Sangre Prohibida

CAPITULO 2 NORMAN

Al despertar, lo primero que sentí fue un olor que me revolvió el estómago.
Abrí los ojos lentamente.

Un techo blanco.

Luces demasiado brillantes.

Un pitido constante que parecía taladrarme la cabeza.

¿Dónde demonios estaba?
Intenté incorporarme, pero un dolor recorrió mi costado.

Bajé la mirada.

Mi brazo estaba completamente vendado.

También tenía varias vendas alrededor de las costillas.
Fruncí el ceño.

-¿Qué demonios...?
Intenté recordar.

La batalla.

Los gritos.

La sangre.

Y entonces lo recordé.

Algo me había jalado.

No había sido magia conocida. No había ningún hechizo que pudiera reconocer.

Simplemente había sentido una fuerza tirando de mí.

Y después...

Nada.

Hasta ahora.

Me quité las vendas del brazo con impaciencia y arranqué los sensores que tenía pegados al pecho.

En cuanto desconecté uno de ellos, una alarma comenzó a sonar.

-¡Señor! ¡No puede hacer eso!
Una enfermera entró apresuradamente.

-Por favor, vuelva a acostarse.

Todavía está en observación.

Intentó sujetarme del brazo.

La aparté.

-Tengo que irme.

-No puede marcharse. El médico todavía no le ha dado el alta.

La miré fijamente.
Había algo extraño.
Su olor.
Demasiado fuerte.
Demasiado desagradable.
Y no era solamente ella.
Todo el lugar olía igual.
Personas.
Medicamentos.
Desinfectante.
Sangre.

Me llevé una mano a la nariz.

-No puedo respirar aquí.
-Señor, tranquilícese...
-¡Te estoy diciendo que estoy bien!

Mi voz retumbó por toda la habitación.
La enfermera se quedó paralizada.
Sus ojos se abrieron con miedo.
Entonces la puerta se abrió.

Eduard entró.
Me miró durante unos segundos y después dirigió la mirada hacia la enfermera.

-Yo me encargo.
-Pero, señor, él no puede levantarse todavía...

Eduard la miró.
-Ya te dije que yo me encargo.
La mujer tragó saliva y asintió antes de salir rápidamente.

Cuando la puerta se cerró, miré a Eduard.

-¿Por qué demonios estoy aquí?
No necesitaba preguntárselo.
Recordaba perfectamente lo ocurrido.
Lo que no entendía era cómo había terminado en aquel lugar.

-Tenemos que irnos -dije-. Ahora.
Eduard permaneció tranquilo.
-No se preocupe, señor. He borrado y limpiado cualquier huella. Nadie sabe que está en este mundo.
Me quedé mirándolo.

-¿Estás seguro?
-Completamente.
Suspiré.
-Si los demás reinos descubren que estoy aquí, tendremos problemas. Y esta vez no serán pequeños.
Eduard asintió.

-Lo sé.
Volví a sentarme en la cama.
Todavía no entendía cómo había ocurrido.
Durante la batalla, algo me había arrastrado fuera de mi propio mundo.
No había abierto un portal.
No había usado magia.
Simplemente...
Había aparecido aquí.
En medio de una carretera.
Rodeado de vehículos.

-En este mundo creen que tuvo un accidente automovilístico -explicó Eduard-. Por eso lo trajeron al hospital.

-¿Y cómo me encontraste?
-Por el anillo de poder, señor.
Miré mi mano.
El anillo seguía ahí.

-Tenemos que irnos cuanto antes.
Volví a respirar por la nariz y fruncí el ceño.

Ese olor seguía ahí.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
Por un instante, otro aroma apareció entre todos aquellos olores desagradables.
Uno diferente.

Suave.

Dulce.

Extrañamente familiar.

Me quedé inmóvil.

Y entonces apareció en mi mente un rostro.

Una mujer.
No sabía quién era.
Pero recordaba sus ojos.
Su rostro.

La expresión que tenía cuando me encontró.

Y, sobre todo...
Su aroma.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Quería volver a verla.
Quería encontrarla.
Quería saber dónde estaba.

Fruncí el ceño.
¿Qué demonios me estaba pasando?
Nunca había sentido algo semejante.
Y mucho menos por alguien de este mundo.

Un ser inferior.

Una humana.

-¿Señor?
La voz de Eduard me sacó de mis pensamientos.

-Nada.

Me levanté.
-Pide mi alta. Como dijo la enfermera.

Eduard asintió.
-Enseguida.

Salió de la habitación.
Me quedé solo.

Mientras me cambiaba, aquella mujer volvió a aparecer en mi mente.

Sus ojos.
Su rostro.
Su aroma.

Cerré los ojos con frustración.
-Esto es absurdo.

Nunca había permitido que nadie entrara en mi cabeza de aquella manera.
Entonces...
¿Por qué ella?
¿Por qué sentía esa necesidad de encontrarla?

¿Por qué mi instinto me gritaba que debía volver?
Me pasé una mano por el cabello.

-Me estoy volviendo loco.
La puerta se abrió.
Eduard entró.
-Señor, ya está todo listo. Podemos irnos.
-Perfecto.
Salí de la habitación.




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