Sangre Proscrita. El Trono de los Lobos

Mentiras de Ceniza y Hierro

Vespera se llevó la mano a la nuca y desató el nudo con un movimiento seco, cuando el pañuelo cayó a la tierra batida, un jadeo colectivo recorrió el foso de Blackwood. Sus ojos, habitualmente violetas, se habían transformado, las pupilas eran ahora dos rendijas verticales rodeadas por un iris de un ámbar incandescente, como lava fluyendo bajo una costra de cristal. No era la mirada de una híbrida común ese era el brillo primordial del Sello de Ébano que sobrealimentado por el esfuerzo físico, estaba reclamando su lugar en la superficie.

Kaelen reaccionó antes de que los guerreros pudieran salir de su asombro o empezar a murmurar sobre brujería o maldiciones.

  • ¡Se acabó el entrenamiento! - bramó el Alfa, su voz cargada de una autoridad que no admitía réplicas - Despejad el foso. Jarek, lleva a los gemelos a las guardias de la empalizada. ¡Ahora!

Sin esperar respuesta, Kaelen rodeó la muñeca de Vespera con sus dedos de acero, su contacto fue como una descarga eléctrica sobre el Sello. Ella intentó soltarse, pero él la arrastró con zancadas largas hacia la Gran Tienda de Pieles, un espacio flanqueado por tótems de lobo donde el aire olía a cuero viejo, resina de pino y el aroma embriagador del propio Kaelen.

Una vez dentro, él la soltó y cerró la pesada solapa de la entrada, sumiéndolos en una penumbra solo rota por la luz ámbar que aún emanaba de los ojos de ella.

  • Mírame - ordenó él, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban.

Vespera mantuvo la cabeza gacha, intentando controlar su respiración pero el calor que desprendía su clavícula empezaba a chamuscar la tela del chal.

  • Ese olor... no es solo sudor y acero, Vespera. Es ceniza de mundo antiguo - dijo Kaelen, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso - Tus ojos están ardiendo y el aire a tu alrededor vibra como una tormenta de arena. Quítate el chal.
  • No es nada, Kaelen - logró decir ella, aunque su voz sonó rota - Solo... un residuo de la pelea.

Kaelen no aceptó la excusa, extendió la mano hacia el broche de hierro que ella defendía con tanto celo.

  • Dime qué estás ocultando antes de que lo que sea que calles te devore viva o juro que te dejaré encadenada aquí mismo hasta que la Ciudad de Plata sea solo un recuerdo.

Vespera retrocedió un paso, forzando a sus pupilas a contraerse, luchando con cada gramo de su voluntad para apagar el fuego ámbar de su mirada, se llevó una mano al cuello, apretando el broche de hierro hasta que las puntas se le clavaron en la palma.

  • Es una cicatriz de guerra, Alfa - escupió ella, sosteniéndole la mirada con una intensidad desafiante, aunque el sudor le perlaba la frente - En los asentamientos de los proscritos, los traficantes de esclavos usan hierro alquímico para marcar lo que consideran de su propiedad. Mi sangre híbrida reaccionó mal al metal lo que hueles es el residuo de esa magia barata quemándose con mi adrenalina.

Kaelen entrecerró los ojos, su rostro a escasos centímetros del suyo. Su instinto de lobo le gritaba que había algo más profundo, algo ancestral pero la explicación de Vespera tenía la lógica cruel de las Tierras Altas.

  • Un marcado de esclavista no brilla como si tuvieras un sol atrapado bajo la piel - replicó él aunque su agarre en la muñeca de ella se aflojó ligeramente - Y no explica por qué tu pulso suena como el de un tambor de guerra a punto de estallar.
  • Porque odio que me toquen - mintió ella con suavidad venenosa, clavando sus ojos ahora recuperando su tono violeta en los de él - La marca duele más cuando alguien invade mi espacio. Si quieres que lleguemos a la Ciudad de Plata, mantén tus manos y tu curiosidad lejos de mi cuello.

Kaelen guardó silencio un largo momento, estudiando las facciones de Vespera como si intentara descifrar un mapa antiguo finalmente, se apartó, permitiendo que el aire frío de la tienda circulara entre ellos.

  • Si esa herida se vuelve un riesgo para la manada durante el cruce de las montañas, te cortaré el cuello antes de que la infección nos alcance a todos - sentenció él con voz gélida - Sal de aquí. Prepárate, partimos al amanecer.

Vespera salió de la tienda sin mirar atrás una vez fuera, se refugió en la sombra de una empalizada y soltó un jadeo ahogado. Al desabrochar mínimamente el chal, vio con horror que una nueva grieta, fina como un cabello pero brillante como el oro fundido, se había extendido desde el Sello hacia su garganta.

El engaño había funcionado, pero el tiempo se le agotaba.




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