El resplandor blanco que había estallado en el pecho de Vespera no se apagó se transformó en un faro que rasgó el velo entre las tierras. La mentira de los Guardianes había caído y con ella el anonimato que la mantenía a salvo. El sello ya no era una mancha borrosa, sino una constelación grabada en su piel que palpitaba con una fuerza ancestral.
Kaelen apenas tuvo tiempo de procesar la nueva luz de Vespera cuando la temperatura del desfiladero descendió de forma antinatural, el olor a ozono y bosque fue sofocado por un aroma pesado a rosas secas y sangre antigua.
De entre los remolinos de nieve aparecieron figuras vestidas con sedas negras y armaduras de plata pulida se movían con una velocidad que hacía que los guerreros licántropos parecieran lentos, en el centro con una elegancia que ocultaba una crueldad milenaria, avanzaba Valerius, el Primogeniun de los Vampiros sus ojos rojos brillaban con una codicia renovada al fijarse en el pecho descubierto de Vespera.
Kaelen se interpuso entre el vampiro y Vespera, su espada de acero negro apuntando directamente al corazón de Valerius.
Valerius soltó una carcajada cristalina, ignorando la amenaza.
Vespera camino hacia Kaelen y la luz blanca de su clavícula comenzó a teñirse de un carmesí oscuro, reaccionando a la presencia del Primogeniun, su parte vampírica alimentada por el poder del sello roto, reclamaba su lugar.
Kaelen sintió que el vínculo en su brazo ardía con una advertencia desesperada podía sentir la tentación de Vespera, el hambre de poder que su sangre vampírica gritaba ahora que el sello no la frenaba.
La tensión alcanzó su punto de ruptura los lobos gruñeron, los vampiros desenvainaron sus sables curvos y en medio de ellos, Vespera sentía cómo su nueva luz luchaba por decidir si ser el sol que Kaelen protegía o la oscuridad que Valerius reclamaba.
Antes de que Vespera pudiera responder a la oferta carmesí de Valerius, un estallido de luz esmeralda y oro rasgó el cielo, el suelo bajo sus pies floreció en espinas de cristal y raíces antiguas, obligando a vampiros y licántropos a retroceder saturando hasta el aire de una estática tan violenta que los cabellos de los presentes se erizaron.
Desde un torbellino de hojas secas y pergaminos flotantes, emergió Lady Elara, la Suma Sacerdotisa escoltada por un círculo de Guardianas cuyas túnicas blancas ondeaban como alas de cuervo sus ojos, antes serenos, ahora ardían con una determinación despiadada.
Vespera soltó una carcajada amarga, sujetándose el pecho donde la luz blanca seguía pulsando ahora en un ritmo frenético.
Elara no mostró remordimiento en su lugar, alzó su báculo de plata que empezó a brillar en sintonía con la marca de Vespera.
Kaelen se colocó frente a Vespera, formando un escudo humano su espalda ardía por la proximidad de la magia de ella, pero no cedió. Estaba rodeado los vampiros a su izquierda, las brujas a su derecha, y su propia manada confundida detrás de él.
La tensión era un hilo a punto de romperse los tres clanes representaban los tres destinos de Vespera, Poder en los vampiros, Deber en las brujas o Protección en los licántropos.