—Su padre estará feliz de verla y tenerla aquí, señorita Cross.
Los árboles eran lo único que podía ver desde hacía al menos cinco minutos durante el viaje. El camino parecía interminable.
El señor Cartel me había contado que su esposa estaba enferma, pero hasta ese momento no había mencionado a mi padre.
—Sí... tiene años que no lo veo.
Cinco años, para ser precisa pero la vida era así. Mi vida siempre había sido así.
Mi padre era el director y dueño de la Academia Cross, una de las academias más lujosas y prestigiosas de toda Inglaterra. No era algo de lo que presumiera mucho, porque la verdad era otra.
La academia también era un refugio. Un refugio para cosas que el mundo no debía conocer secretos que sería mejor no revelar.
Tal vez pecados.
Tal vez monstruos que vivían entre nosotros.
—Llegamos.
Salí de mis pensamientos al escuchar la voz del señor Cartel. Bajé del auto al mismo tiempo que el chofer, quien colocó mis maletas a mi lado.
—Gracias por traerme. Espero que Ana mejore —dije mientras tomaba mis maletas.
Caminé hacia el gran portón de la academia. Entonces apareció el.
Un hombre alto, de aproximadamente un metro ochenta y cinco. Su cabello castaño claro caía largo hasta casi la cintura. Siempre había tenido estilo, debía admitirlo.
—¡Oh, Gure!
Lo vi correr hacia mí con los brazos abiertos lo esquivé y así Papá terminó cayendo al suelo.
Lo miré con una sonrisa divertida. Noté que ahora usaba unos lentes redondos y grandes que se ajustaban bastante bien a su rostro.
—Hola, papá.
Se levantó rápidamente, rascándose la cabeza con algo de vergüenza. Luego tomó mis hombros con una gran sonrisa.
—Qué bueno que llegaste. Las clases comienzan en dos días.
Comenzamos a caminar hacia su casa. Durante el trayecto pude ver algunos de los edificios de la academia.
Era enorme no dudaba ni un segundo que me perdería durante los primeros días.
—Entonces llegué a tiempo. Mamá te manda saludos.
Papá sonrió mientras acomodaba sus lentes.
Mamá y él se habían separado hacía varios años.
Para ser exacta, siete.
Durante ese tiempo viví con ella era... más cómodo así pero mi padre no vivía completamente solo. Tenía bajo su cuidado a un chico llamado Zero. Lo había acogido después del desastre que ocurrió con sus padres.
Habían pasado muchas cosas difíciles en los últimos años, especialmente con los socios de mi padre... la familia Kuran.
Papá me había contado algunas de esas historias y la razón por la que estaba aquí era precisamente para ayudar en ciertos asuntos... delicados.
—Tu uniforme y tus armas están en tu habitación —me indicó al entrar a la casa.
Observé el interior las paredes estaban llenas de fotografías mías cuando era niña... y también de Zero. Incluso había fotos de otros dos niños que no lograba reconocer.
Mi padre había tenido toda una vida lejos de nosotras. Siempre fue así... o al menos eso era lo que recordaba.
—Gracias, papá.
La casa era grande con pasillos largos y para ser honesta... un poco oscura pero aun así me sentía extrañamente tranquila allí.
—La mejor cazadora de tu generación... eso es increíble, siendo mi hija.
Sonreí al escucharlo no había sido fácil llegar hasta donde estaba había mucha sangre en mis manos pero al final... solo era sangre.
—Eso mismo dijeron los jefes del Consejo. Pero por alguna razón estoy aquí, en tu escuela.
Dejé de observar las fotos cuando sentí la mirada fija de una fotografía de mi madre.
—Estoy bien... tranquilo.
El castigo que recibí por mis actos era este: estar en la academia de mi padre. Después de graduarme del Instituto Grey de Cazadores, mis habilidades habían mejorado demasiado tal vez... demasiado.
Era demasiado buena para obedecer órdenes.
—Papá...
Hablé en voz baja, recordando algo que me causaba curiosidad.
—¿Él...?
Papá negó con la cabeza antes de que terminara la pregunta.
—No. Casi nunca está aquí. Pero a veces viene... ya lo conocerás.
Después de decir eso, salió de la casa.
Más tarde, después de cenar, me quedé observando el uniforme que descansaba cuidadosamente sobre la cama era elegante.
El chaleco azul oscuro, que en realidad parecía un saco sin mangas largas, estaba confeccionado con una tela gruesa y bien estructurada. A simple vista se notaba que no era un uniforme cualquiera. Delicados bordados en color rojo recorrían los bordes de la prenda formando patrones finos y elegantes. En el lado derecho del pecho se encontraba el emblema de la Academia Cross, bordado con hilo rojo y plateado.
Debajo del chaleco iba una camisa blanca de manga larga, perfectamente planchada. El cuello estaba firme y los puños ajustados, dando una apariencia ordenada y formal. La falda azul, del mismo tono que el chaleco, caía con elegancia hasta unos centímetros por encima de las rodillas. Al igual que el saco, tenía pequeños bordados rojos que adornaban discretamente los bordes.
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Editado: 14.06.2026