Sangre Eterna (libro I de la Saga Kuran)

30

El mundo pareció detenerse frente a mis ojos.

A lo lejos vi a Rildo caer de rodillas. Durante un instante pensé que todo había terminado, que aquella pesadilla por fin llegaba a su fin. Entonces la vi. Gure llevó una mano a su abdomen y su cuerpo se tambaleó. Mi corazón se detuvo.

—¡Gure!

Corrí.

No escuché nada más. Ni los gritos. Ni el rugido del viento. Ni el sonido de la batalla muriendo a nuestro alrededor. Solo corrí. Ella dio un paso hacia atrás, luego otro y cayó. Logré alcanzarla antes de que golpeara el suelo. Su cabeza quedó entre mis brazos mientras el miedo me atravesaba el pecho como una espada.

—Hey... hey, Gure... despierta.

La sacudí con cuidado.

—¡Gure!

Giré ligeramente su cuerpo y sentí que toda la sangre abandonaba mi rostro. Su abdomen estaba cubierto de sangre. No una pequeña herida. No un simple corte. Era demasiada sangre.

—No...

Mis manos comenzaron a temblar.

—No, no, no...

La sangre empapaba mi ropa y corría entre mis dedos sin detenerse. Intenté presionar la herida mientras buscaba desesperadamente alguna señal de que seguía conmigo.

—¡Gure, mírame!

No respondió.

Sus ojos permanecían cerrados.

Su piel estaba fría.

Demasiado fría.

Entonces escuché pasos acercándose a toda velocidad. Aido, Akatsuki y Kairen llegaron junto a nosotros. Apenas los vi. Toda mi atención estaba fija en ella. Tomé su muñeca buscando un pulso. Nada. Volví a intentarlo. Nada. El terror me desgarró por dentro.

Su corazón no latía.

—No...

Mi voz salió rota.

—No...

Sentí que el mundo entero se derrumbaba sobre mí.

Un instante después unas manos me apartaron. Kairen tomó a Gure entre sus brazos con una rapidez desesperada. Por primera vez desde que lo conocía vi miedo en sus ojos. Miedo verdadero.

—¡Muévete!

Y comenzó a correr.

Yo corrí detrás de él.

Porque si me detenía un segundo sentía que la perdería para siempre.

Las puertas de la mansión se abrieron de golpe. Los sirvientes apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Kairen atravesó los pasillos como una sombra.

—¡Ichigo! —rugió—. ¡Ahora!

Bajamos hacia los sótanos. Escaleras. Pasillos. Puertas de acero. Todo pasaba borroso ante mis ojos. Solo veía la sangre. La sangre sobre la ropa de Gure. La sangre en los brazos de Kairen. La sangre en mis manos.

Cuando atravesamos una de las puertas apareció un joven rubio. Ichigo ya llevaba los guantes puestos. Como si hubiera estado esperando este momento. Tomó a Gure de inmediato y fue entonces cuando mi mirada se desvió hacia una de las camillas del lugar.

Cross.

Su cuerpo inmóvil descansaba allí mientras dos chicas trabajaban frenéticamente para mantenerlo con vida. Bolsas de sangre colgaban sobre él. Tubos recorrían su cuerpo. El olor metálico impregnaba toda la habitación.

—Todos afuera. Ahora.

La voz de Ichigo no admitía discusión.

La puerta se cerró frente a nosotros.

Y todo quedó en silencio.

Un silencio insoportable.

Me apoyé contra la pared intentando respirar. No pude. Mis piernas dejaron de responder y terminé sentado sobre el suelo frío. Las manos me temblaban. La vista se volvió borrosa.

Y por primera vez en mucho tiempo sentí verdadero miedo.

No el miedo de una batalla.

No el miedo a morir.

Algo mucho peor.

El miedo a vivir sin ella.

Bajé la cabeza y apreté los puños hasta hacerme daño.

—No puedo perderla...

Las palabras escaparon apenas en un susurro.

—Por favor...

No después de todo lo que habíamos pasado. No después de haber encontrado en ella una razón para seguir adelante. No después de haber aprendido a amarla.

No podía perderla.

Simplemente no podía.

Pero por primera vez era incapaz de hacer algo para salvarla.

Dos horas después seguíamos esperando.

Dos horas que parecieron una eternidad.

Nos encontrábamos en la oficina de Kairen. Nadie hablaba. Nadie se movía. El silencio era tan pesado que parecía llenar cada rincón de la habitación. Permanecía sentado en uno de los sofás observando el vaso de agua que alguien había colocado entre mis manos. No recordaba haberlo tomado. Ni siquiera recordaba haber llegado allí.

—Zero...

Levanté la vista.




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