Han pasado dos semanas. Dos semanas de un ir y venir constante, de miradas clavadas en mí y silencios que pesan más de lo que deberían. Mi cuerpo ya está bien, como siempre; nunca me toma demasiado tiempo recuperarme, las heridas desaparecen con una facilidad que ya ni siquiera cuestiono, como si nunca hubieran existido. Pero eso no significa que me dejen en paz. Cross no me quita los ojos de encima y Zero... Zero está siempre cerca, siempre atento, siempre vigilando. A veces es sofocante, pero no digo nada. Lo que sí no puedo ignorar son los sueños. Han empeorado. Son más claros, más intensos... más reales. Siento la sangre, escucho esa voz, veo a esa chica... y cada vez está más cerca, como si me estuviera buscando, o peor, como si yo fuera la que se acerca a ella.
Estoy sentada frente al espejo de mi habitación cuando dejo escapar un suspiro lento. Hoy es el baile de otoño. Una tradición absurda donde los estudiantes de la clase nocturna invitan a los de la diurna, una noche llena de luces, música y sonrisas que no siempre son sinceras. Y yo... no tengo nada que ponerme.
—Genial... —murmuro, dejando caer la cabeza hacia atrás— simplemente perfecto.
Mi mirada recorre el armario abierto sin encontrar nada útil. Entonces el sonido seco de unos golpes en la puerta rompe el silencio.
—¿Sí?
La puerta se abre apenas, lo suficiente para que alguien deje una caja dentro antes de marcharse sin decir palabra. Frunzo el ceño, levantándome despacio.
—...¿Qué?
La caja es elegante, demasiado. La abro con cuidado, y ahí está. Un vestido blanco. Lo tomo entre mis manos, la tela es suave, ligera, cae con una delicadeza casi perfecta. Es largo, lo suficiente para rozar el suelo, con tirantes finos, un escote sutil y la espalda completamente descubierta. Es hermoso... demasiado. Dentro hay una tarjeta. La tomo. Una sola letra.
K.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios.
—Claro...
Levanto el vestido frente a mí y camino hacia el espejo, colocándolo contra mi cuerpo para imaginar cómo se vería puesto. Y entonces lo noto. Mi cabello. Me quedo completamente quieta. El reflejo no miente. El rojo es más intenso, más vivo... más profundo. Frunzo el ceño y me acerco un poco más.
—¿Qué...?
—No pensé que fueras a ir.
La voz me corta en seco. Giro de inmediato. Zero está apoyado en el marco de la puerta, observándome. Sus ojos recorren el vestido y luego regresan a mí.
—Zero...
—El baile —dice, cruzándose de brazos— no pareces del tipo que disfruta esas cosas.
Bajo el vestido lentamente.
—Se me olvidó decirte.
Su mirada cambia apenas.
—¿Decirme qué?
Lo sostengo con la mirada.
—Que voy a ir.
El silencio cae entre los dos.
—¿Con quién?
No dudo esta vez.
—Con Kairen.
La tensión es inmediata.
—No.
Parpadeo, molesta.
—¿No?
—No vas a ir con él.
Frunzo el ceño.
—No es tu decisión.
Da un paso hacia mí.
—Sí lo es cuando se trata de él.
—Zero...
—¿Por qué?
Su voz baja, más peligrosa.
—¿Por qué con él?
Suelto el vestido sobre la cama.
—Porque me invitó.
—Eso no responde nada.
—Acepté antes de que tú volvieras —respondo con firmeza— antes de todo esto.
Hace una pausa, pero no retrocede.
—Eso no cambia nada.
—Para mí sí.
El silencio se vuelve pesado, tenso... incómodo. Entonces noto cómo su mirada baja lentamente hasta mi mano.
—...¿Qué es eso?
Sigo su vista. El anillo. Lo levanto ligeramente.
—Mi invitación.
Su expresión cambia de inmediato. Da otro paso, acercándose más de lo necesario.
—Tiene su olor.
Mi pulso se altera apenas.
—Zero...
—Huele a él —dice en voz baja.
—Sí.
—Te lo dio.
—Sí.
—Y lo aceptaste.
—Sí.
El aire se vuelve denso entre nosotros.
—¿Qué significa eso?
—Nada de lo que estás pensando.
—No te creo.
—Ese es tu problema.
Sus ojos se endurecen.
—No me gusta.
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Editado: 16.06.2026