El cielo sobre Blackwood tenía el color de un moretón, una mezcla de violetas y grises que anunciaba el fin de la noche. Vespera no había dormido se encontraba agazapada cerca de los establos, donde los enormes lobos de carga resoplaban vapor en el aire gélido.
Mientras la manada terminaba de cargar las provisiones, una figura encapuchada se separó de las sombras de los robles, era uno de los Guardianes de la Magia, un hombre de edad indescifrable cuya presencia hacía que los caballos licántropos relincharan con un nerviosismo instintivo. Se acercó a Kaelen, que ajustaba la cincha de su semental negro.
Kaelen se giró, su mirada ámbar endureciéndose. No le gustaban los acertijos y mucho menos los de los Guardianes.
El Guardián miró hacia donde Vespera montaba su caballo, manteniéndose apartada de los lobos como una mancha de tinta en un lienzo blanco.
Kaelen frunció el ceño, recordando la forma en que las sombras de la chica habían reaccionado a su propio calor en el bosque.
Kaelen apretó los puños, la ambigüedad del Guardián le irritaba pero las piezas empezaban a encajar, la palidez de Vespera, su resistencia al contacto físico y esa extraña fatiga después de usar sus sombras.
El hombre se desvaneció entre las sombras antes de que Kaelen pudiera exigir más respuestas. El Alfa se quedó inmóvil, mirando a Vespera a la distancia recordó el calor abrasador que había compartido con ella en el bosque y la forma en que sus sombras parecían beber de su vitalidad.
Montó en su semental y cabalgó hacia ella.
Vespera se levantó y se deslizo a a una de las tiendas ya vacia con dedos temblorosos retiró el broche de hierro, el alivio fue momentáneo, seguido de una punzada de terror, la marca del Sello de Ébano ya no era una mancha oscura y silenciosa, las nuevas grietas palpitaban con una luz ámbar rítmica, como si un corazón de fuego estuviera intentando nacer bajo su piel.
Ella se sobresaltó, cubriéndose rápidamente con el chal. Kaelen apareció entre las sombras, montando un imponente semental negro. No llevaba su armadura pesada sino cueros de viaje que marcaban la amplitud de sus hombros, su mirada recorrió la figura de la híbrida, deteniéndose un segundo de más en su cuello.
Al llegar a su lado, la observó con una nueva y perturbadora sospecha.
—Vespera - dijo él, su voz más profunda de lo habitual - El Guardián me ha hablado de tu origen y tus padres, dice que eres un vacío.
Vespera sin mirarlo subio a su caballo ajustando las riendas con manos enguantadas. El Sello de Ébano, oculto y ya agrietado dio un latido doloroso ante la cercanía del Alfa.
Kaelen no respondió, pero su mirada se posó en la clavícula de la chica, preguntándose qué clase de atadura estaba él mismo poniendo en riesgo.