Sangre Eterna (libro I de la Saga Kuran)

04

Hace muchos años, Zero fue llevado a la casa de Cross después de perder a su familia. Nadie hablaba demasiado de lo que había ocurrido realmente; solo se decía que había sido una tragedia y que el niño había quedado completamente solo en el mundo. Cross decidió adoptarlo, pero en ese momento su casa no solo era un hogar. También era un lugar de vigilancia. La Asociación de Cazadores había confiado a Cross la supervisión de dos jóvenes vampiros pertenecientes al clan Kuran. Eran demasiado jóvenes para asumir el liderazgo de su linaje, pero aun así seguían siendo parte de una de las familias más antiguas y poderosas entre los vampiros. Por eso permanecían bajo la protección y vigilancia de Cross. Sus nombres eran Kairen y Lilith.

Al principio Zero no entendía por qué tenía que compartir su nuevo hogar con vampiros. Para él, esas criaturas solo representaban peligro. Pero con el tiempo las cosas cambiaron. Los tres crecieron juntos. Pasaban los días entrenando, estudiando o recorriendo los jardines de la academia. A pesar de sus diferencias, terminaron formando algo parecido a una familia. Lilith siempre estaba cerca de Zero. Lo acompañaba cuando tenía pesadillas, lo ayudaba cuando entrenaba y trataba de hacerlo reír cuando el silencio de la casa se volvía demasiado pesado.

Con los años los sentimientos comenzaron a cambiar. Lilith empezó a enamorarse de Zero, y Zero... se enamoró perdidamente de ella. Pero había algo que ninguno de los dos podía cambiar. Lilith pertenecía al clan Kuran, y dentro de ese clan existía una regla que no podía romperse: el linaje debía mantenerse puro. Kairen era el primogénito del clan, lo que significaba que algún día tendría que liderar a los vampiros de su familia... y que Lilith estaba destinada a convertirse en su esposa. No era una cuestión de amor. Era una cuestión de deber, una tradición antigua entre vampiros.

Durante mucho tiempo los tres fingieron que aquello no existía, hasta que apareció otro problema. Zero no era un humano común. Con el paso de los años descubrieron que había sido convertido en un vampiro de nivel S. Los vampiros de ese nivel eran los más inestables; su sed de sangre era difícil de controlar y podían perder la razón con facilidad, atacando incluso a las personas que amaban. Era una maldición.

Una noche Zero perdió el control. Lilith estaba cerca cuando ocurrió. Para salvarlo, le dio su sangre. La sangre de una Kuran. Aquello era algo sagrado para los vampiros de sangre pura, y cuando Kairen se enteró... todo cambió. Para él aquello era una traición. Un vampiro de nivel S no tenía derecho a beber la sangre de alguien como Lilith. El conflicto entre los tres comenzó en ese momento. Durante meses la tensión fue creciendo hasta que finalmente ocurrió algo que cambió todo para siempre.

Un vampiro antiguo apareció en la academia. Su nombre era Rildo. Era el hijo del vampiro original, el primero de todos los vampiros. Rildo llegó para reclamar lo que creía que le pertenecía: el liderazgo del clan Kuran. Y para hacerlo debía derrotar a Kairen. El enfrentamiento ocurrió dentro de los terrenos de la academia. Fue rápido, violento y nadie salió ileso.

Zero intentó ayudar, pero terminó gravemente herido. En medio del caos, Lilith tuvo que tomar una decisión. Podía quedarse con Zero... o ayudar a Kairen. La elección no fue sencilla. Lilith amaba a Zero y le había prometido amor eterno, pero también era parte del clan Kuran y Kairen era su deber. Al final eligió ayudarlo. Cuando la batalla terminó, Rildo desapareció, pero algo más se había roto. Lilith se fue junto a Kairen para cumplir con su deber dentro del clan y dejó a Zero atrás: herido, derrotado y completamente solo.

El viento nocturno movía suavemente la hierba del campo de flores azules cuando terminé de hablar. Zero permanecía mirando el suelo. No sabía si lo que había contado le había hecho bien o si solo había abierto una herida más profunda.

—Es todo lo que dice la historia... es todo lo que sé —murmuré finalmente.

Zero levantó la mirada lentamente. Sus ojos se encontraron con los míos.

—Cross te contó casi todo.

Su voz sonaba tranquila, pero algo en su mirada dolía.

—Papá me contaba historias cuando era pequeña, y esa fue una de ellas —respondí.

Zero respiró hondo.

—Es tarde, Gure. Deberíamos volver.

Bajó la cabeza, rompiendo aquel momento. Fue entonces cuando noté lo cerca que estaban nuestros hombros. En la oscuridad, el color de sus ojos se perdía entre las sombras de la noche.

—Bueno... ahora que sabes todo de mí —dijo finalmente—, dime algo. ¿Por qué estás aquí?

Solté el aire lentamente.

—Porque venir solo a ver a Cross no tendría mucho sentido.

Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.

—Era esto o una celda en las mazmorras de la Asociación.

Zero levantó una ceja.

—¿Qué fue lo que hiciste, Gure?

Tragué saliva antes de responder.

—Soy la mejor cazadora que tiene actualmente la Asociación... pero eso no significa que no cometa errores.

Miré el cielo oscuro.

—Asesiné a todo un clan de cazadores.

El silencio cayó entre nosotros.




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