Vespera se llevó la mano a la nuca y desató el nudo con un movimiento seco, cuando el pañuelo cayó a la tierra batida, un jadeo colectivo recorrió el foso de Blackwood. Sus ojos, habitualmente violetas, se habían transformado, las pupilas eran ahora dos rendijas verticales rodeadas por un iris de un ámbar incandescente, como lava fluyendo bajo una costra de cristal. No era la mirada de una híbrida común ese era el brillo primordial del Sello de Ébano que sobrealimentado por el esfuerzo físico, estaba reclamando su lugar en la superficie.
Kaelen reaccionó antes de que los guerreros pudieran salir de su asombro o empezar a murmurar sobre brujería o maldiciones.
Sin esperar respuesta, Kaelen rodeó la muñeca de Vespera con sus dedos de acero, su contacto fue como una descarga eléctrica sobre el Sello. Ella intentó soltarse, pero él la arrastró con zancadas largas hacia la Gran Tienda de Pieles, un espacio flanqueado por tótems de lobo donde el aire olía a cuero viejo, resina de pino y el aroma embriagador del propio Kaelen.
Una vez dentro, él la soltó y cerró la pesada solapa de la entrada, sumiéndolos en una penumbra solo rota por la luz ámbar que aún emanaba de los ojos de ella.
Vespera mantuvo la cabeza gacha, intentando controlar su respiración pero el calor que desprendía su clavícula empezaba a chamuscar la tela del chal.
Kaelen no aceptó la excusa, extendió la mano hacia el broche de hierro que ella defendía con tanto celo.
Vespera retrocedió un paso, forzando a sus pupilas a contraerse, luchando con cada gramo de su voluntad para apagar el fuego ámbar de su mirada, se llevó una mano al cuello, apretando el broche de hierro hasta que las puntas se le clavaron en la palma.
Kaelen entrecerró los ojos, su rostro a escasos centímetros del suyo. Su instinto de lobo le gritaba que había algo más profundo, algo ancestral pero la explicación de Vespera tenía la lógica cruel de las Tierras Altas.
Kaelen guardó silencio un largo momento, estudiando las facciones de Vespera como si intentara descifrar un mapa antiguo finalmente, se apartó, permitiendo que el aire frío de la tienda circulara entre ellos.
Vespera salió de la tienda sin mirar atrás una vez fuera, se refugió en la sombra de una empalizada y soltó un jadeo ahogado. Al desabrochar mínimamente el chal, vio con horror que una nueva grieta, fina como un cabello pero brillante como el oro fundido, se había extendido desde el Sello hacia su garganta.
El engaño había funcionado, pero el tiempo se le agotaba.