Sangre del Eclipse

Capitulo 33

Se vistió, arregló su cabello y bajó hasta el salón donde la familia Galios nunca se reunía. Al menos, no por voluntad. Pero Layra no solo se vistió por fuera: la noche anterior había entendido que, si quería salir de ahí, debía comportarse como una oveja sumisa ante el lobo carmesí que la tenía cautiva. Se vistió también de amabilidad medida, educación, temple, atención y, sobre todo, frialdad.

Necesitaba tiempo, el suficiente para memorizar la casa, los movimientos de los soldados y sirvientes.

Necesitaba que confiaran en ella, que la vieran dócil, lo suficiente para que, cuando bajaran la guardia, pudiera sacar los dientes y huir.

Bajó las escaleras con cuidado: las heridas aún no sanaban del todo, el cansancio mental por haber usado su magia oscura no había cesado, y el sueño que tuvo con esa mujer… su madre… fue demasiado devastador, triste y hermoso. Le dio esperanza, porque por fin entendió qué era esa gargantilla.

Al llegar al final de la gran escalera, Layra se encontró con Alaric. Parecía venir de entrenar con la espada, pero también tenía algunas quemaduras. Ella le lanzó una mirada que, de alguna forma, buscaba parecer un saludo, pero Alaric la miró con molestia e ignoró el gesto. Subió la escalera, esquivándola como si tuviera una enfermedad contagiosa, y desapareció en el segundo piso.

Respira, Layra. Solo respira y recuerda tu objetivo. Sonríe. —pensó ella.

Layra siguió hacia el salón; sus mucamas la saludaron por lo bajo con una sonrisa y una leve inclinación. Ella les devolvió el gesto con verdadera sinceridad. Valerius ya se encontraba sentado a la mesa con una navaja en mano, cortando en rodajas finas una manzana de un rojo que jamás había visto. Verlo le generaba una mezcla de enojo y vergüenza. Se sentó lejos de él, con una silla vacía separándolos.

Valerius empezó a silbar una canción y, de repente, tiró la navaja cerca de Layra. Ella se sobresaltó un poco, pero intentó ocultarlo, en vano. Valerius se rio, se acercó a recoger la navaja y se acercó de pronto a su oído.

—Hola, cariño.

Layra se giró violentamente con una ceja enarcada.

“Carajo. Relájate.”

Ella le sonrió apenas y le devolvió el saludo. Valerius frunció el ceño.

—¡Qué aburrida! —vuelve a sentarse, pero justo a su lado—. ¿Manzana? —le ofrece una rodaja.

Layra la miró, luego miró la manzana tan roja como la sangre, lo miró a él y se negó con un gesto.

—Estamos callados hoy. ¿Qué pasó? —deja la manzana en la mesa y se estira hasta el respaldar de la silla—. Oh… es eso de lo que hablan los pajaritos en la casa. Lo de anoche. Tú y mi padre…

Cyprian entró al gran salón y saludó a todos. Se acercó a Layra, le echó una mirada gélida a Valerius, y él se alejó de Layra sonriendo. Cyprian la revisó, sin apenas tocarla, y pasó el pulgar por debajo de los ojos de Layra. Ella apartó la mano con suavidad, soltó un gran suspiro, sonrió y lo miró.

—Estoy bien. Gracias.

Cyprian le sonrió.

—Veo que estás más cooperativa con tu actual situación, mi pequeña flor.

Valerius se tocó la cicatriz en la muñeca, recordó el condenado jardín de su padre, y se le borró la sonrisa. Layra lo notó. Cyprian tomó asiento en la cabecera de la mesa cuando Alaric entró por otra de las puertas del salón y también tomó asiento. Cyprian dijo:

—Al fin estamos todos. Mis hijos y la flor nueva del jardín.

Valerius siguió serio y Alaric miró a su padre.

—Padre, ¿quién es esta niña? ¿Para qué la trajiste?

Layra pensó: “qué buenas preguntas”.

El mayordomo principal entró como una sombra silenciosa, acompañado de otros sirvientes. Traían un desayuno con frutas, tostadas con mantequilla y miel de una calidad superior, vasos de jugo exprimido y algunos postres que también parecían de pan.

Hicieron una reverencia y todos se retiraron. Otra vez, quedaron solos.

Cyprian siguió hablando.

—Hijos, esta niña es mi invitada, y una muy especial. Dependiendo de los resultados de una prueba que haremos después de terminar este desayuno —miró a Alaric—, puede que tenga una nuera. Hijo, ya es hora de que te busquemos un matrimonio ventajoso para continuar con el fuerte linaje Galios. —ahora miró a Layra—. Y puede que tú, mi pequeña flor especial, nos hagas no solo fuertes, sino imparables.

Valerius se atrevió a cortar el discurso de su padre.

—¿Y si las pruebas no resultan como tú esperas, Cyprian?

Cyprian casi rompió su máscara de amabilidad y cordialidad, pero solo bajó la mirada y le contestó.

—Entonces, mi pequeña flor, aun así se quedará en esta familia. Después de todo, esos ojos no deberían perderse nunca. —alzó la mirada hacia Layra.

Alaric se levantó de la mesa, tiró la servilleta y, con estruendo controlado, se negó a lo que proponía su padre.

—No. No me voy a casar con esta niña que ni siquiera tiene un linaje noble y tampoco me vas a obligar. Mi vida está dedicada a la milicia, ascenderé y en poco tiempo me convertiré en el Lord Generalísimo Arconte de Solestecia. —luego miró a Layra—. No eres nadie y no tienes ningún derecho a estar en esta casa. Salvaje.

Cyprian dejó su copa sobre la mesa con un cuidado casi ceremonioso.

—Lord Generalísimo —repitió, saboreando cada sílaba—. Qué ambicioso. Dime, hijo, ¿planeas comandar ese ejército con el mismo tacto con el que acabas de hablarle a la mujer que decidí traer a esta casa?

Alaric apretó la mandíbula.

—No necesito tu aprobación para hablar, padre.

—No —Cyprian sonrió, sin un rastro de calidez—. Pero sí la necesitas para todo lo demás. Piensa en eso la próxima vez que decidas gritar en mi mesa.

Alaric abandonó la habitación con pisadas fuertes, Valerius sonrió y Cyprian permaneció en silencio. Layra solo quería irse de una buena vez de ese lugar.

Valerius silbó por lo bajo.

—Y así, sin más, el futuro Lord Generalísimo huye de un desayuno. Impresionante liderazgo, hermano.




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