Sangre Eterna (libro I de la Saga Kuran)

15

Zero no se fue dormimos juntos como si nada hubiera pasado, como si la noche anterior no hubiera sido una distorsión de mi mente. Su presencia seguía ahí al despertar, cálida, real... tangible. Desayunamos, caminamos, las clases comenzaron. Todo encajaba. Todo... menos esa sensación. Esa maldita sensación de que algo no estaba bien.

—Gure... ¿estás escuchando?

La voz de Anna llega, pero no la miro. Mi vista está fija en el cuaderno, en los números que ya no tienen sentido. Mi mano se mueve sola. Escribo, rayo, trazo... pero no estoy pensando. No estoy aquí. Las palabras de Anna se vuelven un murmullo lejano, como si se estuviera hundiendo bajo el agua... y yo con ella. Más profundo. Más lento. Más oscuro.

Frunzo el ceño. Hay algo mal.

Mi mano.

Bajo la mirada.

El lápiz sigue moviéndose... pero no sobre el papel.

Sobre mi piel.

Las líneas están marcadas en mi mano.

No.

No son líneas.

Son cortes.

La piel se abre lentamente bajo la punta del lápiz, como si fuera lo más natural del mundo. La sangre empieza a brotar, roja, espesa, deslizándose entre mis dedos. Gotea. Caliente. Pegajosa. Mi respiración se corta.

Parpadeo.

Y entonces están ahí.

Las cadenas.

Apretándose alrededor de mis muñecas, hundiéndose en mi piel, tensándose hasta desgarrarla. Siento el tirón, el metal raspando hueso, la carne cediendo mientras la sangre corre con más fuerza. No puedo moverme. No puedo

—¡Gure!

Todo desaparece.

Mi mano está limpia. El cuaderno intacto. El lápiz en su lugar.

Anna está frente a mí, mirándome con preocupación.

—¿Estás bien? Estás sudando...

Mi respiración es rápida, irregular.

—No... no me siento bien... voy a salir un momento.

No espero respuesta. Me levanto, pido permiso sin escuchar y salgo. El aire del pasillo me golpea, pero no ayuda. Camino rápido. Necesito salir. Necesito aire. Necesito—

Parpadeo.

El pasillo cambia.

Las paredes se estrechan, las luces parpadean y las puertas aparecen a ambos lados. Muchas. Demasiadas. Todas cerradas. Y la sangre... comienza a correr por el suelo, subiendo por las paredes, goteando lentamente.

—Gure...

La voz.

Otra vez.

Cerca.

—Gure...

Más fuerte.

—Gure...

Me llevo las manos a la cabeza.

—Cállate...

Pero no se detiene.

—Gure...

Sigo caminando sin saber hacia dónde. Las puertas se deforman, respiran, la sangre sube por mis botas, pegándose a mi piel.

—Gure...

—Déjame en paz...

—Gure...

Justo detrás de mí.

Y choco contra alguien.

El impacto me detiene.

Parpadeo.

Todo desaparece.

El pasillo vuelve a la normalidad.

Sin sangre.

Sin puertas.

Solo él.

Kairen.

Frente a mí.

Mi respiración tiembla. Mis manos también. Lo agarro con fuerza, como si fuera lo único real.

—Haz que se detenga... —susurro— por favor...

Aprieto más.

Desesperada.

—Ya déjame... ya déjame...

Cierro los ojos con fuerza, aferrándome a él como si fuera lo único que puede mantenerme aquí.

Parpadeo. Una vez. Otra. El techo... no es el mío. La confusión me golpea de inmediato, espesa, pesada, como si mi mente estuviera atrapada entre dos realidades. Me llevo una mano a la cabeza, el pulso latiendo con fuerza bajo mis dedos, y al incorporarme lentamente las sábanas resbalan por mi cuerpo. Negras. Finas. Desconocidas. Mi respiración se detiene un segundo. No estoy en mi habitación. Entonces lo siento. No lo escucho, no lo veo... lo siento. Alzo la mirada. Kairen. Está ahí, sentado frente a mí, en un sofá, inmóvil, vigilando, como si nunca hubiera apartado la vista. Sus ojos rojos me sostienen, me atraviesan, me anclan... y odio que una parte de mí se calme al verlo.

—¿Qué pasó...?

Mi voz sale baja, inestable.

—Te traje —responde sin moverse—. Estabas gritando.

Un escalofrío me recorre. No recuerdo nada. Se levanta, se acerca, se sienta frente a mí en la orilla de la cama y me ofrece un vaso de agua. Lo tomo, pero mis dedos están tensos.




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