La base humana no tenía nombre oficial en los mapas Selkyr.
Para ellos era solo una anomalía.
Una herida incrustada en Ashport.
Los humanos la llamaban Fort Aegis.
Construida entre roca oscura y metal recuperado, Fort Aegis estaba semienterrada en la frontera sur del planeta, camuflada entre el bosque helado. No era elegante ni silenciosa como las ciudades Selkyr. Era práctica. Tosca. Diseñada para resistir… no para pertenecer.
Las luces blancas parpadeaban mientras los soldados se desplazaban por los pasillos angostos. El aire olía a combustible, sudor y electricidad reciclada. Nada vivo. Nada sagrado.
Isaac Ríos caminaba al frente del hangar principal con las manos cruzadas a la espalda. Su uniforme estaba impecable, demasiado para alguien que llevaba años en territorio enemigo. Tenía el rostro marcado por el cansancio, pero los ojos despiertos, calculadores.
—Cierren las compuertas —ordenó—. Nadie entra ni sale.
Los mecanismos respondieron con un estruendo metálico.
Frente a él, formados en dos filas, estaban los soldados de la unidad especial. Humanos entrenados para sobrevivir en un mundo que no los quería.
Entre ellos estaban Jaden Ward y Nathan Stone.
Nathan sostenía el casco bajo el brazo, relajado, con esa falsa calma de quien ya ha visto demasiado. Jaden, en cambio, permanecía rígido. No por disciplina. Por dolor.
Cinco años atrás, una bala Selkyr le había atravesado la espalda baja durante una escaramuza fallida. No lo mató. Pero tampoco lo dejó intacto. Desde entonces, el dolor vivía con él. Constante. Silencioso. Como una cuenta regresiva.
Jaden apretó los dientes cuando un espasmo recorrió su columna.
—¿Otra vez? —murmuró Nathan sin mirarlo.
—Siempre —respondió Jaden.
Isaac se giró hacia ellos.
—Hoy no están aquí como soldados —dijo—. Están aquí como voluntarios.
Un murmullo recorrió la formación.
—Ashport no es la Tierra —continuó—. Aquí no basta con armas. Los Selkyr no solo son más rápidos o más fuertes. Están adaptados a este planeta. Y nosotros no.
Activó el proyector central.
Un modelo holográfico de un Selkyr apareció flotando: anatomía, sistema circulatorio, estructura muscular.
—Durante años, los observamos —dijo Isaac—. Aprendimos cómo luchan. Cómo sobreviven. Y ahora… cómo imitarlos.
Nathan arqueó una ceja.
—¿Imitarlos cómo, exactamente?
Isaac sonrió apenas.
—Con esto.
El holograma cambió. Un frasco translúcido apareció girando lentamente. En su interior, una sustancia oscura, densa, casi viva.
—Nombre clave: S-Ø3 —anunció—. Una sustancia creada a partir de biotecnología Selkyr y ADN humano modificado.
Jaden sintió un escalofrío.
—¿Qué hace? —preguntó.
—Durante un periodo limitado —respondió Isaac—, reestructura temporalmente el cuerpo humano. Permite procesar los alimentos Selkyr, su sangre, su energía vital. Les da su resistencia, su velocidad, su fuerza.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó alguien más.
—Entre seis y ocho horas.
El silencio fue absoluto.
—Correrán como ellos —continuó Isaac—. Saltarán como ellos. Respirarán como ellos. Pero no se equivoquen… no serán Selkyr.
Nathan soltó una risa seca.
—Entonces… ¿jugamos a ser monstruos?
Isaac lo miró fijamente.
—Jugamos a sobrevivir.
Jaden bajó la mirada hacia sus propias manos. Temblaban apenas.
—¿Y los efectos secundarios? —preguntó.
Isaac no respondió de inmediato.
—Dolor —admitió—. Confusión sensorial. Y en algunos casos… rechazo físico.
Jaden tragó saliva.
—¿Podría ayudar con lesiones previas? —insistió—. Tengo daño en la columna.
Isaac lo observó con atención.
—Durante el efecto —dijo—, no sentirás dolor.
El corazón de Jaden se aceleró.
—¿Y después?
—Después… vuelve.
Nathan giró el rostro hacia él.
—No vale la pena —murmuró—.
Jaden no respondió.
Porque para alguien que vivía con dolor constante, incluso unas horas sin él eran un regalo peligroso.
—No es obligatorio —añadió Isaac—. Nadie será obligado.
Pero todos sabían que eso era mentira.
Uno a uno, los soldados comenzaron a avanzar. Tomaban el frasco. Lo observaban. Dudaban. Y asentían.
Cuando llegó el turno de Jaden, sus dedos se cerraron alrededor del recipiente.
—Si cruzamos las ciudades Selkyr —dijo—, nos verán como monstruos.
Isaac se inclinó hacia él.
—Siempre nos vieron así.
Jaden intercambió una mirada con Nathan.
—Si esto falla —dijo Nathan—, quiero que sepas que te golpearé en la otra vida.
Jaden sonrió apenas.
—Si hay otra vida.
Las cámaras de preparación se cerraron.
Luces rojas. Pulsos eléctricos. El sonido del líquido activándose dentro del cuerpo humano fue casi imperceptible.
Jaden cayó de rodillas.
No por dolor.
Por alivio.
Su espalda dejó de gritarle.
Respiró hondo. El aire sabía distinto. Más denso. Más vivo.
—¿Jaden? —preguntó Nathan.
Jaden se puso de pie con una facilidad que no había sentido en años.
—No duele —susurró—.
Saltó.
Demasiado alto.
Cayó sin esfuerzo.
—Funcionó —dijo Isaac desde el otro lado del vidrio—. Bienvenidos a Ashport.
En la sala de conferencias subterránea, cuatro figuras se reunían alrededor de una mesa circular de metal oscuro.
Isaac Ríos estaba de pie, como siempre.
Nathan Stone apoyaba los codos con despreocupación fingida.
Jaden Ward permanecía sentado, rígido, con la espalda recta demasiado recta, como si temiera que el dolor regresara en cualquier momento.
Y a su lado, con los brazos cruzados y la mirada afilada, estaba Jane Cooper.
Jane no sonreía. Nunca lo hacía.