El bosque guardó un silencio sepulcral, como si los mismos árboles estuvieran procesando la blasfemia que acababan de presenciar, un Alfa y una paria unidos por un hilo de poder que desafiaba las leyes de la creación.
Vespera sentía que su mente era un cristal rompiéndose, el poder de Kaelen no se disipaba, se expandía. Cada latido del corazón del lobo enviaba una onda de choque a través de su sistema nervioso, obligando a sus colmillos a retraerse y a sus sombras a ovillarse, sumisas, en la base de su columna. Era una humillación biológica.
Él no esperó respuesta, en un movimiento fluido, pasó un brazo tras las rodillas de ella y el otro por su espalda, levantándola del suelo. Vespera era tan ligera que el gesto resultó casi insultante, su cabeza cayó contra el hombro de él y el olor a tormenta, cuero y sangre de Kaelen la envolvió, nublando su juicio.
El camino de regreso hacia el corazón de Blackwood fue una procesión de sombras. Kaelen caminaba con paso firme, ignorando los jirones de niebla que aún intentaban morder sus talones, a medida que se acercaban a los límites de la aldea principal, el aullido de los centinelas dio el aviso, el Alfa regresaba, pero no traía un trofeo de caza, sino una carga prohibida.
Cuando cruzaron el arco de piedra de la entrada principal, las antorchas se encendieron de golpe. Decenas de licántropos salieron de sus cabañas, sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en la figura de Vespera, cuyo vestido estaba desgarrado y cuya piel emitía pequeñas volutas de humo violeta.
El viejo Alfa caminó hacia ellos, su presencia tan imponente que la multitud se abrió como las aguas. Se detuvo frente a su hijo, mirando con asco a la híbrida que colgaba de sus brazos.
Kaelen no bajó la mirada. Sostuvo a Vespera con más fuerza, notando cómo ella se tensaba, tratando de ocultar su rostro en su cuello para no mostrar su debilidad ante la manada que la odiaba.
Vespera, reuniendo el último aliento de orgullo que le quedaba, levantó la cabeza. Sus ojos violetas, empañados por la fiebre del poder de Kaelen, encontraron los del Rey.
Un gruñido colectivo surgió de la manada, algunos lobos jóvenes dieron un paso adelante, sus dientes al descubierto. Pero Kaelen soltó un rugido de advertencia tan potente que las antorchas vacilaron y los lobos retrocedieron, sometidos por la autoridad de su futuro rey.
Ulric guardó silencio, sus ojos recorriendo la escena con una sabiduría oscura. Sabía que no era solo estrategia veía la forma en que los dedos de Kaelen protegían la piel de la chica.
Kaelen pasó junto a su padre sin decir una palabra, subió las escaleras de piedra hacia el ala real, cada paso resonando en el silencio tenso de la fortaleza. Al llegar a su habitación aún con el desastre de los muebles que ella había causado la dejó con cuidado sobre el gran lecho de pieles.
Vespera se hundió en la suavidad de las pieles, pero en cuanto el contacto físico con Kaelen se rompió, un escalofrío violento la sacudió, el frío regresaba, el vacío de su propia magia empezaba a succionarla de nuevo.
Kaelen, que ya se dirigía a cerrar la puerta, se detuvo. Miró sus manos, que aún temblaban por el residuo de la magia de ella, se quitó las botas y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda, pero extendiendo una mano hacia atrás.
Ella envolvió sus dedos fríos alrededor de la mano caliente del Alfa y por primera vez en siglos, el silencio no se sintió como una amenaza, sino como una tregua.