Sangre Prohibida

CAP 1. EDUARDA

Me llamo Eduarda, tengo veinticuatro años y, para mí, tengo una vida perfecta. Bueno... perfecta dentro de lo que cabe.

Había terminado mis estudios y, después de tantos años de esfuerzo, por fin era médica. Ahora estaba trabajando en una de las clínicas más prestigiosas de la ciudad.

Había conseguido entrar gracias a una amiga de la universidad, cuyo padre era el dueño de la clínica. Aunque eso no significaba que me hubieran regalado el puesto. Tuve que presentar exámenes, demostrar mis calificaciones y pasar por todo el proceso de selección como cualquier otra persona.

Lo único malo eran mis horarios.
Prácticamente no tenía vida social. Pasaba de la clínica a mi casa y de mi casa a la clínica. Pero supongo que así era como se conseguían las cosas que uno quería.

Mi objetivo era ahorrar lo suficiente para poder mudarme sola. Todavía vivía con mis padres y mi hermano, y aunque los quería muchísimo, necesitaba mi propio espacio.
Siempre me había gustado la soledad.

Mi tranquilidad.
Mi silencio.

Y ya me faltaba muy poco para conseguirlo.

Aquella noche tenía turno en urgencias.

Era sábado.
Lo normal habría sido estar en alguna fiesta con mis amigos, pero yo estaba sentada detrás del mostrador de urgencias, mirando el reloj mientras intentaba mantener los ojos abiertos.
La noche había estado sorprendentemente tranquila.

-Ojalá continúe así -murmuré.

Miré la hora.

Las tres de la mañana.

Ya no podía más. Estaba a punto de apoyar la cabeza sobre el escritorio cuando escuché movimiento en la entrada.

-¡Doctoras! ¡Tenemos un ingreso!
Me levanté inmediatamente.

Un hombre acababa de llegar en una camilla.

Estaba cubierto de sangre.
Me acerqué rápidamente.

-¿Qué ocurrió?

Una de las enfermeras me entregó el informe.

Hombre, veintiocho años aproximadamente.
Accidente de tráfico.
Conmoción cerebral.

-Llévenlo a la sala de urgencias.
Comencé a examinarlo mientras las enfermeras se encargaban de estabilizarlo.

Sus pupilas estaban ligeramente dilatadas.

-Necesito que le hagan estos exámenes cuanto antes.

Estaba revisando sus constantes cuando, de repente, abrió los ojos.
Me sobresalté.

Su mano salió disparada y agarró la mía con una fuerza que no esperaba de alguien que acababa de sufrir un accidente.

Me quedé inmóvil.
Él me miró.
Solo fue un segundo.
Pero ese segundo se me quedó grabado.

Sus ojos...
Eran de un color extraño.
Amarillentos.

Nunca había visto unos ojos así.
Intenté apartar mi mano, pero él continuó mirándome como si estuviera tratando de reconocerme.

Después cerró los ojos.

Y volvió a quedarse completamente quieto.

-¿Está dormido? -pregunté.
La enfermera asintió.
Me quedé observándolo unos segundos más.

Qué extraño.

Continué con mi trabajo.

Los resultados mostraron que, aparte de una costilla fracturada y un brazo roto, no presentaba lesiones graves. Después de estabilizarlo, lo trasladamos a una habitación.

A las cinco de la mañana faltaba apenas una hora para terminar mi turno.

La clínica había vuelto a quedar en silencio.

Entonces una enfermera se acercó.
-Doctora, están preguntando por el paciente que ingresó hace unas horas.

Quieren saber quién lo atendió.
Suspiré.
Estaba agotada y lo único que quería era irme a casa.

Pero eran sus familiares. Tenía que hablar con ellos.

-Diles que me esperen en recepción.
Fui a mi oficina, recogí el informe del paciente y me dirigí hacia allí.
Cuando llegué, encontré a un hombre mayor esperándome.

Vestía un traje completamente negro. Su ropa era impecable y su aspecto era demasiado elegante para alguien que acababa de llegar a un hospital a las cinco de la mañana.

-Buenos días -dijo-. Soy Eduard. Me han dicho que usted es la doctora que ha atendido al señor Norman.

Asentí.

Así que el accidentado se llamaba Norman.

Hasta ese momento no había tenido ningún dato sobre él porque había llegado sin identificación.

-Señor Eduard, su familiar ingresó con algunas fracturas, pero no presenta lesiones graves. Ya está estable y descansando gracias a la medicación que le hemos administrado. Está fuera de peligro. Si quiere, puede entrar a verlo.

Para mi sorpresa, negó con la cabeza.
-No. Solo quería información. ¿Cuándo podrá regresar a casa?
Lo miré confundida.

Era la primera vez que veía a un familiar que no parecía tener ningún interés en visitar al paciente.
-Eso dependerá de cómo evolucione durante los próximos días.

Hice una pausa.

-¿Usted es su padre?

El hombre me observó fijamente.
Por un momento pensé que no iba a responder.

-Es como si lo fuera.
Nada más.

Su rostro permaneció completamente inexpresivo.
Era como hablar con una piedra.

Intenté descifrarlo, pero no conseguí absolutamente nada.

Finalmente sonreí.

-Bueno, señor Eduard, mi turno está a punto de terminar. La doctora que me sustituya podrá darle más información sobre la evolución de Norman. Que tenga un buen día.

-Igualmente.

Me di la vuelta y regresé a mi oficina.
Por fin.

Casa.

Dormir.

Eso era todo lo que quería.
Recogí mi bolso y salí.
Pero antes de marcharme decidí pasar una última vez por la habitación de Norman.

Una enfermera estaba allí, administrándole una medicación.

-¿Cómo está?

-Estable. Todo parece estar bien.

La enfermera salió de la habitación.
Me quedé unos segundos observándolo.

Y entonces lo vi realmente por primera vez.

Era increíblemente atractivo.
Incluso herido, tenía un cuerpo fuerte y perfectamente definido. Su pecho estaba marcado por músculos que parecían esculpidos.

Aparté la mirada rápidamente.
Eduarda, estás cansada. Vete a casa.
Me di la vuelta.




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