El aroma del té y el café llenaba el despacho con una calma que se sentía extraña, casi fuera de lugar. Sostuve la taza entre mis manos mientras Marcel hablaba, como si el tiempo no hubiera pasado, como si las viejas historias no pesaran sobre nosotros. Cross lo observaba con una media sonrisa que no terminaba de llegar a sus ojos, y su esposa permanecía a su lado, atenta, protectora... siempre así cuando se trataba de Gure.
—Nunca pensé que volvería a verte en estas circunstancias —dijo Cross.
—Las viejas historias siempre encuentran la forma de alcanzarnos —respondió Marcel con tranquilidad.
Di un sorbo, sin apartar la mirada.
—Algunas nunca deberían regresar.
Marcel sonrió apenas.
—Y aun así... aquí estamos.
El silencio que siguió no fue incómodo, fue pesado, cargado de todo lo que no se decía. Mi mirada se desvió un segundo hacia la puerta. Gure. Todo estaba listo. Todo debía salir como estaba previsto.
El estruendo lo rompió todo.
La puerta principal se abrió de golpe.
—¡KAIREN—!
Me puse de pie antes de procesarlo, el movimiento fue automático. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, cruzando el despacho en cuestión de segundos. Detrás de mí, las sillas se movieron, pasos apresurados siguieron, pero ya no escuchaba nada con claridad.
Solo el eco de ese grito.
Solo una sensación...
que algo estaba mal.
Muy mal.
Llegué a la entrada.
Y lo vi.
Akatsuki.
Y en sus brazos...
Zero.
Inconsciente.
Mi mirada recorrió la escena en un instante, analizando, buscando, entendiendo... y entonces lo noté.
Faltaba alguien.
El aire se volvió pesado.
—¿Dónde está? —mi voz salió baja, peligrosa.
Akatsuki levantó la mirada. Y por primera vez... Lo vi dudar.
—Se la llevaron— el mundo se detuvo —Alguien se llevó a Gure.
El silencio cayó como un golpe algo dentro de mí se rompió no fue ruido, no fue caos fue peor fue... vacío mi respiración se volvió lenta, controlada demasiado controlada pero por dentro la furia comenzó a crecer.
Oscura.
Violenta.
Imparable.
Di un paso al frente y entonces sentí la presencia detrás de mí.
Cross.
No hizo falta girarme de inmediato podía sentirlo su tensión, su miedo, su determinación finalmente lo miré nuestros ojos se encontraron y en ese instante... No éramos aliados éramos dos fuerzas a punto de chocar.
—Ellos no tocarán a mi hija.
Su voz fue firme.
Inquebrantable.
La mía...
más peligrosa.
—Si lo hicieron... —mi tono bajó, cargado de algo que ya no intentaba ocultar— ya comenzaron algo que no van a poder terminar.
El motor se apagó y el silencio cayó pesado. Mi auto negro quedó al frente, impecable, como todo lo que representaba. Detrás de mí, uno a uno, los demás vehículos se alinearon. Puertas abriéndose, pasos firmes, presencias que no necesitaban presentación. Bajé del auto. El traje negro perfectamente ajustado, la corbata roja marcando un contraste casi provocador. Cada paso que di hacia la entrada del edificio de la Asociación hizo que el aire cambiara, tensión... miedo contenido.
Las puertas se abrieron y ahí estaban, cazadores, varios, esperando. Uno de ellos dio un paso al frente con una sonrisa burlona que no le llegaba a los ojos.
—Mira nada más... ¿qué hace aquí el niño Kuran?
No respondí de inmediato, solo lo miré. Mis ojos cambiaron, el rojo apareció sin aviso y en un segundo... el hombre a su lado dejó de existir. No hubo grito, no hubo resistencia, solo silencio. El cuerpo se desintegró frente a todos. El aire se volvió pesado, el miedo se instaló.
—Carter... —dije con calma, clavando la mirada en el otro—. Hijo del director.
Lo reconocí al instante. Él rió, como si nada, como si no acabara de ver morir a uno de los suyos.
—Esa chica... es mía— mi expresión no cambió, pero algo dentro de mí... sí —Vine por algo que me pertenece —respondí, mi voz baja y firme—. No te metas.
Alrededor, los cazadores dudaron, retrocedieron apenas, pero no se movieron del todo. El miedo estaba ahí... pero también la orden. Carter sonrió de lado y entonces su expresión cambió, se volvió seria.
—Entonces tendrás que pasar sobre mí.
Un paso detrás de mí. Akatsuki. Aido. Helena. Shiki. Suki. Cross. Todos presentes, todos listos. Carter los miró y soltó una risa seca.
—¿De verdad creen que podrán pasar así?
No le respondí. Me moví en un instante. Mi mano se cerró alrededor de su cuello antes de que pudiera reaccionar, lo levanté del suelo, sus ojos se abrieron con sorpresa... demasiado tarde. Lo lancé. Su cuerpo atravesó el vestíbulo y se estrelló contra el fondo con un estruendo seco. El silencio duró menos de un segundo.
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Editado: 16.06.2026