Sangre Por Besos

Capitulo 2: La guerra inevitable

Hay guerras que enpiezan con golpes y disparos.

Pero...hay otras que comienzan con una mirada que no debio sostenerse tanto tiempo

Katia no fue la primera en apartar la vista

Pero tampoco la ultima

El aire era denso, casi irrespirable un silencio no incomodo sino un silencio de guerra

—Esto es una estupidez— dijo Katia retrocediendo un paso —No vine a conteplarte—

Eider ladeó ligeramente la cabeza, estudiándola como si cada palabra fuera una pieza de un rompecabezas más grande.

—Qué lástima —respondió con calma—. Yo sí.

Katia entrecerró los ojos

No estaba acostumbrada a eso.

A que alguien no retrocediera.
A que alguien no le temiera.
A que alguien… la desafiara sin levantar la voz.

—Reino Unido —continuó ella, fría otra vez—. No habrá acuerdos. No habrá tregua.

—Lo imaginé —dijo Eider, dando un paso hacia atrás esta vez, rompiendo la tensión como quien guarda un arma… pero no la suelta—. Las treguas son para los débiles.

Silencio.

Pero ya no era el mismo.

Ahora estaba lleno de algo más peligroso que el odio.

Interés.

Minutos después, el teatro volvió a quedar vacío.

Pero Londres… no.

Londres estaba a punto de arder.

—Moviliza a todos —ordenó Katia apenas subió al auto—. Quiero control total de los puertos antes del amanecer.

Tomás asintió sin cuestionar.

—¿Y Volkov?

Katia miró por la ventana. La ciudad pasaba como un río de luces borrosas.

Por un segundo, recordó su voz. Demasiado cerca. Demasiado clara.

—Si interfiere… —hizo una pausa mínima— elimínenlo.

Pero algo en su tono no encajó del todo.

Tomás lo notó.

Y no dijo nada.

En el otro extremo de la ciudad, Eider encendía un cigarrillo sin prisa.

—Empieza —ordenó.

Viktor lo miró de reojo.

—¿Todo?

Eider exhaló humo, lento, como si dibujara la guerra en el aire.

—Todo.

—Eso significa guerra abierta.

Eider sonrió apenas.

—Siempre lo fue.

La primera sangre llegó antes del amanecer.

Un almacén en el puerto este explotó en llamas.
Tres hombres de Katia murieron.
Dos horas después, un convoy europeo fue interceptado. Nadie sobrevivió.

Golpe por golpe.

Mensaje por mensaje.

Sin palabras.

Pero la guerra no solo se libraba en las calles.

También… en la mente.

Katia no dormía.

Nunca lo hacía cuando algo importante estaba en juego.

Pero esa noche no era el poder lo que la mantenía despierta.

Era él.

Sus ojos.
Su voz.
La forma en que no retrocedió.

Molesta.

Inaceptable.

Peligrosa.

—Un error —murmuró para sí misma.

Tenía que serlo.

Porque si no lo era…

Entonces significaba que algo dentro de ella estaba cambiando.

Y Katia Ivanova no sobrevivía cambiando.

Sobrevivía controlando.

Eider, en cambio, tampoco dormía.

Pero no luchaba contra el pensamiento.

Lo analizaba.

Como todo.

—Katia… —pronunció su nombre en voz baja, probándolo, como si fuera un arma nueva.

No era solo poderosa.

No era solo su rival.

Era…

Interesante.

Y eso lo volvía todo más complicado.

—Va a intentar tomar los puertos —dijo Viktor, entrando sin avisar.

Eider asintió.

—Déjala.

Viktor frunció el ceño.

—¿Déjala?

—Quiero ver cómo gana.

Silencio.

—Y luego —añadió Eider, apagando el cigarro— ver si puede sobrevivir a ello.

Tres días.

Eso fue lo que tardó Londres en convertirse en un tablero de guerra.

Explosiones.
Traiciones.
Alianzas que se rompían en susurros.

El equilibrio se estaba inclinando.

Pero nadie sabía hacia dónde.

Hasta que ocurrió.

Una emboscada.

No planeada por Katia.
No autorizada por Eider.

Pero perfectamente ejecutada.

Un punto neutral.
Un intercambio falso.

Y en medio…

Ambos.

Las balas comenzaron sin advertencia.

Caos.

Gritos.

Sangre.

Katia reaccionó primero. Siempre lo hacía.

Disparó. Se movió. Calculó.

Pero entonces lo vio.

Eider.

A unos metros.

Rodeado.

Y por una fracción de segundo…

El mundo volvió a detenerse.

Decisión.

Instinto.

Error.

Katia disparó.

No contra él.

Por él.

El hombre detrás de Eider cayó antes de poder accionar el gatillo.

Silencio.

Breve.

Irreal.

Eider giró, sorprendido.

Sus miradas se encontraron otra vez.

Más intensas.
Más peligrosas.

Más… cercanas a algo que no debía existir.

—No vuelvas a hacer eso —dijo él, acercándose entre el caos.

Katia bajó el arma lentamente.

—Ni tú —respondió.

Pero ninguno de los dos sonaba convencido.

Porque ambos lo sabían.

La guerra ya había comenzado.

Y lo que acababa de pasar…

No la iba a detener.

La iba a empeorar.

Porque ahora no solo luchaban por el poder.

También luchaban contra algo mucho más traicionero.

Ellos mismos.




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