El Pacto de las Sombras
La Gran Sala del Consejo de Ethelgard no conocía el calor, solo el frío prestigio del mármol y las antorchas que nunca terminaban de iluminar los rincones. En el centro, una mesa circular de obsidiana dividía el mundo en tres: los licántropos, los vampiros y los Guardianes de la Magia.
- La híbrida ha cruzado el límite - la voz de Valerius, el Primogeniun de los Vampiros, cortó el silencio como una cuchilla. Sus dedos largos y pálidos tamborileaban sobre la mesa - Vespera no es solo una fugitiva de mi estirpe, es una anomalía que vuestra magia - miró con desprecio a la Gran Bruja - y vuestro territorio - señaló al Rey Alfa actual - ya no pueden ignorar.
En el extremo opuesto, el Rey Alfa Ulric, padre de Kaelen, mantenía los brazos cruzados. Su sola presencia hacía que las sombras de la sala bailaran con inquietud.
- Ella ha masacrado a tres de mis rastreadores en el Bosque de Blackwood - rugió Ulric - Mi hijo, Kaelen, ya está en camino para ejecutar la sentencia de muerte. No habrá juicio.
- ¡No! - La interrupción vino de la figura más inesperada Lady Elara, la Suma Sacerdotisa de los Guardianes de los tres clanes. Se puso en pie, desplegando un pergamino amarillento que emanaba una luz mortecina - El equilibrio está roto. La guerra entre vuestras razas ha debilitado los sellos que contienen el Abismo. Vespera... ella es la única que posee la doble herencia necesaria para sellar la grieta de la Ciudad de Plata.
Un murmullo de indignación recorrió a los presentes. Valerius soltó una carcajada seca.
- ¿Esperáis que confiemos el destino del mundo a una paria que odia a ambas sangres?
- No es cuestión de confianza, sino de supervivencia - sentenció Elara - Por la autoridad que me confiere el Linaje Antiguo, invoco el Tratado de los Seis Meses.
El silencio que siguió fue absoluto. El Tratado era una ley arcaica, casi olvidada, que permitía a la Guardiana de los tres clanes reclamar a un criminal de guerra para un servicio obligatorio en favor del equilibrio. Seis meses de servidumbre bajo la custodia del enemigo, a cambio de una amnistía total... o la muerte al final del plazo.
- ¿Bajo la custodia de quién? - preguntó Valerius con los ojos entrecerrados.
- De los lobos - respondió Elara, mirando fijamente a Ulric - Ella fue capturada en su territorio. Kaelen será su carcelero y su protector. Si ella muere antes de cumplir su propósito, Blackwood será entregado a los vampiros. Si ella escapa, los Guardianes destruirán la corona de los Alfas.
Ulric apretó los puños, el sonido de su mandíbula crujiendo fue audible en toda la sala. Aceptaba, no por deseo, sino por la presión de un destino que superaba su orgullo.
- Que así sea - dijo Ulric finalmente - Que mi hijo la traiga encadenada. Pero advertid esto, si esa criatura intenta corromper a mi manada, la torre de plata no será su prisión, sino su tumba.
Mientras el sello de cera roja caía sobre el pergamino, a kilómetros de allí, Vespera sentía el primer escalofrío de una cacería que ya no buscaba su cabeza, sino su alma.