Desayuno bajo las reglas del Alfa
El sol apenas se filtraba por las rendijas de la torre cuando la pesada puerta se abrió, dejando entrar a Kaelen entro. No venía solo, dos guardias los acompañaron fuera.
El salón era impresionante, nada que ver con el ala lúgubre que ella se encontraba, unas doncellas dejaron una bandeja de plata sobre la mesa y se retiraron en silencio, evitando mirar a Vespera a los ojos.
El aroma era abrumador. Había carne ahumada, pan recién horneado y una jarra de cristal con un líquido espeso y oscuro que no era vino.
- Si vas a vivir bajo mi techo, comerás bajo mis reglas - sentenció Kaelen, sentándose frente a ella. Su presencia llenaba la habitación, haciendo que el espacio pareciera más pequeño - Primera regla: en esta manada, nadie come antes que el Alfa. Y nadie deja la mesa hasta que yo lo ordene.
Vespera se acercó lentamente, todavía sintiendo la debilidad en sus huesos tras el uso de su magia de sombras. Miró la jarra con recelo.
- ¿Qué es esto? - preguntó, señalando el líquido oscuro.
- Sangre de ciervo mezclada con hierbas de bruja - respondió él con frialdad - Es lo que le damos a los cachorros heridos para fortalecer su conexión con la tierra. Consideralo una dieta de rehabilitación. No permitiré que te desvanezcas en mis pasillos por falta de alimento.
Vespera tomó un pedazo de pan, desmenuzándolo con los dedos en un gesto de rebeldía silenciosa.
- Segunda regla - continuó Kaelen, ignorando su desplante - durante las comidas, responderás a mis preguntas con la verdad. El silencio se castiga con el ayuno.
Él la observó fijamente mientras ella probaba el brebaje. Vespera sintió cómo el calor de la pócima recorría sus venas, devolviéndole un poco de color a sus mejillas.
- ¿Por qué una híbrida como tú no se ha unido a los rebeldes del sur? - preguntó Kaelen, inclinándose hacia adelante - Con tu poder, podrías haber sido una general. ¿Por qué elegir la vida de una rata que huye de alcantarilla en alcantarilla?
Vespera dejó la copa sobre la mesa, sus ojos violetas brillando con una luz peligrosa.
- Porque los generales tienen dueños, Kaelen. Y yo prefiero ser una rata libre que un lobo con correa, aunque la correa sea de oro y te llamen "Rey".
Kaelen apretó los puños sobre la mesa, y por un segundo, el instinto de dominio de su lobo hizo que sus ojos destellaran en ámbar. La tensión era tan espesa que casi podía cortarse.
- Cuidado, Vespera - advirtió él en un susurro ronco - Mi paciencia tiene un límite, y tu lengua afilada es lo único que me separa de devolverte a las mazmorras de las que te saqué.
Vespera dejó caer el trozo de pan desmenuzado sobre la bandeja y se puso en pie con una elegancia felina, ignorando la debilidad que aún hacía temblar sus rodillas. Rodeó la mesa con pasos lentos, manteniendo sus ojos violetas fijos en los de él, hasta quedar a escasos centímetros de su silla.
Kaelen no se movió, pero el aire a su alrededor pareció cargarse de electricidad estática. Sus garras marcaron levemente la madera de la mesa.
- ¿Las mazmorras, Kaelen? - susurró ella, inclinándose hacia adelante hasta que sus labios quedaron a la altura del oído del Alfa. El aroma a bosque y tormenta de él la golpeó, pero no retrocedió - Ambos sabemos que no me encerraste por seguridad. Me encerraste porque no soportas que alguien como yo te mire a los ojos y no agache la cabeza.
Vespera deslizó una mano por el respaldo de la silla de él, rozando deliberadamente el hombro de Kaelen. Sintió cómo los músculos de él se tensaban como cuerdas de acero bajo su toque frío.
- Si quieres castigarme por mi lengua, hazlo ahora - desafió ella, volviendo a mirarlo de frente, con el rostro a milímetros del suyo - Pero deja de usar guardias y bandejas de plata para esconder que te mueres de ganas de ver hasta dónde soy capaz de llegar antes de romperme. Tócame, Alfa. Demuéstrame que tu control es tan real como dices.
Kaelen se levantó de golpe, su imponente altura obligándola a inclinar la cabeza. La rodeó con un brazo, pegándola a su pecho ardiente en un movimiento tan rápido que le robó el aliento. Sus ojos eran puro fuego ámbar.
- Estás jugando con un hambre que no comprendes, híbrida - gruñó él, su voz vibrando profundamente en el pecho de Vespera -- Mi control es lo único que te mantiene con vida en este castillo. Si lo suelto, no habrá sombras donde puedas esconderte de lo que voy a reclamar de ti.