Sangre Eterna (libro I de la Saga Kuran)

18

Despierto lentamente, con la mente aún nublada, como si el sueño se aferrara a mí. Hay algo cálido rodeando mi mano... bajo la mirada y entonces lo noto. Mis dedos siguen entrelazados con los de alguien más. Respiro despacio antes de voltear. Kairen. Sus ojos están cerrados, su rostro en calma, casi demasiado tranquilo para alguien como él. Afuera ya es de noche, la oscuridad envuelve todo y por un momento solo lo observo... más de lo que debería. Hay algo en él... siempre lo ha habido. Algo que me inquieta, que no entiendo, que no debería importarme... pero lo hace.

—No deberías mirarme tanto tiempo...

Su voz me atraviesa y mi cuerpo se tensa. No me había dado cuenta de que estaba despierto. Y cuando abre los ojos... me quedo completamente inmóvil. Nuestras miradas se encuentran y por un instante todo desaparece. Hay algo en sus ojos... algo que me atrapa, que me arrastra, algo que siento... como si ya lo hubiera visto antes. Pero no sé dónde. No sé cuándo.

El auto se detiene y el momento se rompe. Bajo rápidamente, como si necesitara aire. Miro a mi alrededor, intentando enfocarme, pero algo en mi pecho duele... late con fuerza, se agita. Este nerviosismo... no es normal. Ni siquiera cuando he estado frente a un vampiro me he sentido así.

—No sé si estoy lista... —murmuro cuando Kairen se coloca a mi lado—. Para lo que sea que tenga que enfrentar aquí.

Él suelta una leve risa, casi burlona.

—Es más fácil que matar vampiros... todo saldrá bien.

No le creo.

Frente a nosotros se alza la mansión Kura. Es enorme... antigua... imponente. Tiene algo oscuro, elegante, como si el tiempo no hubiera pasado realmente por ella. Al entrar, dos personas están de pie junto a las escaleras. Inclinan la cabeza en cuanto Kairen aparece, permaneciendo así, inmóviles. Recorro el lugar con la mirada y me detengo en los cuadros. Rostros... historia... y entre ellos, él. Más joven. Acompañado de quienes deben ser sus padres.

Pero algo más llama mi atención. Un hombre mayor, de barba blanca y ojos amarillos, afilados... como los de un gato. Me está mirando. No... me está observando como si yo fuera algo imposible. Como si estuviera viendo un fantasma. Aparto la mirada de inmediato.

Kairen habla, pero apenas escucho. Dice su nombre... Matt. El mayordomo desde la época de su abuelo. Y la chica a su lado... Hilda.

—Llévenla a una habitación. Cuando esté lista, tráiganla a mi despacho.

Asiento sin decir nada y sigo a Hilda. Pero antes de subir las escaleras, no puedo evitar voltear. Lo busco. A Kairen. Y por un segundo... siento algo extraño en el pecho. Como si no quisiera separarme de él.

Aun así, continúo.

El pasillo es largo... silencioso... cada paso resuena más de lo normal. Entonces me detengo en seco. Frente a una puerta blanca. Mi respiración se corta, mi pecho se agita sin control. No... esto no puede ser. Este lugar... estos pasillos... los conozco. Son los mismos de mis pesadillas.

—Es por aquí —dice Hilda.

Aprieto los puños y la sigo.

La puerta se cierra detrás de mí y el silencio me envuelve por completo. Estoy sola. Completamente sola. Llevo una mano a mi pecho, intentando calmar lo que siento, pero es inútil. Todo es demasiado. Este lugar... lo que estoy sintiendo... los recuerdos que no entiendo.

Y entonces su voz regresa a mí.

"Lo que te espera, mi niña... es más dolor del que crees soportar. Así que no dudes de lo que tendrás que hacer."

Trago saliva.

Camino hasta el espejo. Me observo. Mi rostro... mis ojos... pero no me reconozco. Niego lentamente. Mis manos tiemblan y por un instante juro verlas cubiertas de sangre.

—¿Quién soy...? —susurro.

Mi voz suena lejana... rota.

—¿Qué se supone que debo encontrar...?

Cierro los ojos con fuerza y entonces... sin poder evitarlo... un nombre escapa de mis labios, casi como un ruego.

—Arima...

El silencio pesa.

—¿Qué debo hacer...?

Mis piernas ceden y termino en el suelo. Me abrazo a mí misma, intentando sostenerme, intentando no romperme.

—Arima... ¿qué debo hacer...?

Después de un tiempo dejo de llorar. El silencio del cuarto pesa, pero mi respiración poco a poco se estabiliza. Suspiro aún recostada en el suelo, mirando el techo sin realmente verlo, hasta que aprieto los labios y me obligo a incorporarme. No puedo quedarme así. No ahora. Paso el dorso de mi mano por mi rostro, seco las lágrimas y cierro los ojos un segundo. Sea lo que sea... sigo siendo yo. Eso es lo que él habría dicho. Y esa idea enciende algo dentro de mí. No es calma, no es paz... es fuego. Curiosidad. Necesidad de respuestas. Esta es la casa de los Kuran... y no pienso quedarme encerrada como una invitada frágil.

Salgo en silencio y avanzo por los pasillos. La inquietud sigue ahí, bajo mi piel, pero ya no me detiene. Camino hasta encontrar dos escaleras. Una baja... la otra sube. Y entonces lo escucho. Pequeñas explosiones, secas, constantes. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente y subo. Al llegar arriba me detengo solo un segundo, lo suficiente para ver la escena completa. Aido y Akatsuki los hermanos . Y del otro lado, Suki una chica de cabello corto y naranja otra mienbro mas de la corte de Kairen y Shiski observando. La sala es blanca, amplia, diseñada para resistir... para destruir. Tecnología, dinero, poder. Todo en un mismo lugar.




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