El bosque de Blackwood no era como los demás. Aquí, el aire pesaba con el olor a tierra mojada y algo más, el rastro metálico de los lobos. Vespera corría entre los árboles, sus pies apenas tocando el suelo. Su corazón, ese motor híbrido que latía a un ritmo errático, golpeaba contra sus costillas. Podía oírlos. El crujir de las ramas, el jadeo pesado de las bestias que la rodeaban. Eran rápidos, pero ella era algo que ellos no entendían.
Justo cuando una mandíbula enorme se cerró en el aire donde antes estaba su hombro, el cuerpo de Vespera se deshizo. No hubo sangre, solo un torbellino de humo negro y cenizas que se filtró entre los pinos, materializándose diez metros más adelante. Pero el esfuerzo le pasó factura, un mareo punzante le recordó que no se había alimentado en días.
Tropezó y ese único segundo de debilidad fue suficiente. Un gruñido ensordecedor hizo vibrar el suelo. Frente a ella, un lobo de pelaje negro como el abismo y ojos de un ámbar incandescente bloqueaba el camino. Era el doble de grande que los demás. No necesitaba atacar, su mera presencia emanaba una autoridad que obligaba a sus rodillas a flaquear.
El lobo comenzó a cambiar. El sonido de huesos rompiéndose y reacomodándose llenó el silencio del bosque. En cuestión de segundos, un hombre se puso de pie. Era alto, de facciones talladas en piedra y una mirada cargada de un desprecio ancestral.
Era Kaelen, el futuro Rey Alfa.
Vespera se levantó lentamente, limpiándose un rastro de ceniza de la mejilla. A pesar de estar rodeada por la manada, sostuvo la mirada del Alfa con un desafío eléctrico.
Kaelen acortó la distancia en un parpadeo, rodeando el cuello de Vespera con una mano de hierro. La levantó del suelo con una facilidad insultante. El contacto quemaba, la piel de un Alfa era puro fuego para alguien que llevaba la muerte en las venas.
Vespera intentó convocar una daga de sangre, pero el toque de Kaelen, cargado de la energía pura de la manada, bloqueó su magia. Se sintió vacía, vulnerable por primera vez en años.
Mientras los guardias la arrastraban hacia el corazón de la monarquía licántropa, Vespera miró por encima del hombro. Kaelen no le quitaba la vista de encima, y en su mirada no solo había odio, sino una curiosidad oscura que la hizo temblar más que el frío del bosque.
La caza había terminado. La verdadera guerra, la que se libraba bajo la piel, acababa de empezar.