Sangre Proscrita. El Trono de los Lobos

El encuentro de Vespera y Kaelen en la torre

La torre de plata no era una celda común y menos una edificación de lujo, sino una aguja de piedra grisácea que se alzaba en el punto más alto del territorio de los Blackwood. Las paredes estaban recubiertas con una aleación de plata y ceniza de servbal, diseñada específicamente para anular la magia de las brujas y debilitar la regeneración vampírica. El aire allí era tan raro y frío que cada respiración de Vespera se convertía en una pequeña nube de vapor frente a sus labios. Vespera se sentía como si tuviera plomo en las venas.

Los guardias la soltaron con un empujón justo en el centro de la estancia circular. El suelo estaba grabado con runas de plata líquida que brillaban con una luz tenue y constante, una jaula mágica diseñada específicamente para anular la esencia volátil de los seres de sombra.

Estaba sentada en el alféizar de la ventana, mirando la luna que le quedaba tan cerca y a la vez tan lejos, cuando la pesada puerta de roble se abrió. No necesitó mirar para saber quién era, el aire de la habitación se volvió pesado, saturado con ese aroma a bosque y tormenta que desprendía Kaelen.

  • Bienvenida a tu nuevo hogar, aberración - la voz de Kaelen retumbó desde la entrada - Es mala educación no mirar a tu rey cuando entra en la habitación - dijo él. Sus pasos resonaban con una autoridad deliberada sobre las piedras.

Él no había regresado a su forma de lobo. Seguía en su forma humana, vestido solo con unos pantalones de cuero desgarrados y el torso cubierto de cicatrices que narraban guerras que Vespera solo conocía por leyendas. Se movía por la habitación con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.

Vespera giró la cabeza lentamente, dejando que sus ojos, ahora teñidos de un violeta eléctrico por la falta de alimento, se clavaran en los de él.

  • No eres mi rey, Kaelen. Eres mi carcelero - respondió ella con una sonrisa lánguida - Y la decoración de este lugar es espantosa, un poco minimalista con demasiada plata para mi gusto. ¿Dónde están las sábanas de seda y el vino? Pensé que los Alfas trataban mejor a sus invitados de honor? - dijo ella, forzando una sonrisa despreocupada mientras recorría las paredes desnudas.
  • No eres una invitada. Eres una herramienta del Consejo - respondió él, su mirada ámbar clavada en la de ella con una intensidad que casi podía sentirse físicamente - Los Guardianes dicen que eres la clave para sellar el Abismo, pero yo solo veo a una criatura hambrienta y arrogante.
  • Tal vez si me alimentaras, sería menos arrogante - replicó Vespera, dando un paso el calor que emanaba el cuerpo de Kaelen era tentador, una hoguera en medio del invierno que era su propia existencia - Tu sangre debe de ser… interesante. La pureza de un Alfa debe tener un sabor tan... persistente.

Kaelen se inclinó hacia delante, invadiendo el espacio personal de la híbrida. El olor a pino, tormenta y hormonas de lobo inundó los sentidos de Vespera, mareándola más que la falta de alimento.

  • Intenta morderme, híbrida, y te aseguro que el Tratado no te salvará de que te arranque los colmillos con mis propias manos - susurró él a escasos centímetros de su rostro.

Durante un segundo, el desafío eléctrico entre ambos hizo que las runas del suelo chispearan. Había algo más que odio en ese silencio, una conexión forzada por el pacto, una fricción entre dos naturalezas que nunca debieron tocarse

  • ¿Tienes miedo de que te muerda mientras duermes? - solto Vespera para romper la atmósfera.

Kaelen avanzo se detuvo a escasos centímetros de ella. Era tan alto que Vespera tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual. Él la observó con una mezcla de repugnancia y una fascinación que intentaba ocultar.

  • Tengo miedo de lo que eres, no de lo que puedes hacer - dijo él, bajando la voz - Eres una mancha en el orden natural. Una criatura que no debería respirar, y mucho menos en mi hogar. Si por mí fuera, estarías bajo tierra.

Vespera avanzó quedando peligrosamente cerca de su pecho. Podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo del lobo, un contraste violento con su propia piel fría.

  • Entonces, ¿por qué no lo haces? - desafió ella, subiendo una mano hacia el pecho de él, deteniéndose justo antes de tocarlo -Tienes la fuerza, tienes el odio. ¿Qué te detiene, Alfa? ¿El miedo a las leyes de tu propio consejo... o la curiosidad de saber qué sabor tiene mi sangre?

Kaelen la agarró de la muñeca con una velocidad que la dejó sin aliento. Sus dedos apretaron con la fuerza suficiente para hacerla gemir, pero ella no apartó la mirada.

  • Tu sangre sabe a magia corrupta y muerte, Vespera - gruñó él, acercándose a su oído - Y voy a disfrutar cada segundo de estos seis meses viéndote marchitar en esta torre. Aquí no hay sombras donde esconderse, ni aquelarres que te protejan.
  • Las sombras siempre vuelven, Kaelen - susurró ella, sintiendo cómo el corazón del lobo aceleraba su ritmo contra su voluntad - Incluso las que crees que has encerrado en tu propio corazón.

Él la soltó bruscamente, como si su contacto lo hubiera quemado. Se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se detuvo sin mirarla.

  • Duerme si puedes - añadió Kaelen antes de dar media vuelta - Las sombras no se dejan encadenar, dijiste. Pues prepárate, porque esta torre será el lugar donde aprendas que incluso las sombras tienen un dueño. Y Vespera... no vuelvas a intentar usar tu "Voz de la Sangre" conmigo. Mi voluntad es más fuerte que tus trucos de feria.

La pesada puerta de hierro se cerró con un estruendo metálico que resonó en toda la torre, dejando a Vespera a solas con el brillo frío de la plata y el eco de los latidos del Alfa alejándose por el pasillo. Sonrió para sí misma. Él decía que la odiaba, pero su pulso había dicho algo muy diferente.

Cerró los ojos y, en la oscuridad de su mente, las visiones empezaron a filtrarse. No eran recuerdos, sino ecos del Abismo que Lady Elara mencionó en el Consejo. Vio grietas abriéndose en la realidad, sombras más antiguas que los vampiros devorando la luz, y en medio de todo, ella misma, con las manos manchadas de una sangre que no era roja, sino dorada.




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