La fiesta era perfecta. Demasiado perfecta. Las luces doradas iluminaban el enorme salón mientras las copas de cristal chocaban unas contra otras y la música clásica llenaba el ambiente. Nobles sonriendo. Vampiros fingiendo cordialidad. Personas inclinándose frente a nosotros como si realmente nos admiraran.
Estaba harta.
Harta de las sonrisas falsas. De los elogios vacíos. De sentirme observada cada segundo.
Suspiré apenas apartándome de Kairen mientras otro miembro del consejo comenzaba a hablarle sobre negocios y alianzas. Ni siquiera esperé permiso. Simplemente me alejé.
Necesitaba aire.
Caminé hacia una de las enormes puertas de cristal que daban al jardín exterior. Las luces del interior quedaron atrás poco a poco mientras el sonido de la fiesta comenzaba a apagarse.
Pero no estaba sola.
Aido seguía detrás de mí. Lo sabía incluso sin verlo.
—¿También eres mi guardaespaldas ahora? —murmuré apenas divertida.
—Kairen me mataría si te dejo sola.
Rodé los ojos sonriendo apenas mientras seguía caminando entre las rosas oscuras y las fuentes iluminadas del jardín.
Entonces pasó.
Un golpe seco.
Mi cuerpo reaccionó de inmediato girándome.
Aido estaba en el suelo.
Mis ojos se abrieron apenas al verlo completamente inmóvil. Mi energía subió de golpe mientras levantaba la mirada encontrándome con él.
Rildo.
De pie frente a mí.
Mirándome.
—Tranquila —dijo con calma—. Solo lo dormí un momento. Estará bien. Tenemos que hablar... hija mía.
Esas palabras tensaron cada músculo de mi cuerpo. Mi mirada permaneció fija en él mientras intentaba controlar mi respiración.
—¿Por qué...?
Pero entonces cambió.
Su expresión. Su postura.
Y antes de que pudiera reaccionar, Rildo ya estaba frente a mí abrazándome.
Mi cuerpo se quedó inmóvil. Completamente quieto.
Sentí sus brazos rodearme y por un instante mi pecho dolió tanto que apenas pude respirar. Cerré los ojos al escuchar el sonido de sus latidos.
Y los recuerdos regresaron.
Su voz llamándome pequeña. Sus manos cargándome. Las sonrisas. Las tardes junto a él.
Mi padre.
Mi verdadero padre.
—No sabes cuánto tiempo te esperé... hija mía.
Mi garganta ardió.
Lentamente levanté las manos apartándolo despacio de mí. Mis dedos temblaban apenas mientras lo observaba.
—¿Por qué...?
Mi voz se rompió.
Rildo sonrió apenas... pero no había calidez en ello.
—Hice lo que hice porque no soporté la traición.
Su tono cambió. Oscuro. Molesto.
—Ellos...
Negué de inmediato.
—Ellos no hicieron nada. Eran solo niños.
Sus ojos se endurecieron al instante.
—¡Al igual que tú! —escupió furioso.
El jardín entero pareció temblar con su voz.
—Perdí lo que más amaba. Lo perdí todo... mi padre... mi esposa...
Entonces me señaló directamente.
—Y a ti.
El aire comenzó a sentirse extraño. Pesado.
Pero Rildo dio un paso más hacia mí.
—Eso no volverá a pasar.
Y entonces lo sentí.
Un dolor agudo atravesó mi pecho.
Mi respiración se cortó de golpe.
Bajé lentamente la mirada.
Una pequeña daga sobresalía de mi cuerpo.
Mis ojos se abrieron apenas mientras daba unos pasos hacia atrás tambaleándome. Levanté la mirada encontrándome otra vez con los ojos de Rildo.
No había odio en ellos.
Eso era lo peor.
Solo tristeza.
—Solo dormirás un rato, hija.
El mundo comenzó a girar.
Mis piernas dejaron de responder.
Y la oscuridad cayó sobre mí de golpe.
De golpe todos los cristales del salón explotaron.
El sonido atravesó cada rincón de la mansión mientras el viento entraba con violencia levantando manteles, copas y cortinas. Los invitados comenzaron a gritar confundidos, pero yo ya no escuchaba nada.
Porque ella no estaba a mi lado.
Mi mirada recorrió el salón apenas un segundo antes de sentir una presencia pasar junto a mí.
Akatsuki.
#169 en Ciencia ficción
#1405 en Fantasía
#714 en Personajes sobrenaturales
vampiro, vampire academy, cazadora de criaturas sobrenaturales
Editado: 16.06.2026