La luz del amanecer se filtraba como dagas doradas a través de los ventanales de la habitación real, Vespera abrió los ojos lentamente, sintiendo un peso inusual sobre su pecho. No era el frío de la muerte al que estaba acostumbrada, sino un calor vibrante que emanaba de la mano de Kaelen, que aún sujetaba la suya con una firmeza protectora incluso en sueños.
Con cuidado de no despertarlo, Vespera se incorporó, el dolor del esfuerzo del bosque había remitido a una molestia sorda, pero algo se sentía... diferente. Se deslizó fuera de las pieles y caminó hacia el espejo de cuerpo entero que milagrosamente había sobrevivido al caos de la noche anterior. Se bajó el cuello del vestido y el aliento se le atascó en la garganta.
En la base de su clavícula, justo sobre el corazón, el Sello de Ébano, la marca que los Guardianes le habían impuesto para contener su inestabilidad híbrida, estaba cambiando. Lo que antes era una runa negra y perfecta, ahora presentaba grietas luminosas de un color ámbar intenso. El sello no solo se estaba debilitando, se estaba rompiendo. El contacto con la esencia pura de Kaelen había actuado como un disolvente, acelerando la fusión de sus dos sangres.
Si el sello se rompía por completo antes de llegar a la Ciudad de Plata, su magia de sombras y su sed de sangre vampírica se desatarían sin control, se convertiría en el monstruo que todos temían, una bomba de relojería que devoraría a la manada entera, empezando por el hombre que dormía a pocos metros.
Escuchó el roce de las sábanas, Kaelen se estaba despertando.
Con un movimiento frenético, Vespera se ajustó el vestido y se cubrió con un pesado chal de lana que encontró sobre una silla, se giró justo cuando Kaelen se sentaba en el borde de la cama, pasándose una mano por el cabello revuelto. Él la observó con una intensidad renovada, sus ojos ámbar buscando rastro de la debilidad de anoche.
Kaelen se puso en pie y caminó hacia ella. El espacio pareció encogerse, se detuvo a centímetros, obligándola a retroceder contra el marco del espejo.
Kaelen entrecerró los ojos escabeandola, por un segundo Vespera pensó que él le arrancaría el chal para ver qué escondía, pero en ese momento, una marca idéntica a las grietas del sello de ella brilló brevemente en el antebrazo de Kaelen, bajo la piel antes de desaparecer. Él soltó un gruñido ahogado y se sujetó el brazo.
Vespera asintió, viendo cómo él salía de la habitación para dar órdenes a la manada. Se quedó sola frente al espejo, mirando el resplandor ámbar que asomaba bajo su ropa. Tenía que llegar a la grieta antes de que el sello cediera por completo, pero ahora sabía que cada vez que Kaelen la tocara para ayudarla solo estaría rompiendo las cadenas que la mantenían cuerda.
El patio de entrenamiento de Blackwood era un foso de tierra batida rodeado de empalizadas de pino negro. El aire de la mañana estaba cargado con el olor a sudor, acero y la feromona dominante de los guerreros licántropos. Cuando Vespera entró un silencio sepulcral cayó sobre la manada. Los guerreros se detuvieron, sus pechos desnudos subiendo y bajando rítmicamente, mientras miraban a la híbrida con una mezcla de sospecha y abierto desprecio.
Vespera sentía el Sello de Ébano arder bajo su ropa como una brasa viva. Cada paso era un recordatorio de que la marca se estaba resquebrajando, pero mantuvo el rostro impasible. Se había asegurado el chal con un broche de hierro, ocultando la luz ámbar que amenazaba con filtrarse desde su clavícula.
Un lobo de hombros anchos llamado Jarek soltó una carcajada ronca.
Vespera dio un paso al frente, sus ojos violetas vibrando con un hambre peligrosa.
Kaelen le lanzó una daga de entrenamiento de mango de cuero. Ella la atrapó en el aire con una gracia inhumana. Él se colocó detrás de ella, invadiendo su espacio personal para corregir su postura. Su pecho chocó contra la espalda de ella y al contacto, el sello oculto en la clavícula de Vespera dio un latido doloroso. Ella soltó un jadeo que intentó camuflar como un bufido de impaciencia.