Sangre Eterna (libro I de la Saga Kuran)

28

El motor rugía mientras avanzábamos por la carretera oscura alejándonos de la academia. Las luces rojizas de las explosiones seguían iluminando el cielo detrás de nosotros como una advertencia imposible de ignorar. Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos comenzaban a dolerme.

A mi lado, Lilith no dejaba de mirar por la ventana. Intentaba mantenerse firme, pero podía verlo. Temblaba. Su respiración era irregular y sus ojos estaban enrojecidos por las lágrimas que se negaba a derramar.

—Tiene que estar bien... —susurró una vez más—. Tiene que estar bien.

Apreté la mandíbula. Yo también quería creerlo. Pero cada minuto que pasaba sin encontrarla hacía crecer una sensación horrible dentro de mi pecho.

—Zero...

—Lo sé.

—¿Y si le hace daño?

No respondí. Porque no tenía respuesta. Porque si comenzaba a imaginar lo que Rildo podía hacerle perdería completamente el control.

—¿Por qué la tomó? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Por qué ahora?

Golpeé el volante con una mano.

—Porque está loco.

El silencio volvió a llenar el vehículo. Pesado. Sofocante. Tanto que terminé frenando de golpe a un costado de la carretera. Las llantas chirriaron contra el pavimento y Lilith se sobresaltó.

—¿Qué haces?

Me giré hacia ella y tomé su rostro entre mis manos obligándola a mirarme.

—Escúchame.

Sus ojos brillaban por el miedo.

—Entrar en pánico no ayudará a Gure.

Su respiración tembló.

—Pero...

—No.

La interrumpí antes de que continuara.

—Tenemos que pensar. Tenemos que encontrar una pista.

Mis dedos permanecieron sobre sus mejillas.

—Gure sigue viva.

Tiene que seguir viva.

Porque la alternativa era algo que ni siquiera podía permitirme imaginar.

—Vamos a encontrarla.

Lilith cerró los ojos unos segundos y finalmente asintió. La solté lentamente. Entonces algo encajó en mi cabeza. Una posibilidad. Una persona.

—Mierda.

Lilith me observó confundida.

—¿Qué pasa?

Volví a arrancar el automóvil.

—Hay alguien que podría saber dónde está.

—¿Quién?

Mis ojos permanecieron fijos en la carretera.

—La maldita perra de Shizuka.

El silencio fue inmediato. Hundí más el acelerador.

La mansión apareció frente a nosotros casi media hora después. Incluso de noche seguía siendo imponente. Las enormes rejas negras se abrieron lentamente permitiéndonos el paso. Al cruzarlas, Lilith observó la propiedad durante unos segundos.

—No tienes por qué entrar si no quieres.

Tomé mi arma del asiento y comprobé el cargador.

—Eso no importa. Voy a encontrar a Gure.

El aire estaba impregnado de un aroma suave y familiar. Lirios. Miles de ellos. Cubrían los jardines enteros. Las flores favoritas de ella. Por un instante mis pasos se hicieron más lentos. Incluso después de tantos años seguían allí. Como si el tiempo jamás hubiera pasado.

Seguimos avanzando hasta la entrada principal.

Y entonces la sentí.

Aquella presencia.

Elegante.

Refinada.

Intimidante.

Levanté la mirada.

Shizuka estaba de pie frente a las enormes puertas abiertas de la mansión. Su vestido oscuro parecía fundirse con la noche mientras una sonrisa tranquila adornaba sus labios. Y por un momento no pude evitar pensarlo. No podía creer que estuviera frente a la mujer que había asesinado a mis padres.

—Vaya... —dijo con suavidad—. ¿A qué debo esta hermosa visita?

Antes de que pudiera responder caminó directamente hacia mí. Demasiado cerca. Demasiado cómoda. Sus dedos tomaron mi mentón con una delicadeza irritante. Como si nada hubiera pasado. Como si tuviera derecho.

Mi arma apareció apuntando directamente a su corazón.

La sonrisa de Shizuka se amplió apenas.

—Definitivamente esa no es forma de saludar.

Luego desvió la mirada hacia Lilith. Los ojos de la menor brillaban de un rojo intenso.

—Así que ocurrió al final...

Su expresión se volvió pensativa.

—Rildo tomó a su hija por la fuerza.

Guardó silencio unos segundos.

—Y debo admitir que me sorprende que tú sigas viva.

Lilith tensó los puños.

Yo di un paso adelante.




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