Sangre Eterna (libro I de la Saga Kuran)

26

El sonido de la sala desaparecía cuando cerraba los ojos. O tal vez era yo quien desaparecía dentro de él. La venda cubría mi vista por completo, pero no necesitaba ver. Respiré hondo, sintiendo el aire frío entrar en mis pulmones mientras la barra de metal descansaba en mi mano. Cada centímetro de mi piel vibraba... como si pudiera sentirlo todo. El movimiento del aire. La presión. La intención.

Entonces pasó.

Mi cuerpo se movió antes que mi mente.

Giré de golpe esquivando el ataque y el viento cortó junto a mi rostro. La barra chocó contra algo sólido y el impacto lanzó a alguien hacia atrás. No me detuve. Otro movimiento a mi izquierda. Bajé el cuerpo, golpeando directo al abdomen. Escuché el aire abandonar unos pulmones. Otro más. Mi brazo se movió por puro instinto y el metal impactó contra un rostro.

Paso. Respiración. Golpe.

Todo se volvía más claro dentro de la oscuridad.

Entonces lo sentí.

Una presencia distinta. Más pesada. Más grande.

En mi mente apareció una silueta alta, de hombros amplios, sosteniendo una espada. Venía hacia mí sin detenerse. La presión de su poder recorrió la sala y mi cuerpo respondió solo. Elevé la barra y el choque explotó. El sonido metálico atravesó toda la habitación mientras una onda de energía se expandía bajo nuestros pies. La fuerza hizo vibrar mis brazos... pero no retrocedí.

Y entonces escuché una voz.

—Gure.

Me detuve de golpe.

Mi respiración seguía acelerada mientras lentamente llevaba una mano hasta el vendaje y lo quitaba. La luz me golpeó por un instante antes de enfocar la entrada de la sala.

Akatsuki estaba ahí.

Mirándome.

Por un momento no dije nada. Solo lo observé. Alto... mucho más de lo que recordaba. Su cuerpo era firme, marcado, y había algo distinto en él ahora. Más serio. Más pesado.

Había crecido.

Aquel niño ya no existía.

Mis ojos recorrieron su figura apenas un segundo más antes de suspirar.

—Entonces... ¿cuándo será el momento en que hablemos?

Akatsuki no se movió.

—Ya estamos hablando.

Mi ceño se frunció apenas.

Él avanzó un paso.

—Debes apresurarte. Tengo cosas que hacer.

Solté la barra de metal. El sonido seco resonó por toda la sala mientras caía al suelo. Suspire sin apartar mi mirada de él.

—El consejo quiere que me case ya con Kairen. Eso no pasará.

El ambiente cambió apenas pronuncié su nombre.

Y en un instante Akatsuki ya estaba frente a mí. Tan rápido que apenas sentí el movimiento. Mi mano terminó apoyada contra su pecho casi por reflejo. Firme. Cálido. Levanté lentamente la mirada hacia sus ojos cafés... cambiando poco a poco a ese amarillo intenso que aparecía cuando sus emociones escapaban de control.

—Deberías confiar en mí.

Él solo me observó en silencio.

Eso siempre era lo peor de Akatsuki. La manera en que podía mirarme como si entendiera cosas que ni yo misma comprendía.

Desvié la mirada un segundo.

—Es difícil saber qué hacer...

Mi voz salió más baja. Más honesta.

Pero él volvió a acercarse. Hasta que su frente quedó apoyada contra la mía. Mi respiración se detuvo apenas.

—Yo siempre te seguiré... no importa lo que pase.

El silencio después de eso fue extraño. Cálido. Peligroso.

Y terminé sonriendo sin darme cuenta.

Me aparté despacio de él y caminé hacia un lado de la sala, cruzándome de brazos.

—Bueno, entonces vamos. Tengo cosas que hacer, ¿no crees?

Mi tono volvió juguetón. Ligero.

Akatsuki me observó unos segundos más... y entonces una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Breve. Pero real.

Después comenzó a caminar detrás de mí.

—¿Me dirás algo o te quedarás ahí parada?

Mi mirada seguía cruzada con la de Lilith, que permanecía frente a mí sin moverse. El viento agitaba apenas su cabello mientras sus manos se apretaban entre sí. Tragué saliva lentamente al notar lo nerviosa que estaba.

—¿Podemos hablar... en privado?

Giré apenas el rostro hacia Akatsuki. Él seguía detrás de mí, tranquilo, observándolo todo en silencio. Solo crucé una pierna sobre la otra mientras me acomodaba en la silla del jardín.

—No importa. Puede escuchar.

Lilith frunció apenas el ceño, claramente molesta, pero terminó sentándose frente a mí en la pequeña mesa del jardín de la mansión Kuran dentro de la academia. El ambiente estaba extrañamente tranquilo. Demasiado tranquilo.

Bajé la mirada hacia sus manos.

Temblaban un poco.




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