Sangre Prohibida

Prólogo

Crecer viendo como otros tienen la libertad de ser quienes quieran y tu no poder ni siquiera hacer lo más básico, es frustrante, pero todo pasa por algo.

—¡Mamá! ¡Mi primo no me deja tranquila! — gritó una pequeña Astrid hacia su madre.

— Ethan, deja a tu prima tranquila — le regañó su tío Nadeem, padre de Ethan, quien se encontraba conversando con Alyssa, madre de Astrid, en los escalones de afuera de la casa, esos que daban al bosque.

— Solo fue una broma, papá — se quejó el chico de quince años.

— Estaba jugando con Az y Than lo asustó como un lobo — protestó la pequeña pelirroja.

— ¿Cuántas veces hay que decirte que no puedes asustar a los humanos? — lo reprendió su padre.

— Ya, ya perdón, papá. No lo volveré a hacer — respondió Ethan, cansado.

Dario llegó con el resto de los niños de la manada que jugaban cerca, junto a Biagio.

— Tenemos que entrar — les decía entre tanto. — Tío nos dijo que lo hiciéramos.

— ¿Por qué?

— ¡Es temprano!

Protestaron varios niños hasta que vieron a Kylian con cara enojada, quien venía junto a Osmond y Cristian, así que entraron rápidamente.

— Vinieron otra vez. Es otra advertencia. No sé qué hicimos ahora para molestarlos. Ya me tienen mal con sus advertencias como si ellos pudieran mandar sobre nosotros — escuchó Astrid a su padre, Kylian, protestar entre dientes.

Eso fue suficiente para que Astrid buscara a su primo Biagio, a pesar de que el pelinegro era mucho mayor que ella siempre había sido su refugio y con quien más se identificaba, sobre todo porque ambos eran el objetivo mayor de esas personas que tanto la aterraban.

— Estoy aquí, mi Ignis — susurraba Biagio abrazándola. — No va a pasar nada, estoy contigo — La pequeña temblaba en sus brazos negando.— Mírame — le pidió, tomando su cara entre las manos y haciendo que levantara la vista — todo está bien.

— Perdón, perdón, primita. Yo solo quería molestarle, no que ellos vinieran— se disculpaba Ethan, arrepentido por su travesura.

— ¿Cuántas veces se te ha advertido Ethan? — preguntó fastidiado Biagio.

— Yo se, pero...

— No peleen. ¿Vamos a mi cuarto?

Ambos chicos asintieron. El de ojos negros le hizo una seña a Dario para que supiera lo que iban a hacer y subió. Una vez en la habitación la pequeña se sentó en su cama, con los hombros rígidos y la mirada fija en el suelo. Se llevó el índice a la boca y mordió la parte de atrás del dedo, justo después del nudillo, apretando los dientes como si así pudiera contener el temblor que le recorría el cuerpo.

Biagio, al verla, se acercó despacio y la rodeó con los brazos, firme pero sin apretarla, apoyando la frente contra su cabello. Astrid tardó unos segundos en reaccionar, pero finalmente aflojó la mordida, dejando la marca pálida en la piel, y respiró un poco más hondo.

— Ey... Fosforito — dijo en voz baja — Esos locos no te van a hacer nada. No tendrían por qué. Si alguien se metió en problemas fui yo.

Ethan le dedicó una media sonrisa torcida, como si todo fuera una broma mal contada.

Biagio lo miró de reojo, serio, con esa expresión que decía cállate sin necesidad de palabras. El de ojos azules levantó apenas las manos en rendición, pero no dejó de sonreír.

— No creo que sea por ti, Than — murmuró.

— ¿Por qué lo dices? — preguntó el mayor de los tres, deseando que sus sospechas no fueran ciertas.

— Busqué entre las cosas de mis padres y encontré estos papeles — explicó Astrid, parándose para ir a su closet y sacarlos del escondite.

— Te dije que no deberías estar husmeando entre las cosas de mi tío — la regañó Biagio.

— ¿Y qué querías que hiciera? Tenía que averiguar por qué esos humanos siempre amenazan con que debo portarme bien —se quejó con aquellos viejos papeles en mano.

— ¿Probaste preguntarle a mis tíos? — preguntó en un suspiro Biagio, quien a pesar de ser un lobo negro desde niño, mantiene la calma ante toda situación; incluso su padre, Osmond, se quedaba asombrado a veces, quien según palabras de la propia Astrid era "el rey de la santa calma".

— Haces cada pregunta... ¡Claro que lo hice! ¿Sabes cuál fue su respuesta? Que no era nada por lo que tenía que preocuparme. ¡Y mira qué se esconden! —A veces en situaciones como esta, esa misma calma desesperaba a la niña.

— No entiendo. ¿De qué hablan? ¿Qué dicen estos vejestorios? — preguntó Ethan, quitándoselos de la mano.

— La leyenda, dice lo increíbles que son mis padres y que básicamente yo no debía nacer.

— Ah, eso —le restó toda la importancia que realmente tenían, dejándolos en la cama.

— ¿Tú lo sabías?

— Sí.

— ¿No pensabas decírmelo?

— ¿Para qué?

— ¿Cómo que para qué? ¡Esa cosa habla de mí!

— A ver, Chispita, tienes doce años, tu lobo aún no aparece, tu lado vampiro tampoco. ¿Qué caos vas a traer?

— Si quieres puedes ser un poco más cruel — negó Biagio, molesto con Ethan.

— Si hago bromas está mal, si hablo serio también... ¿Por fin? — se quejó el menor.

— Él tiene razón, Bi, todo indica que soy una simple humana.




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