Vespera era una experta en incendiar mundos y desaparecer entre el humo. En cuanto el beso rompió la atmósfera, dejando el aire cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara, ella se despegó con la agilidad de un espectro.
Kaelen, con las pupilas dilatadas y el aroma de la magia negra de ella aún impregnado en su piel, intentó sujetarla de nuevo, pero sus dedos solo cerraron sobre un jirón de sombra fría.
Pero Kaelen no era un Alfa por su paciencia, sino por su instinto pero antes que el pudiera reaccionar ella cruzo el umbral y se fundió con las sombras del pasillo.
Vespera cruzó los pasillos de piedra con una velocidad que rozaba lo sobrenatural, una ráfaga de sombras que evitaba las antorchas. Sus pulmones ardían, pero no por el esfuerzo físico, sino por el aire que parecía habérsele acabado en el momento en que los labios de Kaelen reclamaron los suyos. El sabor a tormenta y a posesión seguía allí, quemando su boca, y ese calor en su pecho era un enemigo mucho más peligroso que cualquier guardia del castillo.
Llegó a las mazmorras y con un movimiento fluido de sus dedos, las sombras deslizaron el cerrojo antes de que ella se lanzara al interior de su celda. Cerró la reja de un golpe metálico y se hundió en el rincón más oscuro, abrazando sus rodillas.
Estaba aterrada. No de él, sino de la forma en que su propia oscuridad había ronroneado al contacto con la suya. Ella era el caos, el vacío que lo devora todo no se suponía que debía sentir hambre de otra persona.
El eco de unas botas pesadas comenzó a descender por las escaleras. Rítmicas, implacables y su cuerpo reconocio mas de lo que ella hubiera querido, Kaelen.
Vespera compuso su máscara en un segundo, enderezó la espalda, se sacudió el vestido sucio de heno y se sentó en el catre de piedra con la elegancia de una reina en un trono de diamantes. Cuando la figura imponente del Alfa apareció tras los barrotes, ella ya tenía esa sonrisa gélida y perfecta clavada en el rostro.
Kaelen no parecía un hombre que acababa de disfrutar de un beso, parecía un cazador que acababa de recibir un zarpazo en el ojo. Su orgullo sangraba. Su mirada ámbar echaba chispas, cargada de una furia que intentaba ocultar el hecho de que él también estaba agitado por la huida de ella.
Vespera soltó una carcajada seca, un sonido impregnado de un desprecio tan ensayado que resultaba hiriente.
Kaelen dio un paso más, pegando su rostro a la reja. Su aroma a bosque y poder inundó la celda, amenazando con desmoronar la fachada de ella.
Vespera vio cómo una vena palpitaba en la sien de Kaelen, había dado en el blanco. Él no veía el miedo en los ojos violetas de ella porque estaba demasiado cegado por su propia necesidad de dominarla, de castigarla por haberlo hecho sentir vulnerable.
Kaelen desapareció en la penumbra de la escalera sin mirar atrás. Solo cuando el eco de sus pasos se extinguió por completo, Vespera dejó caer los hombros y exhaló el aire que tenía retenido. Miró sus manos sus sombras estaban inquietas, agitándose como llamas negras. Había ganado el asalto de palabras, pero la guerra en su interior apenas comenzaba.
Cuando el eco de Kaelen se desvaneció, el silencio de la mazmorra no trajo paz, sino una vibración densa y oscura. Las sombras de Vespera, que normalmente eran una extensión de su voluntad, comenzaron a desprenderse de las paredes y del suelo sin que ella las convocara. No eran simples manchas de oscuridad eran jirones de su propio poder que parecían tener hambre de eso que había despertado el lobo.