El cielo sobre el territorio Galios estalló en luz dorada, antes de que la noche volviera a caer sobre él. Un espectáculo, una demostración de que los Dioses que tanto se negaban seguían ahí. No fue un fenómeno silencioso: el aire vibró con una frecuencia que no pertenecía a nuestra realidad.
En el territorio Vandros
Vanezza estaba sentada frente a su espejo de agua cuando la superficie se agitó sin que nadie la tocara.
Las ondas se abrieron en círculos perfectos, y en el centro, una luz que no le pertenecía a ningún elemento bajo su control se reflejó contra el techo de su cámara. Se inclinó hacia adelante, sin prisa, con los dedos apenas rozando el borde del agua.
—¿A qué estás jugando, Cyprian? —murmuró.
Vanezza sonrió, apenas.
En el territorio Thalios
Nerion estaba de rodillas entre sus jazmines cuando el cielo se partió al oeste.
Se quedó inmóvil un instante, con la tierra húmeda todavía entre los dedos, observando cómo el dorado y la noche se enroscaban sobre las montañas lejanas.
No dijo nada al principio. Solo se levantó, se limpió las manos en el pantalón y caminó hacia la casa con pasos rápidos que no eran propios de él.
Encontró a Sereia donde siempre la encontraba: en la biblioteca, inclinada sobre el mismo libro de tapas gastadas que ya había leído tantas veces que las páginas se abrían solas por el peso de sus dedos. Los Reyes de Solestecia. Era la doceava vez, si Nerion no había perdido la cuenta, y sospechaba que no.
—Sereia.
Ella no levantó la vista de inmediato.
—Un minuto, padre, estoy en la parte donde Laios reclama el trono ante el consejo, es...
—Sereia —repitió él, con una voz que la hizo alzar la cabeza al instante.
Algo en su tono. Algo que no era de todos los días.
—¿Qué pasa?
Nerion solo señaló la ventana.
Sereia se puso de pie tan rápido que el libro cayó al suelo, olvidado por primera vez en años.
—Eso es... —susurró, acercándose al cristal con los ojos muy abiertos—. Padre, esa es la magia de la que hablan mis libros. No hay otra explicación. Nadie ha visto algo así desde...
—Desde Laios —terminó Nerion, con la mirada fija en el horizonte—. Desde hace más de cincuenta años.
Sereia no dijo nada más. No hacía falta.
En el territorio Zeryoz
Seraphina estaba junto a la ventana de su habitación, cepillándose el cabello, cuando la luz llegó también hasta allí: débil, pero innegable, un resplandor que no debía alcanzar tan lejos y que, sin embargo, lo hizo.
Dejó el cepillo sobre el tocador sin mirarlo.
Se acercó al cristal despacio, casi con temor de que la imagen se desvaneciera si se movía demasiado rápido. El viento, su viento, se agitó a su alrededor sin que ella se lo pidiera, inquieto, como si también él hubiera sentido algo.
Una mano subió hasta su pecho.
No sabía por qué. No tenía ninguna razón lógica para saberlo. Pero algo en esa luz, en esa oscuridad enroscándose sobre las montañas de los Galios, le apretó el corazón de una forma que no sentía desde hacía años. Desde antes de que su hermana dejara de escribir. Desde antes del silencio.
—Hermana... —dijo en voz alta, aunque no había nadie en la habitación para escucharla—. ¿Qué está pasando?
El viento no le respondió. Solo se quedó allí, girando alrededor de ella.
Muy lejos de allí, en una cama demasiado grande para su cuerpo pequeño, envuelta en sábanas de seda que no eran suyas, Layra permanecía inmóvil.
Su pecho subía y bajaba, apenas.
El cielo entero hablaba de ella, pero ella no podía escucharlo.
El territorio Galios olía distinto ese día.
Tras cruzar la frontera, Vanezza lo reconoció enseguida: miedo. Un silencio demasiado ordenado, sirvientes que caminaban rápido con la vista baja, guardias que no la miraban directamente pero que la seguían con el rabillo del ojo en cada pasillo.
Vanezza sonrió para sus adentros. Le gustaba ese olor.
—Relaja los hombros —le dijo a Cyrus, sin volver la cabeza, mientras avanzaban por el corredor principal.
—Estoy relajado.
—Estás caminando como si tuvieras miedo. Los Vandros no le tememos a nada.
Cyrus sonrió, ese gesto fácil y falso que llevaba puesto como una segunda piel.
Los recibió el mayordomo en la puerta del salón principal, y los condujo hasta donde Cyprian esperaba, de pie junto a la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda como quien contempla un jardín que ya no le pertenece del todo.
—Lady Vanezza. —No se giró de inmediato—. Qué generoso de tu parte, visitarme sin haber sido invitada.
—No suelo esperar invitaciones para lo que me interesa, Cyprian. Y esto —dijo, señalando vagamente hacia la ventana, hacia el cielo— me interesa mucho.
Cyprian se giró, al fin. Su rostro era el mismo de siempre: cortesía perfecta, ojos que no revelaban nada.
—No hay mucho que contar.
—Entonces no te molestará contarlo de todas formas.
Se midieron en silencio un instante. Vanezza no se sentó, aunque él le indicó con un gesto una de las sillas. Prefería estar de pie cuando negociaba, así es más fácil ver las manos de un hombre cuando no hay una mesa entre los dos.
—Tienes información importante que yo debo saber —dijo ella, bajando la voz, aunque no había nadie más en la sala—. Y yo, Cyprian, sé cosas de ti que no quieres que nadie más sepa. Empecemos por ahí.
Cyprian no respondió enseguida. Se limitó a mirarla, con esa calma que a cualquier otro le habría parecido paciencia, y que Vanezza reconocía, mejor que nadie, como cálculo puro.
—Siéntate —dijo al fin—. Esto va a llevar un rato.
Cyrus no entró al salón con ellos.
Se había quedado en el corredor, con la excusa de estirar las piernas después del viaje, y en realidad porque sabía exactamente dónde encontrar a quien había venido a ver.
Subió las escaleras hacia el ala este, y fue entonces cuando las vio: dos mucamas saliendo de una habitación al final del pasillo, con las cabezas juntas, hablando en susurros urgentes que se cortaron en cuanto notaron su presencia.
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Editado: 20.08.2026