposible donde había visto a su madre llorar por ella.
—No sabes sostenerlo —dijo Cyprian.
Layra volvió a mirarlo.
—Cállate.
—Aparece cuando tienes miedo. Cuando te sientes acorralada. Cuando pierdes el control.
—Cállate.
Cyprian dio otro paso, manteniéndose apenas fuera del borde.
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Editado: 28.07.2026