Cuando Elara y Mira salieron, Layra permaneció sentada en la cama durante un largo rato. El abrecartas descansaba sobre su regazo y la nota arrugada de Valerius seguía entre sus dedos. La chimenea seguía encendida, pero el fuego ya no le parecía cálido. Cada crujido de la madera sonaba como una advertencia. Cada sombra en las paredes parecía moverse apenas cuando apartaba la mirada.
La mansión Galios respiraba a su alrededor, como una bestia dormida con demasiados ojos abiertos.
Layra cerró la mano alrededor del mango del abrecartas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No era suficiente. Pero era algo.
Miró hacia la ventana. La noche había cubierto el cielo por completo. La luna, por primera vez, no parecía acecharla. Bajó la mirada hacia su gargantilla. El dije emitía una luz plateada suave y tímida.
Un escalofrío le recorrió los brazos. La habitación se volvió borrosa. El fuego de la chimenea se alejó. Las paredes, las cortinas, la cama inmensa… todo empezó a hundirse en una penumbra líquida.
Layra intentó levantarse.
No pudo.
El cansancio cayó sobre ella como una manta mojada. El abrecartas resbaló de sus dedos. La plata del dije se extendió por su piel como una caricia.
Y Layra cayó hacia adentro.
No soñó con fuego. No soñó con sangre. Y no soñó con el bosque.
Al principio no soñó con nada.
Solo había oscuridad. Una oscuridad inmensa, sin paredes ni suelo. No era negra ni pesada. Era profunda, etérea y triste. Una oscuridad que no quería devorarla.
Parecía estar esperándola.
Layra abrió los ojos.
Estaba de pie sobre la superficie de un lago. El agua era tan negra que solo reflejaba estrellas. Sus pies descalzos descansaban sobre ella como si fuera cristal frío. A su alrededor solo había noche, agua y silencio.
Bajó la mirada. El agua se movió.
Vio a una bebé envuelta en telas doradas y plateadas bajo un árbol. Vio sus propios ojos violetas abiertos hacia el cielo.
La imagen cambió.
Vio a una niña pequeña corriendo descalza por una cocina cálida, con azúcar en las mejillas y risas en la boca. Sara rescatando galletas antes de que se quemaran. Harold comiendo masa cruda a escondidas.
El agua tembló.
Vio a Harold deshaciéndose entre sus dedos en polvo de estrellas. Su sonrisa rompiéndose en fragmentos celestes.
Vio a Sara convertida en hielo, con los ojos abiertos y su furia atrapada para siempre. El golpe del hacha. El sonido horrible de algo amado partiéndose.
Layra apretó los puños.
—Basta.
El lago no obedeció.
Entonces sintió una presencia detrás de ella.
No hubo pasos. Solo una cruel y nostálgica certeza.
Layra giró lentamente.
A lo lejos, sobre la superficie del lago, había una figura femenina de pie, inmóvil, envuelta en un resplandor tenue. Su cabello caía como hilos de luz. Su rostro era hermoso, pero de una forma profundamente triste.
Sus ojos eran violetas, como los de ella.
Layra sintió que todo el odio, el dolor y el anhelo que había estado conteniendo encontraron, por fin, un lugar donde arder.
No corrió hacia ella.
No extendió los brazos.
Solo la miró.
Arianrhod no se acercó.
La distancia entre ambas permaneció intacta, como si incluso en un sueño hubiera leyes que ninguna de las dos podía romper.
Layra tragó saliva. La garganta le dolía.
—Llegas tarde.
—Llegas tarde —repitió, y esta vez su voz salió más fuerte, temblando de rabia contenida.
Arianrhod no respondió. Solo la miró con esos ojos idénticos a los suyos, llenos de tristeza profunda como el océano. No intentó justificarse. Solo escuchó a su hija.
Layra dio un paso adelante, pero la distancia entre ellas no se acortó. El lago parecía estirarse, manteniéndolas separadas.
—¿Dónde estabas? —preguntó, y su voz se quebró—. ¿Dónde estabas cuando papá murió? ¿Cuándo Sara murió? ¿Cuándo me dejaron sola con esos monstruos?
Las lágrimas le ardieron en los ojos, pero no las dejó caer.
—Eres mi madre. —se detuvo un instante, masticando esa palabra tan grande. —¿Eso significa algo para ti? ¿O solo soy… un error que dejaste en la tierra porque no sabías qué hacer conmigo?
Arianrhod permaneció en silencio. Su expresión no cambió. No se defendió. No dijo que lo sentía. Solo la miró, absorbiendo cada palabra.
Layra sintió que la rabia le subía por el pecho como fuego.
—¡Dime algo! —gritó, y su voz resonó sobre el lago negro—. ¡Dime que no me querías! ¡Dime que fui un error! ¡Dime cualquier cosa!
El agua bajo sus pies tembló. Pequeñas ondas se expandieron desde donde estaba parada, pero Arianrhod siguió inmóvil.
Layra dio otro paso, inútil. Las lágrimas ya corrían por sus mejillas sin control alguno.
—Tenía miedo… —su voz bajó, casi un susurro roto—. Tenía tanto miedo. Y tú, no estabas. Ninguno de los dos estaba. Nunca estuvo. Me dejaron sola.
El silencio de Arianrhod era más pesado que cualquier respuesta.
Layra apretó los puños hasta que le dolieron.
—Di algo… por favor.
La diosa levantó la mirada un instante. Cuando lo hizo, sus ojos brillaban con lágrimas presas.
Arianrhod no dijo nada. Pero el lago sí.
El agua bajo los pies de Layra comenzó a moverse. Los reflejos de las estrellas se agitaron, formando imágenes borrosas que se deshacían tan rápido como aparecían. En uno de ellos, Layra vio a Arianrhod llorando desesperadamente hasta rasgar su voz, clamando el nombre de su hija. En otro, la diosa extendía las manos con anhelo hacia una bebé envuelta en luz, pero sus brazos no la alcanzaban. Ecos de gritos desgarradores de antiguos recuerdos de la diosa retumbaban en el vacío del lugar. Imagen tras imagen, una diosa omnipotente y venerada estaba reducida en el frío suelo de la noche, allá, en el firmamento, negándose a comer, a beber, a siquiera hablar. Se abrazaba a sí misma como no podía abrazar a su amada hija.
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Editado: 20.08.2026