—¡Ayuda...! ¡No, por favor! ¡No hagas esto! ¡Te lo suplico, suéltame!
Apreté los labios al escuchar la voz desesperada dentro de la mansión. Desde fuera parecía abandonada: ventanas rotas, pintura desprendida y una puerta apenas sostenida por las bisagras. El viento nocturno se colaba por las grietas, haciendo crujir la madera vieja.
Entonces el golpe seco de un cuerpo contra el suelo rompió el silencio.
Llegué tarde.
Empujé la puerta y entré. El vestíbulo estaba oscuro, apenas iluminado por la luz azulada de la luna. El olor a sangre fresca se mezclaba con el polvo.
Mis ojos se detuvieron en una figura sentada en las escaleras.
Negué con la cabeza.
Saqué una daga de plata y la lancé. La descarga eléctrica recorrió el suelo.
El vampiro levantó la cabeza.
—Ups... lo siento —dije sacando una pistola—. Normalmente no fallo.
Le apunté al pecho.
—Después de los dos primeros cazadores... creí que se habían rendido.
Sus manos se deformaron, sus uñas crecieron como cuchillas.
Desapareció.
El aire cambió detrás de mí. Me agaché y rodé, pero su peso cayó sobre mi espalda.
—Tu error fue venir sola, niña.
Sonreí.
—El tuyo es creer que puedes tocarme.
Dos disparos salieron desde mi costado. Las balas atravesaron su boca. Retrocedió. Me incorporé y disparé de nuevo. Cayó y comenzó a deshacerse.
Respiré hondo.
Pero algo no estaba bien.
—Uno... dos... tres... Mierda.
Subí las escaleras con cautela.
—Así que se reprodujo...
Una respiración agitada.
Me apoyé en la pared. Mi brazo estaba abierto, la sangre bajaba lentamente.
—Estúpida Asociación...
—Podemos olerte —dijo una voz.
Miré mi arma.
cinco bala.
La dejé caer.
Saqué las cuchillas.
—¡Ahí está!
Corrí.
Salté y giré en el aire, cortando el cuello de uno. Antes de caer, lancé otra cuchilla que se clavó en el ojo de otro. Aterricé y giré sobre mi eje, pateando a un tercero contra la pared.
—¿Quién sigue?
Se lanzaron los tres al mismo tiempo.
Sonreí.
—Mejor.
Uno apareció frente a mí; bloqueé sus garras con la daga, giré su brazo y lo usé como escudo cuando otro atacó. La sangre explotó frente a mí. Disparé a quemarropa al tercero. Rodé, me levanté y rematé al que aún se movía.
Respiraba agitada.
Pero no terminé.
Un golpe brutal me lanzó al vestíbulo.
El aire se me fue.
Una mano tiró de mi cabello.
—Niña estúpida...
Sus colmillos rozaron mi piel.
Y entonces se detuvo.
Sombras.
Siluetas.
—Sáquenla de aquí.
Alguien me levantó. Todo se volvió borroso. El calor creció. Fuego.
Cuando abrí bien los ojos, él estaba frente a mí.
Kairen.
Sostenía mi brazo, apretando el torniquete improvisado.
—Gure... ¿qué haces aquí?
Despierta. Sangre. Corre.
Sacudí la cabeza.
—Gracias por la ayuda.
—Con ese olor serás una presa fácil.
—No necesito ayuda.
Y me fui.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Sangre.
Cuerpos.
Gritos.
Mis manos temblando.
Cabello blanco.
—Gure...
Levanté la mirada.
Zero.
No lo escuché llegar. Tomó mi muñeca.
—¿Qué te pasó?
—Estoy bien...
—Eso no es estar bien.
Las imágenes regresaron.
El clan.
La sangre.
Ese cabello blanco entre los cuerpos.
—Lo siento...
Lo miré sorprendida.
Intenté sonreír.
No pude.
Él limpió una lágrima con torpeza.
—Deja de llorar... Cross se preocupará.
—¿Desde cuándo eres amable?
—Si quieres me voy.
—Claro.
Pero no se fue.
Caminó conmigo.
En silencio.
Y eso bastó.
Esa noche, el silencio en la habitación era pesado. Cross limpiaba la herida de mi brazo con cuidado, pero podía sentir la tensión en cada uno de sus movimientos.
—¿Esto es lo que has estado haciendo? —preguntó finalmente—. ¿Matar para intentar callar lo que hiciste?
No respondí. El alcohol ardió en la herida, pero no hice gesto alguno.
—¿Crees que así vas a borrar lo del clan León?
Apreté los labios.
—No tienes que decir nada —continuó—. Pero quiero saber si estás bien... hija.
Aparté la mirada.
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Editado: 14.06.2026