No podía dejar de sentirlo. La mirada de Kairen sobre mí era constante, pesada, como si intentara atravesarme, como si buscara respuestas que ni yo misma tenía. Pero no era el único. Detrás de él, casi fundidos con la sombra, Akatsuki y Aido observaban en silencio. Inmóviles. Atentos. Esperando. Siempre esperando. Y esta vez... sus miradas no eran iguales a otras veces.
Aido... había algo distinto en él. Su expresión, normalmente ligera, ahora estaba tensa, demasiado seria. Sus ojos no se apartaban de mí, como si intentara entender algo, como si dudara. Y Akatsuki... él era más difícil de leer, pero incluso en su quietud había rigidez, una alerta que me hizo sentir... expuesta.
Como si todos vieran algo en mí que yo aún no podía ver.
Kairen se giró levemente hacia ellos, como si fuera a dar una orden, como si ese momento fuera a romperse... pero entonces la voz de Marcel lo detuvo todo.
Grave. Extraña. Antigua.
Giré hacia él casi por instinto, y entonces lo sentí. Sus palabras no eran comprensibles, no pertenecían a ningún idioma que conociera, pero aun así... las entendía de otra forma. No con la mente, sino con el cuerpo. Como un susurro que se deslizaba por mi piel, envolviéndome, marcándome.
Un hechizo.
Mi respiración se volvió más lenta sin que pudiera evitarlo.
—Nadie te verá entrar a la academia —dijo finalmente, y el eco de ese lenguaje imposible aún vibraba en el aire—. Pero una vez dentro... se romperá.
Mis ojos se clavaron en los suyos. Había algo en su mirada que me inquietaba, algo demasiado seguro, demasiado... decidido.
—No será fácil el camino que estás por tomar —continuó—, pero a partir de ahora... no dejaré de ayudarte.
Fruncí el ceño, sintiendo una ligera presión en el pecho.
—¿Por qué?
La pregunta salió más fría de lo que pretendía, pero no me importó. Ya no podía simplemente aceptar las cosas sin respuestas.
Marcel sonrió.
Y no fue una sonrisa tranquila.
Fue una elección.
—Porque así lo he escogido... niña Kuran.
El nombre cayó sobre mí como algo ajeno.
Mi cuerpo se tensó de inmediato. Un rechazo instintivo me recorrió por dentro. Ese nombre no era mío. No sonaba mío. No se sentía mío... y aun así, había algo en él que me erizaba la piel.
Antes de que pudiera decir algo más, Marcel simplemente se giró, como si nada necesitara explicación.
—Todo está listo.
Tragué saliva.
Y avancé.
Cada paso se sentía firme, decidido... aunque por dentro todo seguía siendo un caos. Aun así, no me detuve. No podía detenerme.
Mis ojos buscaron a Kairen casi de inmediato.
—¿Estás segura? —preguntó.
Lo miré fijamente. Sosteniendo su mirada, ignorando el peso de todo lo demás.
—Nadie salió vivo de ese clan... ¿no es así?
Por un segundo, el silencio se hizo más profundo.
Entonces, una leve sonrisa apareció en sus labios. Y algo en mi pecho se quebró... porque esa sonrisa... esa maldita sonrisa... seguía significando demasiado para mí.
—Sea lo que sea que decidas... —su voz bajó, más suave, más cercana— estoy aquí para ti.
Antes de que pudiera reaccionar, tomó mi mano.
Y dejó un beso breve sobre ella.
El mundo se detuvo.
Mi respiración se cortó, y un calor incómodo, peligroso, recorrió todo mi cuerpo. Cerré ligeramente los dedos, como si ese simple contacto pudiera arrastrarme de nuevo a él... como si pudiera hacerme olvidar todo.
Pero no.
No podía.
No debía.
Kairen se giró entonces y comenzó a caminar hacia la salida. Lo seguí sin decir nada, sintiendo su presencia frente a mí, demasiado cerca y al mismo tiempo... más distante que nunca.
Detrás de nosotros, la voz de Marcel volvió a escucharse.
—Los alcanzaré en la academia.
No me giré.
Pero algo dentro de mí se tensó.
Porque, por alguna razón...
esas palabras no me dieron tranquilidad.
El sonido de la puerta al abrirse me hizo levantar la mirada. Cross no solía venir a mi habitación sin razón.
—Kairen llamó —dijo sin rodeos—. Viene de regreso... con Gure.
Mi cuerpo se tensó de inmediato. Su nombre fue suficiente para desordenarlo todo dentro de mí. No después de lo que había pasado. No después de lo que hice.
—Quiere que te adelantes a la mansión dentro de la academia —continuó—. Que los esperes ahí.
Asentí apenas, sin confiar en mi voz. Cross añadió algo más sobre avisar a mi madre y salió, pero ya no lo escuchaba. El silencio que dejó fue peor. Mucho peor.
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Editado: 16.06.2026