Sangre Prohibida

CAPITALO 3 EDUARDA

Al llegar a casa, encontré a mis padres desayunando junto a mi hermano Alex.

-Buenos días, hija. ¿Qué tal te fue en la guardia? -preguntó mi mamá.

-Cansada -respondí mientras dejaba mis cosas-. Estoy agotada. Tengo muchísimas ganas de darme una ducha y dormir.

-¿Quieres desayunar con nosotros?

-No, mamá. Gracias.

Alex me quedó mirando con una expresión de asco.

-¿Por qué me miras así? ¿Y ahora qué te he hecho?

Mi hermano tiene dieciocho años y esta atravesando esa etapa en la que absolutamente todo le molestaba. Rebelde, malhumorado y siempre buscando una oportunidad para fastidiarme.

-Definitivamente te tienes que bañar. Apestas a perro -dijo.

Abrí los ojos de par en par y sentí cómo me ardían las mejillas de vergüenza.

Por instinto, me olí los brazos y después la ropa.

Yo no sentía ningún olor.

-Mamá, mira a Alex. Recién llego y ya está con sus tonterías.

-Alex, no molestes a tu hermana. Viene cansada -lo reprendió mi mamá.

-¡Pero mamá, de verdad huele a perro!

-¡Alex! -exclamó ella.

Mi papá soltó una pequeña risa.

-Hija, ve a bañarte y después recuéstate un poco.

Antes de irme, me acerqué a él y le susurré:

-Papá... ¿de verdad huelo feo?

Sonrió y negó con la cabeza.

-Claro que no. Es tu hermano molestando. Anda, descansa.

Subí a mi habitación y fui directamente al baño.

Abrí la tina y dejé que el agua caliente comenzara a llenarla. Mientras esperaba, preparé la ropa que me pondría después. Cuando todo estuvo listo, entré en la tina y me acomodé.

Puse un poco de música relajante, cerré los ojos y dejé que el agua caliente calmara mi cuerpo.

Por unos minutos, conseguí olvidarme de todo.

Hasta que apareció él en mis pensamientos.

El hombre que había llegado al hospital aquella mañana.

Sus ojos amarillos.

Aquella mirada tan extraña que no había podido olvidar.

Y ese cuerpo...

Perfecto.

Demasiado perfecto.

Dios mío... ¿qué clase de hombre era ese?

Intenté apartar esos pensamientos, pero cuanto más lo intentaba, más claramente aparecía su rostro en mi mente.

Entonces, mi móvil comenzó a sonar.

Me sobresalté y abrí los ojos.

Miré la pantalla.

María.

La doctora que estaba de turno.

Contesté.

-Hola, María. ¿Qué tal va el turno?

-Hola, Eduarda. La verdad... fatal.

-¿Qué pasó?

-¿Te acuerdas del hombre que llegó esta mañana?

Mi cuerpo se tensó inmediatamente.

-Sí. ¿Qué ocurre?

-Se fue.

-¿Cómo que se fue?

-Se despertó y salió caminando por su propio pie.

Me incorporé un poco dentro de la tina.

-¿Qué?

-Como lo oyes. Se despertó completamente normal. No tenía ninguna fractura. Los estudios estaban bien.

Me quedé en silencio.

-Pero... eso es imposible. Tenía el brazo y las costillas fracturadas.

-Lo sé. Todos estamos igual de sorprendidos.

Sentí un escalofrío recorrerme.

-¿Entonces le dieron el alta?

-Sí. Te llamaba para avisarte porque él era tu paciente.

-Gracias por avisarme, María.

-No hay de qué. Descansa, Eduarda.

-Hasta luego.

Colgué.

Me quedé mirando la pantalla del móvil durante varios segundos.

No podía dejar de pensar en él.

En cómo había llegado al hospital prácticamente destrozado...

Y en cómo, unas horas después, se había marchado caminando como si jamás hubiera sufrido una sola herida.

¿Cómo era posible?

Entonces recordé sus ojos.

Aquellos ojos amarillos que me habían observado desde la cama.

Y también recordé sus palabras.

«No me dejes.»

Un extraño calor comenzó a extenderse por mi cuerpo.

No era el agua.

Era algo diferente.

Algo que no sabía explicar.

Sacudí la cabeza.

-No pienses en él -murmuré para mí misma-. Desconéctate del trabajo.

Terminé mi baño, me vestí y fui directamente a la cama.

Cerré las persianas hasta dejar la habitación completamente a oscuras.

Me acomodé entre las sábanas y cerré los ojos.

Necesitaba dormir.

Necesitaba olvidarme de aquel hombre.

Pero justo cuando estaba a punto de quedarme dormida, una imagen volvió a aparecer en mi mente.

Sus ojos.

Amarillos.

Brillando en medio de la oscuridad.

Y, por alguna razón que no podía comprender...

sentí que él también estaba pensando en mí.




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