Las criaturas del Abismo surgieron de entre los árboles como manchas de tinta en agua clara, seres esqueléticos, de extremidades demasiado largas y movimientos espasmódicos que desafiaban la gravedad. El aire a su alrededor se congelaba, absorbiendo la vida de las plantas que tocaban.
Vespera intentó canalizar un escudo de sombras, pero sus manos temblaron el esfuerzo de la fuga la había dejado vacía y Kaelen lo notó.
Kaelen la atrajo hacia sí, pegando la espalda de ella contra su pecho ardiente, sus manos, grandes y calientes,m cubrieron las manos frías y temblorosas de la híbrida.
Vespera cerró los ojos y por primera vez, dejó de luchar contra la presencia del Alfa, se abrió a él, el contacto fue como una explosión la energía vital de Kaelen, pura, salvaje y solar, fluyó hacia ella como lava. Fue doloroso y embriagador a la vez.
Las sombras de Vespera, que antes eran jirones débiles, se transformaron al contacto con el poder del Alfa, la oscuridad se volvió sólida, rodeada de un aura de fuego ámbar. Cuando ella extendió las manos, no salieron nubes de ceniza, sino cuchillas de sombra incandescente.
Con un movimiento fluido, Vespera lanzó una ráfaga de estas sombras reforzadas, el primer segador del Abismo fue partido a la mitad y donde la sombra tocaba su carne corrupta, el fuego de Kaelen la consumía, impidiendo que se regenerara.
Kaelen rugió, una onda de choque sónica que desorientó a los monstruos, mientras las sombras de Vespera bailaban a su alrededor como una capa protectora que cortaba cualquier cosa que se acercara demasiado. Era una simbiosis perfecta, él era el motor, ella era el arma.
En un paroxismo de poder, Vespera giró en los brazos de Kaelen, sus rostros a milímetros, unidos por el flujo de energía que los conectaba.
Kaelen la sujetó con una fuerza que le habría roto los huesos a cualquier humana y Vespera hundió sus manos cargadas de magia en el suelo, una cúpula de oscuridad llameante estalló desde el centro, desintegrando a las criaturas restantes en una lluvia de ceniza dorada.
El silencio volvió al bosque de Blackwood, pero el suelo había quedado calcinado. Ambos cayeron de rodillas, aún unidos, jadeando. El vínculo mágico se cortó lentamente, pero la marca del contacto permanecía quemando en sus palmas.
Vespera miró sus manos, que aún emitían pequeñas chispas de luz ámbar.
Kaelen, cuya mirada seguía fija en ella, no parecía preocupado por las criaturas muertas, sino por lo que acababa de sentir.
La verdad fue más aterradora que los monstruos no solo eran compatibles emocionalmente, sino que sus magias, opuestas por naturaleza, eran el complemento perfecto para salvar el mundo.
Vespera intentó erguirse, buscando esa dignidad de acero que siempre la había mantenido a flote, pero el mundo decidió traicionarla, sus rodillas normalmente ágiles, se sintieron como si estuvieran hechas de cristal a punto de romperse.
El contraste fue devastador. La frialdad de su naturaleza híbrida estaba librando una guerra civil contra el fuego solar de Kaelen que aún corría por sus venas. No era una curación, era una invasión, sentía como si hubiera tragado estrellas y estas estuvieran tratando de quemar sus sombras desde dentro.
La oscuridad a su alrededor empezó a chisporrotear con un color ámbar errático. Sus sombras, usualmente fluidas como el agua, ahora daban latigazos violentos y descontrolados, quemando la hierba a sus pies. Vespera llevó una mano a su garganta, sintiendo que el aire le faltaba, su parte vampírica rechazaba la pureza del Alfa, mientras su parte de bruja pedía desesperadamente más de esa energía para no colapsar.
Él dio un paso hacia ella, pero se detuvo al ver que una de las sombras de la híbrida, cargada de su propia energía, le provocaba un corte sangrante en el hombro al pasar. Kaelen ni siquiera parpadeó ante el dolor.
Vespera tropezó hacia atrás alejándose del Alfa, golpeando en el proceso el tronco de un pino, sus ojos violetas estaban nublados, las pupilas dilatadas hasta casi borrar el color. El sudor frío empapaba su frente mientras soltaba un gemido de puro dolor físico.
Kaelen no escuchó, ignorando las sombras que lo golpeaban como látigos incandescentes, acortó la distancia y la atrapó por los hombros, inmovilizándola contra el árbol.