El poder no se hereda.
Se arrebata.
Katia Ivanova lo aprendió a los 12 años, la noche en que vio a su padre desangrarse sobre una mesa de mármol blanco mientras hombres con trajes impecables discutían quién ocuparía su lugar. Nadie lloró. Nadie dudó. Y ella… tampoco.
Ahora, años después a sus 20 años, su nombre era un susurro peligroso en todo el continente americano. La llamaban la Dama de Hierro. No porque no sintiera, sino porque nadie había sobrevivido lo suficiente para comprobar lo contrario.
—Reino Unido está en juego —dijo su mano derecha, Tomás, dejando un sobre negro sobre la mesa—. Y no somos los únicos interesados.
Katia no levantó la vista de su copa. El vino tinto giraba lentamente, espeso, casi como sangre.
—Nunca lo somos.
Tomás dudó un segundo.
—El otro candidato… es Eider Volkov.
El nombre cayó en la habitación como un disparo.
Katia alzó la mirada por primera vez.
Europa.
Silencio.
Luego, una sonrisa leve, peligrosa, apenas visible.
—Interesante.
Sabía de él. Todos sabían de él. El hombre que había unificado a las mafias europeas con una precisión casi quirúrgica. Frío. Intocable. Letal.
Un rey sin corona… aún.
—Dicen que nunca pierde —añadió Tomás.
Katia dejó la copa sobre la mesa con un sonido seco.
—Entonces será la primera vez.
A miles de kilómetros, en una ciudad donde la niebla abrazaba las calles como un secreto mal guardado, Eider Volkov observaba Londres desde lo alto de un edificio.
Luces doradas, mentiras elegantes, poder oculto en cada esquina.
Perfecto.
—Ella ya viene —informó Viktor, su consejero—. Katia Ivanova.
Eider no respondió de inmediato.
—La reina de América —continuó Viktor—. Brutal. Inteligente. Imposible de predecir.
Eider inclinó levemente la cabeza.
—¿Y hermosa?
Viktor parpadeó, sorprendido.
—…Dicen que sí.
Una sombra de sonrisa cruzó el rostro de Eider.
—Eso lo hace más interesante.
La reunión fue organizada en secreto, como todo lo que realmente importaba.
Un antiguo teatro abandonado en el corazón de Londres. Sin cámaras. Sin testigos. Solo sombras y decisiones que cambiarían el equilibrio del mundo.
Katia llegó primero.
Tacones firmes contra el suelo polvoriento. Vestido negro. Mirada afilada.
No vino a negociar.
Vino a ganar.
Pero cuando las puertas del teatro se abrieron de nuevo… algo en el aire cambió.
Eider Volkov entró sin prisa.
Y por un segundo, el mundo… se detuvo.
No hubo disparos.
No hubo palabras.
Solo miradas.
Katia sintió algo extraño, algo que no reconocía. No era miedo. No era odio.
Era… peligro.
Pero no del tipo que mata.
Del tipo que consume.
Eider, por su parte, la observó como si la hubiera estado buscando toda su vida sin saberlo.
Y en ese instante, entendió algo que ningún informe le había dicho:
Ella era su única debilidad.
Y su mayor amenaza.
—Así que tú eres Katia —dijo finalmente, con voz baja, casi tranquila.
—Y tú debes ser Eider —respondió ella, sin apartar la mirada.
Un paso.
Luego otro.
Demasiado cerca.
Demasiado rápido.
—Reino Unido es mío —afirmó Katia.
Eider sonrió, pero no había humor en ello.
—Entonces tendremos un problema.
Silencio otra vez.
Pero esta vez… cargado.
Porque algo invisible ya había comenzado.
Una guerra.
Un deseo.
Una condena.
Katia inclinó ligeramente el rostro.
—He oído que nunca pierdes.
Eider se acercó lo suficiente para que sus palabras rozaran su piel.
—Y yo he oído que tú tampoco.
Un latido.
Dos.
Y entonces, casi sin pensarlo, casi como si fuera inevitable…
Katia habló:
—¿Qué pasa cuando dos invencibles se enfrentan?
Eider sostuvo su mirada, sin parpadear.
—No se destruyen —murmuró—. Se arruinan.
El eco de sus palabras quedó suspendido entre ellos.
Como una promesa.
Como una advertencia.
Porque en ese preciso momento, sin tocarse, sin besarse…
Ambos ya estaban condenados.
Y cuando finalmente sus labios se encontraran…
No sería un beso.
Sería guerra.
Y sabría a sangre.