Sangre Eterna (libro I de la Saga Kuran)

06

—Gure...

La voz llegó como un eco en medio de la oscuridad. Mis ojos la buscaron hasta encontrarla. Una figura completamente cubierta de sangre estaba frente a mí. No distinguía su rostro, pero sabía que me miraba.

—Gure... corre.

Extendí la mano, pero en cuanto avancé, una punzada atravesó mi pecho. El dolor me detuvo en seco, arrancándome el aire.

—Gure... ayúdame...

Las lágrimas comenzaron a caer sin que lo notara.

—Despierta... ahora.

Abrí los ojos de golpe. Mi respiración era irregular y mis mejillas estaban húmedas. Me incorporé lentamente, llevando una mano a mi pecho cuando el dolor regresó con fuerza.

—Ah...

—El desayuno está listo, ven rápido o se te hará tarde —la voz de Zero llegó desde el pasillo.

Intenté levantarme, pero la vista se nubló y caí de rodillas.

—Gure... ¿estás bien? Escuché un golpe.

—Zer...

La puerta se abrió de inmediato. Zero se agachó frente a mí y levantó mi rostro; su expresión cambió al instante.

—¿Qué pasa?

—Duele...

Colocó su mano sobre mi pecho, justo donde el dolor ardía.

—Aquí estoy. Mírame.

Obedecí. Su mirada no se movió de la mía.

—Respira conmigo... lento.

Seguí su ritmo hasta que el dolor comenzó a ceder.

—¿Qué pasó, hija? —Cross apareció en la puerta.

Zero me ayudó a recostarme sin soltarme.

—Eso es... tranquila...

Cuando por fin pude respirar bien, me di cuenta de que estaba sujetando su mano. No la solté.

La mañana continuó en una calma incómoda. Durante el desayuno, el sonido de los cubiertos era lo único que rompía el silencio hasta que Cross dejó una caja frente a mí.

—Te llegó esto.

Reconocí el sello de inmediato. La Asociación.

Abrí la caja con cuidado. Dentro descansaba un arma plateada, elegante, perfectamente equilibrada. El metal tenía grabados finos a lo largo del cañón, detalles personalizados que no dejaban duda: había sido hecha específicamente para mí.

—Una disculpa... o una recompensa —murmuré.

—Por la misión de hace unas noches —añadió Cross con el ceño fruncido.

Zero observó el arma con desconfianza.

—Es estúpido.

—Lo es —respondió Cross.

Cerré la caja con calma.

—Aun así... la aceptaré.

Porque en mi mundo, las disculpas nunca eran sinceras.

Las clases comenzaron sin nada fuera de lo normal. Ana no tardó en acercarse a mí, aferrándose a mi brazo como siempre.

Era una chica de estatura media, ligeramente delgada, con cabello café que caía suavemente sobre sus hombros y ojos del mismo tono, siempre llenos de curiosidad.

—Oye... tengo que preguntarte algo.

—Deberías prestar atención.

—No —insistió acercándose más—. Ese chico... el de cabello blanco. No deja de mirarte.

Levanté la vista.

Zero apartó la mirada en cuanto nuestros ojos se cruzaron.

—Vivimos juntos —respondí con simpleza.

Ana se quedó en silencio, procesándolo.

—¿Qué? ¿Cómo que viven juntos?

—Es una historia larga.

—Pues cuéntamela.

—Después.

—Gure...

—Después —repetí, volviendo a mis apuntes.

Ana suspiró, pero no insistió más.

Al salir de clases, el ruido llamó la atención de todos. Un grupo de estudiantes se había reunido cerca de la fuente. Me acerqué junto con Ana, abriéndome paso entre la multitud.

Ahí estaba.

Alto, rubio, de ojos azules brillantes, con una sonrisa encantadora que parecía atraer a todos a su alrededor.

Aido.

Un vampiro de clase media.

—Pero si es la chica de la que habló Kairen —dijo al verme, avanzando entre las personas.

Se detuvo frente a mí y extendió un sobre negro.

—Kairen-sama espera verte pronto.

Tomé el sobre sin decir nada.

Cuando levanté la mirada, él ya se había marchado entre un mundo de chicas y chicos que lo seguían.

Busqué a Zero entre la multitud y lo encontré a unos metros, observando la escena con evidente incomodidad.

Me acerqué.

—Oye... ¿quieres salir?

Frunció ligeramente el ceño.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.