El silencio después de la fiesta fue peor que el ruido. Estábamos en la oficina de Cross, todos reunidos, pero el ambiente seguía pesado, como si la presencia de Rildo aún no se hubiera ido del todo. Después de contar lo ocurrido, las voces eran bajas, tensas... pero yo no podía dejar de pensar en él, en ese hombre, en cómo la figura que alguna vez conocí simplemente había desaparecido.
Levanté la mirada.
—No dejaré que los toque.
Mi voz salió firme. Todos me miraron. Mis ojos se desviaron hacia Lilith, que se veía tensa al lado de Kairen, más pálida de lo normal. Apreté los puños.
—No los tocará.
El silencio volvió a caer hasta que Cross habló con calma.
—Todo esto se arreglará... tranquilos.
Nadie respondió.
—Por ahora, vayan a descansar.
Uno a uno comenzaron a salir. Nadie discutió. Yo no me moví. Me quedé mirándolo hasta que la puerta se cerró y quedamos solos. Cross se acercó despacio, tomó mis manos... y fue suficiente. Mi cuerpo comenzó a temblar.
—Lo hiciste bien, hija... tranquila.
Negué, bajando la mirada.
—No quiero lastimarlos...
Mi voz se rompió. Él no dijo nada, solo me abrazó, y entonces dejé de contenerme.
—Todo estará bien... todos están bien.
Cerré los ojos, aferrándome un poco más.
—No es malo que sientas esto... tienes buenos recuerdos de él, ¿no es así?
Asentí despacio.
—En su momento harás lo que creas correcto, hija.
Me separé un poco y le sonreí, pequeña pero real.
—Descansa, papá.
Salí de la oficina y al abrir la puerta los vi. Aido y Akatsuki estaban ahí, esperándome. Sonreí.
—Tardaste mucho —dijo Aido, tomando mi mano sin dudar—. Vamos, quiero comer algo.
Solté una pequeña risa.
—Claro...
Akatsuki no dijo nada, solo nos observó un momento antes de seguirnos.
Y por primera vez en toda la noche... sentí que no estaba sola.
El aire de la mañana era frío, pero sabía que no duraría así. El campo de entrenamiento ya estaba marcado por impactos, la tierra abierta, el ambiente cargado de energía residual. Frente a mí, Aido dejó escapar una chispa que creció en llamas vivas, danzando en sus manos, iluminando su mirada con ese fuego que siempre lo definía. A su lado, Akatsuki no necesitó moverse demasiado; el frío descendió de golpe y el hielo comenzó a formarse bajo sus pies, extendiéndose lentamente por el suelo.
Fuego y hielo.
Sonreí apenas.
—No se contengan.
Aido ladeó la cabeza con una media sonrisa.
—No te vas a arrepentir, Gure-sama.
Akatsuki no dijo nada, pero su postura cambió. Eso fue suficiente.
En el siguiente segundo, el mundo desapareció.
Me moví primero. El suelo se quebró bajo mis pies al impulsarme y el aire cortó a mi alrededor. Aido reaccionó lanzando una llamarada directa hacia mí, pero no me detuvo; atravesé el fuego sin reducir la velocidad y aparecí frente a él. Mi puño impactó con fuerza, lanzándolo varios metros atrás mientras las llamas estallaban a su alrededor.
No le di tiempo.
Akatsuki ya estaba sobre mí. Una lanza de hielo se formó en su mano y la lanzó sin dudar. La desvié con el brazo, rompiéndola en fragmentos que explotaron a mi alrededor, y en el mismo movimiento giré sobre mí misma. Mi pierna impactó su costado con una fuerza brutal, quebrando el hielo bajo él y obligándolo a retroceder.
—Más... —murmuré, sintiendo la sangre moverse en mí, caliente, viva.
El calor subió. El frío descendió. Y entonces atacaron juntos.
Aido levantó la mano y el campo se encendió; llamas elevándose a mi alrededor, cerrándose como una trampa. Al mismo tiempo, Akatsuki golpeó el suelo y el hielo avanzó rápido, cubriendo cada espacio, intentando inmovilizarme. Fuego y hielo chocaron, rodeándome por completo.
Sonreí.
Mi energía respondió.
Explotó.
Una onda de poder salió de mí, rompiendo el hielo en mil fragmentos y separando las llamas con violencia, obligándolos a retroceder. Pero no se detuvieron. Aido apareció por el frente, envuelto en fuego, su golpe cargado de calor puro. Akatsuki llegó por detrás, frío, preciso, letal.
Dos ataques. Un instante.
Desaparecí.
Aparecí entre ambos. Mi mano se cerró alrededor del puño de Aido, el fuego ardiendo contra mi piel sin dañarme. La otra bloqueó el ataque de Akatsuki. Por un segundo los detuve... y luego empujé.
La fuerza los lanzó en direcciones opuestas, estrellándolos contra el suelo. La tierra se levantó, mezclada con fragmentos de hielo y chispas de fuego.
Respiré hondo... y solté más.
Mi energía se expandió, densa, dominante, recorriendo el campo como una presión invisible. Me moví otra vez, más rápida, más precisa. Aido apenas alcanzó a reaccionar antes de que lo sujetara por el brazo y lo girara, lanzándolo contra el suelo con una fuerza que hizo estallar sus propias llamas.
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Editado: 16.06.2026