En la Ciudad Central de Ashport, los canales de comunicación humanos quedaron en pausa durante exactamente treinta y siete segundos. Demasiado largo para ser una falla técnica. Demasiado corto para ser casualidad.
Desde el salón de mando, Rhykan Selkyr alzó la mirada de los informes flotantes. Las proyecciones holográficas temblaron levemente, ajustándose a nuevas lecturas. Zonas fronterizas. Puertos híbridos. Rutas de abastecimiento.
Todas marcadas.
—Repitan el escaneo —ordenó con calma—. Y bloqueen el acceso humano a los nodos de defensa.
Los estrategas Selkyr se movieron con rapidez, deslizando símbolos en el aire. La tecnología respondía al tacto, al pulso vital, al lenguaje corporal. No era solo maquinaria: era extensión de quien la controlaba.
A un costado del salón, Sylwen observaba en silencio.
A sus diecisiete ciclos, había aprendido que los momentos más peligrosos no eran los que gritaban guerra, sino los que fingían cooperación. Su cabello claro estaba recogido con sencillez, pero su postura era recta, firme. No como futura reina consorte, sino como alguien que entendía el peso del poder.
—Han copiado nuestros patrones —dijo finalmente—. Las rutas que están marcadas… son nuestras formaciones defensivas.
Rhykan apretó la mandíbula.
Eso solo significaba una cosa.
Los humanos no solo habían aprendido a usar la tecnología Selkyr.
Habían aprendido a pensar como ellos.
—Convoca a las flotas del litoral y del bosque frío —ordenó—. Que las ciudades acuáticas activen sus escudos completos. Nadie se mueve sin autorización directa.
Las palabras viajaron por Ashport como una corriente eléctrica contenida. Las torres de energía comenzaron a iluminarse, una a una, trazando líneas brillantes sobre el cielo oscuro del planeta. No eran armas visibles, pero su presencia bastaba para advertir: estamos listos.
O lo estarían.
Años atrás, cuando los humanos llegaron por primera vez, no lo hicieron como conquistadores. Llegaron exhaustos, con ciudades colapsadas y un planeta moribundo a sus espaldas. Rhykan lo recordaba bien. Había sido apenas un heredero entonces, observando cómo su padre abría las puertas del Consejo.
Los Selkyr les ofrecieron refugio.
Les ofrecieron tiempo.
Les ofrecieron conocimiento.
Les enseñaron a sobrevivir en Ashport: a luchar sin destruir el entorno, a usar armas de energía que no arrasaban, a sincronizarse con la tecnología en lugar de dominarla por la fuerza. Los entrenaron junto a sus propios guerreros.
Aliados.
Estudiantes.
Hermanos, algunos llegaron a decir.
Ahora, esos mismos humanos desplegaban formaciones idénticas a las Selkyr en los límites del espacio planetario.
—Majestad —anunció un oficial—. Naves humanas activando escudos… con tecnología híbrida.
Rhykan avanzó hasta el centro del salón. Su capa oscura se movió con él, pesada, cargada de símbolos de linaje y mando. Tenía veinte ciclos, pero su mirada era la de alguien que había entendido demasiado pronto lo que significaba gobernar.
—No ataquen primero —dijo—. Aún no.
—¿Y si lo hacen ellos? —preguntó Sylwen, acercándose.
Rhykan la miró. Por un instante, no fueron rey y prometida, sino dos jóvenes parados en medio de una decisión que cambiaría generaciones.
—Entonces recordarán quién les enseñó a pelear.
Las primeras detonaciones resonaron en la atmósfera exterior. No alcanzaron la ciudad, pero el impacto se sintió como un temblor bajo la piel. Las flotas Selkyr se movieron en silencio, rápidas, precisas. No había caos, solo coordinación.
En los canales de comunicación apareció una señal humana. Distorsionada. Forzada.
—Ashport —dijo la voz—. No buscamos guerra. Buscamos un nuevo comienzo.
Rhykan cerró los ojos un segundo.
—El nuevo comienzo se pidió cuando destruyeron el viejo —respondió—. Y lo traicionaron.
Cortó la transmisión.
—Activen las defensas externas —ordenó—. Protejan a los civiles. Que los humanos entiendan esto: Ashport no es un premio. Es un hogar.
Las naves humanas retrocedieron apenas, reorganizándose. No huían. Se adaptaban. Tal como los Selkyr les habían enseñado.
Sylwen observó el cielo iluminado por escudos y energía contenida.
—Esta guerra no terminará hoy —dijo—. Ni con nosotros.
Rhykan asintió lentamente.
—No —respondió—. Pero alguien tendrá que cargar con lo que estamos empezando.
Mientras las flotas se enfrentaban en la distancia y Ashport entraba oficialmente en estado de guerra, ninguno de los dos podía saberlo aún, pero aquel momento marcaría el destino de una hija que aún no nacía… y de un conflicto que, veinticinco años después, volvería a despertar.
25 AÑOS DESPUES
Ashport ya no recordaba cómo era vivir sin guerra.
Las torres defensivas seguían en pie, más altas, más poderosas. Las ciudades híbridas habían aprendido a ocultarse mejor. Y los Selkyr, aquellos que una vez ofrecieron refugio, ahora enseñaban a sus hijos una sola verdad:
Los humanos no eran aliados.
Eran monstruos.
En el patio de entrenamiento real, Haelyn Selkyr sostenía la lanza con ambas manos. Su postura era perfecta. Espalda recta, mirada firme, respiración controlada. A sus diecisiete ciclos, no había error en sus movimientos, ni duda en su expresión.
—Otra vez —ordenó Rhykan, desde la plataforma superior.
Haelyn atacó.
El arma trazó un arco limpio en el aire, impactando contra el escudo de energía de su hermano mayor. Kieran, con diecinueve ciclos, bloqueó sin esfuerzo aparente, aunque el leve temblor en su brazo delataba el cansancio acumulado.
—Más rápido —añadió Rhykan—. En combate real no hay segundas oportunidades.