La torre de plata no era una celda común y menos una edificación de lujo, sino una aguja de piedra grisácea que se alzaba en el punto más alto del territorio de los Blackwood. Las paredes estaban recubiertas con una aleación de plata y ceniza de servbal, diseñada específicamente para anular la magia de las brujas y debilitar la regeneración vampírica. El aire allí era tan raro y frío que cada respiración de Vespera se convertía en una pequeña nube de vapor frente a sus labios. Vespera se sentía como si tuviera plomo en las venas.
Los guardias la soltaron con un empujón justo en el centro de la estancia circular. El suelo estaba grabado con runas de plata líquida que brillaban con una luz tenue y constante, una jaula mágica diseñada específicamente para anular la esencia volátil de los seres de sombra.
Estaba sentada en el alféizar de la ventana, mirando la luna que le quedaba tan cerca y a la vez tan lejos, cuando la pesada puerta de roble se abrió. No necesitó mirar para saber quién era, el aire de la habitación se volvió pesado, saturado con ese aroma a bosque y tormenta que desprendía Kaelen.
Él no había regresado a su forma de lobo. Seguía en su forma humana, vestido solo con unos pantalones de cuero desgarrados y el torso cubierto de cicatrices que narraban guerras que Vespera solo conocía por leyendas. Se movía por la habitación con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
Vespera giró la cabeza lentamente, dejando que sus ojos, ahora teñidos de un violeta eléctrico por la falta de alimento, se clavaran en los de él.
Kaelen se inclinó hacia delante, invadiendo el espacio personal de la híbrida. El olor a pino, tormenta y hormonas de lobo inundó los sentidos de Vespera, mareándola más que la falta de alimento.
Durante un segundo, el desafío eléctrico entre ambos hizo que las runas del suelo chispearan. Había algo más que odio en ese silencio, una conexión forzada por el pacto, una fricción entre dos naturalezas que nunca debieron tocarse
Kaelen avanzo se detuvo a escasos centímetros de ella. Era tan alto que Vespera tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual. Él la observó con una mezcla de repugnancia y una fascinación que intentaba ocultar.
Vespera avanzó quedando peligrosamente cerca de su pecho. Podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo del lobo, un contraste violento con su propia piel fría.
Kaelen la agarró de la muñeca con una velocidad que la dejó sin aliento. Sus dedos apretaron con la fuerza suficiente para hacerla gemir, pero ella no apartó la mirada.
Él la soltó bruscamente, como si su contacto lo hubiera quemado. Se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se detuvo sin mirarla.
La pesada puerta de hierro se cerró con un estruendo metálico que resonó en toda la torre, dejando a Vespera a solas con el brillo frío de la plata y el eco de los latidos del Alfa alejándose por el pasillo. Sonrió para sí misma. Él decía que la odiaba, pero su pulso había dicho algo muy diferente.
Cerró los ojos y, en la oscuridad de su mente, las visiones empezaron a filtrarse. No eran recuerdos, sino ecos del Abismo que Lady Elara mencionó en el Consejo. Vio grietas abriéndose en la realidad, sombras más antiguas que los vampiros devorando la luz, y en medio de todo, ella misma, con las manos manchadas de una sangre que no era roja, sino dorada.