Y solo quedaba un camino, huir porque no podía perder el control. Vespera sabía que las paredes de plata eran una jaula, pero incluso la plata tiene grietas cuando la noche es lo suficientemente cerrada. Esperó a que la luna alcanzara su punto más alto, el momento en que el poder de su linaje de bruja vibraba con más fuerza, aunque fuera solo un susurro bajo su piel fría.
Se mordió el labio inferior hasta que el sabor metálico de su propia sangre llenó su boca. La sangre híbrida era la llave, una llave que debía usarse con precaución y ella lo sabia pero ahora la desesperación le ganaba a la razón. Al dejar caer una sola gota sobre el suelo de piedra, la magia de sifón se activó Vespera no usó la magia para atacar la plata, sino para alimentarse del rastro de oscuridad que quedaba en los rincones donde la luz de las antorchas no llegaba.
Su cuerpo comenzó a vibrar, el dolor fue agudo era como si miles de agujas le cosieran la piel desde dentro, poco a poco, su forma física se desdibujó. Se convirtió en una estela de sombras de ceniza, un humo denso y frío que comenzó a filtrarse por la estrecha rendija de la ventana.
Fuera de la torre, el aire nocturno la recibió como un bálsamo, se deslizó por los muros de piedra como una mancha negra, evitando a los guardias que patrullaban el patio, podía sentir el bosque llamándola, la libertad a solo unos cientos de metros. Pero justo cuando sus pies ya recuperados de su forma de humo tocaron la hierba húmeda del límite de la manada, el bosque pareció cobrar vida.
Kaelen estaba apoyado contra un árbol antiguo, con los brazos cruzados y el torso desnudo a pesar del frío. No parecía estar enfadado ya parecía peligrosamente aburrido.
Kaelen se detuvo a un paso de ella. Sus ojos ámbar brillaban en la oscuridad, fijos en los labios de Vespera, que aún tenían el rastro de su propia sangre.
Vespera intentó escupir una respuesta mordaz, pero sus piernas fallaron. El agotamiento de la magia de sangre la golpeó de golpe. Kaelen la sujetó por la cintura antes de que tocara el suelo, obligándola a pegarse a su cuerpo ardiente.
El bosque de Blackwood pareció cerrarse sobre ellos, convirtiéndose en una extensión de la misma jaula que la Torre de Plata. Vespera, atrapada contra el pecho de Kaelen, sintió que el calor de él era una agresión necesaria su temperatura de Alfa era lo único que impedía que sus miembros, agotados por la transmutación en ceniza, se desmoronaran por completo.
Kaelen soltó un gruñido que vibró directamente contra el pecho de Vespera. En lugar de soltarla, la apretó más, una mano subiendo por su espalda hasta enredarse en su cabello, obligándola a mirarlo bajo la luz implacable de la luna.
Kaelen clavó su mirada en la de ella y por un instante, la máscara de desprecio de él se agrietó, no vio a la aberración vio la vulnerabilidad absoluta de una criatura que prefería la muerte antes que la sumisión. Y eso, más que cualquier truco de sombras, fue lo que lo desarmó.
En ese momento, el bosque cambió. El aroma a pino y tierra fue reemplazado súbitamente por un hedor a azufre y metal oxidado. El suelo bajo sus pies vibró con un pulso podrido. Vespera se tensó, sus sombras reaccionando instintivamente, erizándose a su alrededor como agujas.
Desde la negrura de los árboles, unos ojos que no eran ámbar ni violetas, sino de un blanco lechoso y vacío, comenzaron a rodearlos. No eran lobos ni vampiros. Eran ecos del final del mundo.
Kaelen se colocó frente a ella, protegiéndola con su cuerpo, pero Vespera, a pesar de su debilidad, estiró los dedos, dejando que los hilos de sombra se entrelazaran con sus nudillos.