Sangre Eterna (libro I de la Saga Kuran)

03

—Zero, ella es Gure, mi hija y...

—Ya lo sé.

La voz de Zero fue seca, casi cortante.

—Ella es el reemplazo de Lilith.

Sentí cómo el calor subía por mi cuerpo al escuchar esas palabras. Mis manos se tensaron a los costados mientras lo miraba directamente a los ojos. Avancé un paso hacia él.

—Yo no soy el reemplazo de ella —dije con firmeza—. Porque yo no soy ella.

Los ojos de Zero, de un tono morado claro, se clavaron en los míos con una intensidad inquietante, como si intentara atravesarme con la mirada. En ese momento debería haberme callado... pero no lo hice.

—Ella es una asquerosa vampira... igual que tú —continué—. Lo único que hizo fue lastimarte y dejarte solo, como siempre has estado. No eres diferente a ella.

—¡Gure!

La voz de Cross resonó como una advertencia. Sentí la mano de mi padre apoyarse en mi espalda, intentando detenerme. Pero entonces noté algo: Zero ya no me estaba mirando a mí. Su mirada estaba fija en Cross, y su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.

—¿Tú le contaste? —preguntó con un tono duro.

Luego volvió a mirarme, y por un segundo tuve la clara sensación de que, si su mirada fuera un arma... yo ya estaría muerta.

—Zero, yo... —intentó decir Cross.

Pero eso solo empeoró las cosas.

—¡Le dijiste!

Zero giró bruscamente y salió de la oficina dando un portazo que resonó por todo el pasillo. El silencio que quedó después fue pesado. Cerré los ojos un momento, frustrada. Para ser nuestra primera conversación... había sido un desastre.

—Gure, ¿por qué dijiste eso? —preguntó Cross con cansancio.

—No dije nada que fuera mentira —respondí cruzándome de brazos—. Además, él empezó.

Mi padre suspiró mientras acomodaba sus lentes.

—Te vas a disculpar.

Lo miré.

—Y no es una pregunta —continuó—. No estás aquí por ser mi hija, y lo sabes bien.

No respondí, porque en el fondo sabía que tenía razón. Cross quería a Zero como si fuera su propio hijo.

Salí de la oficina con la intención de encontrarlo. El pasillo estaba casi vacío, iluminado por las luces amarillas del techo que proyectaban sombras largas sobre el suelo.

—Zero... —murmuré mientras caminaba—. ¡Zero!

Nada. Solo el silencio.

Suspiré frustrada mientras acomodaba mi cabello detrás de las orejas.

—Gure.

Di un pequeño salto del susto y me giré rápidamente. Kairen estaba detrás de mí, como si hubiera aparecido de la nada.

—Oh... Kairen —dije intentando recuperar la calma—. ¿Qué haces aquí?

Llevaba un traje oscuro perfectamente ajustado acompañado por una corbata roja. Era elegante... demasiado elegante para alguien que aparentaba tener nuestra edad.

—Quería hablar con Cross.

Su voz era tranquila, profunda, casi hipnótica.

—Ah... sí. Está en su oficina.

Pero antes de que pudiera terminar de hablar, sentí un movimiento rápido a mi espalda. Zero apareció de repente. Su mano sujetó mi hombro y me giró con firmeza, colocándome detrás de él en un instante. Quedamos de espaldas: Zero frente a Kairen y yo detrás de Zero, como si me estuviera protegiendo... o apartando del peligro.

Cuando levanté la vista entendí por qué.

Zero tenía una pistola plateada apuntando directamente a la frente de Kairen. El metal brillaba bajo la luz del pasillo. Su brazo estaba firme.

—Zero... —dijo Kairen con una calma inquietante.

Ni siquiera parecía preocupado.

—¿Qué haces tú aquí? —escupió Zero con odio.

Su voz era completamente distinta ahora, más grave, más peligrosa.

—¿No te basta con venir a este lugar todas las noches como si fuera tu reino? ¿También tienes que aparecer cuando menos lo espero?

Sus dedos se tensaron alrededor del arma.

—Si crees que voy a olvidar lo que eres... estás muy equivocado.

Kairen lo observaba sin moverse. Entonces sus ojos negros cambiaron lentamente, volviéndose rojos como la sangre.

Un vampiro.

—Tu falta de respeto sigue siendo la misma —dijo Kairen con serenidad—. No importa cuánto tiempo pase.

La tensión en el aire se volvió casi insoportable. Sin pensarlo, me moví y me interpuse entre los dos.

—¡Zero!

Su mirada bajó hacia mí.

—Basta —dije con firmeza—. Este no es el momento para esto.

Tomé su mano con cuidado y sentí lo rígida que estaba.

—Debes salir de aquí.

Durante unos segundos pensé que se resistiría, pero no lo hizo. Zero bajó lentamente el arma y se alejó conmigo.




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