Vespera sintió la presión del brazo de Kaelen, ese agarre de hierro que pretendía recordarle quién mandaba. Para cualquier otra, habría sido una amenaza para ella, era un chiste sin remate. Una sonrisa gélida y cargada de un desprecio exquisito curvó sus labios mientras clavaba su mirada violeta en la suya, sin un ápice de parpadeo.
Con un movimiento casi imperceptible, Vespera convocó el resto de su energía. No fue un estallido, fue un susurro de magia negra. Mientras él la sostenía con esa posesividad de quien cree que posee el mundo, una brizna de sombra se deslizó como una cobra por el suelo, trepó por el cuero caro de la bota del Alfa y, con un tirón seco y malintencionado, enredó los cordones de ambos pies en un nudo marinero digno de un naufragio.
Vespera apoyó las palmas de sus manos en el pecho de Kaelen, dándole un par de palmaditas condescendientes, como quien consuela a un niño testarudo.
Se zafó de su agarre con un giro perezoso y retrocedió, disfrutando del espectáculo. Kaelen, mordiendo el anzuelo de su propio ego, intentó dar un paso dominante para cerrarle el paso. Fue sublime. El poderoso Alfa de la manada, el terror de los bosques, dio un traspié tan patético que terminó abrazado a la mesa de roble para no morder el polvo. El estruendo de la cubertería de plata volando por los aires fue la banda sonora perfecta para su humillación.
Vespera soltó una carcajada vibrante, una burla sonora que resonó en las vigas del salón.
Se detuvo en el umbral, apoyando el hombro contra el marco y mirándolo con una mezcla de lástima y diversión.
Kaelen no tardó en responder a la humillación. Con el orgullo herido y la mandíbula apretada, decidió que si Vespera tenía tanta energía para bromas, la usaría en algo productivo. Su castigo, limpiar los establos reales, el lugar más sucio, maloliente y carente de glamour de todo el territorio alfa.
Kaelen observaba desde la barandilla superior, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción que creía ganada. Abajo, en el fango y el heno, Vespera permanecía de pie con una pala en la mano, rodeada por el olor penetrante de los caballos de guerra de la manada.
Vespera levantó la vista, entrecerrando sus ojos violetas. El sol filtrándose por las rendijas del techo le daba un aire casi angelical, si no fuera por la mirada de absoluta travesura que relucía en su rostro.
Vespera cerró los ojos un segundo. No necesitó grandes gestos solo un susurro de su magia de sombras. De repente, la oscuridad bajo los establos cobró vida. Decenas de pequeñas figuras sombrías, como manos incorpóreas y escobas hechas de pura tiniebla, emergieron del suelo.
Mientras Kaelen observaba con la boca casi abierta, las sombras comenzaron a trabajar con una eficiencia aterradora. El heno sucio volaba hacia las carretillas, el agua se vertía sola en los bebederos y los suelos quedaban impecables en cuestión de segundos.
Vespera, mientras tanto, conjuró una pequeña silla de sombras en el rincón más limpio, se sentó con una elegancia insultante y sacó una manzana que le había robado a uno de los caballos.
Kaelen bajó de un salto, aterrizando frente a ella, rodeado por el torbellino de sombras trabajadoras que ni siquiera se inmutaban ante su presencia.
Kaelen le arrebató la manzana de la mano, pero en lugar de tirarla, le dio un mordisco justo donde ella lo había hecho, manteniendo una mirada fija y desafiante.