Sangre Eterna (libro I de la Saga Kuran)

19

El aire en la sala es denso, pesado, como si todos ya supieran cómo va a terminar esto menos nosotros. Estoy de pie detrás de Cross, observando al consejo, analizando cada gesto; no están aquí para escuchar... están aquí para dictar sentencia.

—La situación es insostenible —dice uno con voz firme—. No podemos seguir ignorándolo.
Aprieto la mandíbula, pero guardo silencio; Cross tampoco se mueve.

—Hablen claro —dice finalmente—. No nos hicieron venir para rodeos.

El hombre al centro entrelaza las manos.

—Gure ha cruzado una línea que ningún cazador puede cruzar. La masacre del clan León no puede quedar impune.

Doy un paso al frente.

—Eso no está comprobado. No tienen pruebas de que haya sido ella.

—Tenemos sobrevivientes —responde otro—. Testimonios. Un rastro de sangre que lleva directamente a ella.

—Testimonios no son hechos.

—Lo son cuando todos apuntan a lo mismo.

El ambiente se tensa.

—¿Y Arima Tenguen? —lanza otro, mirando a Cross—. ¿También van a negarlo?

Esa pregunta pesa distinto. Cross guarda silencio un segundo.

—No— levanto la mirada —No lo niego.

—Entonces lo acepta —insiste uno—. Acepta que su protegida asesinó a un cazador de élite.

—Acepto que Arima está muerto —corrige Cross—, pero no su versión de los hechos.

Un murmullo recorre la sala.

—Gure no es una asesina sin control. Si Arima murió... hay algo más que no están viendo.

—Siempre hay excusas cuando se trata de sus favoritos, Cross —responde uno con frialdad—. Pero aquí no hablamos de opiniones, hablamos de hechos: un clan entero exterminado y un cazador muerto.

Mis manos se cierran en puños.

—Están sacando conclusiones sin saber lo que pasó realmente. Si ella lo hizo... tuvo una razón.
El silencio cae pesado.

—¿Está justificando una masacre?

—Estoy diciendo que Gure no mata sin motivo. Y si no investigaron más allá de lo evidente... esto no es justicia. Es conveniencia.

El murmullo crece.

—Cuidado con su tono —dice uno de los más viejos—. Está olvidando dónde está.

—No. Ustedes están olvidando a quién están juzgando.

El silencio se corta. Cross avanza un paso.

—Yo la entrené. Sé de lo que es capaz... y de lo que no. Si el clan León cayó y Arima murió, algo la llevó hasta ese punto. Si no pueden verlo, están decidiendo desde el miedo, no desde la razón.

El hombre al centro se reclina.

—Lo que vemos es una amenaza que ya ha demostrado ser letal, y el consejo no puede permitirse errores.

Mi respiración se vuelve pesada. Ya sé lo que sigue.

—El consejo ha tomado una decisión. Gure será clasificada como objetivo de exterminio... y se autoriza su ejecución inmediata.

Las palabras caen como un golpe seco. Todo queda en silencio. Mis manos tiemblan de rabia, pero no me muevo. Entonces Cross da un paso al frente.

—Entonces tendrán que pasar por mí primero.

La sala se congela. No hay duda, no hay negociación, no hay miedo. Solo una verdad. Levanto la mirada y por primera vez desde que empezó esto... algo cambia. Porque ya no es una reunión. Es una línea. Y ellos acaban de cruzarla.

Estoy sentado en mi despacho, con la cabeza recargada hacia atrás, mirando el techo sin realmente verlo. La camisa abierta, el cabello desordenado... ni siquiera recuerdo en qué momento dejé de intentar mantener la compostura. Exhalo lentamente, pero la presión en el pecho no desaparece. Las palabras de Marcel siguen ahí, clavadas, repitiéndose una y otra vez como una maldita sentencia... niña Kuran. Cierro los ojos un segundo, pero lo único que encuentro es esa imagen... la mirada de Gure... ese destello de miedo que cruzó por sus ojos al escucharlo. Maldición. Aprieto la mandíbula y dejo escapar un suspiro pesado.

—Entra.

Ni siquiera necesito verlo para saber que es Matt. Su presencia es demasiado familiar como para confundirla. La puerta se abre y se cierra con suavidad, pero no me muevo.

—¿Sabes algo? —pregunto sin rodeos—. De ese... primogénito perdido.

El silencio se estira un segundo antes de que responda.

—La información existe.

Abro los ojos lentamente.

—Todo lo que buscan... está aquí. En la mansión.

Mi mirada se afila, pero no me muevo.

—Pero...

Ese "pero" pesa más de lo que debería.

—Su madre ordenó eliminar todo rastro de ella. Fotografías, retratos... incluso los registros familiares.

Suelto una risa baja, sin humor.

—Claro...

Mi madre.

—No podía soportarlo —continúa Matt—. Perderla... y seguir viéndola en cada rincón.




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